Autor: Serrano Suñer, Ramón. 
   Autenticidad y corrección     
 
 ABC.     Páginas: 1. Párrafos: 7. 

AUTENTICIDAD Y CORRECCIÓN

DESDE hace treinta años, España venía funcionando en un régimen de opinión oficial única y monologal

(fuimos autoritarios—y durante un tiempo tuvimos razones de necesidad para serlo—, sería cínico y

deshonesto negarlo) que se traducía frecuentemente en monótonos "slogans" publicitarios. Poco a poco se

fue creando la conciencia de que tal situación ´era insana al hacerse demasiado prolongada. El régimen

apropiado para una guerra civil y primeros años de posguerra, que exige mecanismos muy seguros de

mando y obediencia, resultaba inadecuado para la convivencia social ordinaria de un pueblo más o menos

difícil, pero constituido como cualquier otro de los de nuestra estirpe.

En virtud de esas reflexiones—también harto prolongadas—se decidió pasar de la opinión única a un

razonable contraste de opiniones; del monólogo al diálogo. Para esa evolución se creó, sin duda, un nuevo

sistema de Prensa. Hemos de pensar y estar de acuerdo en que una libertad que no se limita—no

autolimita— por respeto a los principios básicos de la convivencia y del orden \social, se pone en peligro

a sí misma; tampoco _ hay que olvidar que uno de esos principios básicos es el de la tolerancia del

prójimo y del amor a la verdad que, sin el concurso de aquél difícilmente podrá establecerse, porque nadie

la posee en exclusiva ni en totalidad ni tiene su secreto. Ni puede entenderse, dentro de esta evolución,

que aquellas bases de la convivencia social constituyan un cuerpo dogmático en el que se absorban todas

las opciones de la política tanto en lo esencial como en lo accidental, en lo contingente como en lo

necesario, porque entonces ¿para qué la libertad de opinión y sobre qué versará el razonable concurso de

pareceres? Porque discutir al alcalde y manifestar preferencia por un equipo de fútbol sobre otro son

cosas que ya se podían hacer antes de la nueva Ley. Las libertades que ésta otorga tienen que referirse a

algo más sustancioso, como son las reformas sociales o estructurales, el régimen de la sindicación, el

representativo, los mecanismos políticos y el comportamiento de los gestores públicos, que es tema en el

cual aún no se ha entrado en serio en nuestra prensa.

Mantener a los españoles, más tiempo de lo que la dramática necesidad de la guerra civil exigía, en

vacaciones de sus deberes y derechos no sería la mejor manera de interesarles en un patriotismo

consciente y efectivo. Los hábitos del autoritarismo y los correlativos de la inhibición están tan arraigados

que no se acaba de crear un clima de sincera puesta en marcha de lo que se deseaba ver funcionando, pues

es bien visible la persistente afición al monólogo autoritario, al "slogan" simplista y el desprecio a la

opinión adversa. A crear las condiciones para que las leyes no sean letra muerta están más obligados que

nadie quienes honradamente hayan proclamado su necesidad o conveniencia. En el camino de la

normalización de un país se puede proceder con pasos cortos o largos, aunque siempre valdrá más un

paso corto pero sincero, auténtico y efectivo, que veinte zancadas si a la postre resultan ser mera

apariencia o simulación de movimiento.

Si alguien pensó que al levantar _ las trabas para la expresión del pensamiento nos íbamos a encontrar

con una _sociedad de creencias y opiniones unánimes pensó un buen disparate, pues la unanimidad no

está en la condición ni en el orden de las cosas humanas, ni siquiera revelaría estados colectivos de buena

salud. Lo que puede serle común a una sociedad—lo suficiente—es siempre el resultado de una

diversidad de opiniones contrastadas y que recíprocamente se ayudan aunque parezcan oponerse, pues

mientras la verdad absoluta sólo Dios la posee, la posible verdad de este mundo la tenemos entre todos. Y

esto no es relativismo deletéreo. Creemos en la necesidad de tener convicciones y defenderlas, pero

sabiendo que hay otras complementarias de las nuestras y merecedoras de respeto. Expresar nuestro

pensamiento con libertad y sin agresividad, como ha escrito Pemán en reciente artículo magistral. Es claro

que la diversidad de pareceres y convicciones exige absolutamente la aceptación de una norma de juego

que permita dirimir las oposiciones no reductibles. Pero a su vez, para que la diversidad de opiniones y de

intereses se someta a esa ley de juego y no estalle en formas violentas y belicosas, es indispensable la

educación civil para la que el diálogo abierto es condición esencial.

Salvo en los lejanos años de mi juventud universitaria, he tenido siempre serios reparos sobre la

posibilidad d e lanzar a España, sin más, a una experiencia democrática pura, total o absoluta. Las

experiencias pasadas fueron catastróficas. Por eso hay que ensayar formas de corregirla y acomodarla a lo

que nuestra situación aconseje. En el siglo pasado se. vio que la democracia directa de los teóricos no era

practicable y que había de atenerse a la representativa como corrección de aquélla. Han de existir también

otras formas de corrección de ésta: formas de mayor previsión y seguridad para Estados de semieducación

civil o de violencia temperamental.

Ni el régimen ni la dialéctica de guerra —con la representación del discrepante como enemigo a eliminar

son ya aceptables aquí. Hubimos de vivirlo, sufrirlo y defenderlo cuando la guerra misma era la situación

de hecho con su lamentable regresión a los instintos primitivos de lucha y a las condiciones del estado de

naturaleza. Que en situaciones tales se suspendan algunas de las vigencias universales propias de toda

sociedad civilmente sana, es explicable porque es necesario. Pero no cuando estamos volviendo a la

habitualidad pacífica; y la paz no se servirá, ni se consolidará, ni se profundizará, como paz de las

conciencias, si para sostenerla se emplean métodos de guerra: sean la simplificación del principio de

autoridad o el tratamiento intolerante—beligerante—de las discrepancias.

No voy a tratar ahora del pensamiento político de José Antonio, válido en buena parte todavía, ni a

considerar sus actitudes puramente tácticas ni lo que dijo en coyunturas o circunstancias distintas de las

actuales. Prefiero recordar_ cómo era, cuáles eran realmente sus inclinaciones, su estilo personal, sus

sentimientos más profundos. Puedo asegurar que nada le irritaba tanto como que las derechas

intransigentes o inquisitoriales quisieran tomar sus huestes como partidas de la porra. Es cierto que José

Antonio proclamó la necesidad de suspender algunas libertades para poder reajustar las bases de la

convivencia y hacerlas más verdaderas y completas. Pero nunca se habría avenido a una larga situación

sin libertades o con libertades falsificadas, especialmente en el orden del pensamiento. Y la idea de que se

debiera ignorar, silenciar, eliminar o simplemente amedrentar al adversario amurallándose detrás del

principio de autoridad o de cualquier dogma profano no estaba en su talante. Entre otras cosas (aparte su

delicadeza y escrupulosidad políticas ejemplares) porque era un fino y poderoso dialéctico (lo que nada

tiene que ver con jactancias ni verbosas osadías) que se hubiera sentido demasiado desgraciado sin

antagonista y completamente humillado hablando en monólogo permanente.

Hace treinta años fue necesario que España se impusiera una tregua, una cura de disciplina, para no morir.

Temporalmente—¿por qué no?—una dictadura. (La Dictadura fue el gran invento republicano de

Roma—pueblo _ de juristas máximos—para conjurar tiempos de crisis). Pero las curas son _ curas y no

conviene confundir la medicina con el paciente. Superada la enfermedad estamos en punto de demostrar

que nuestra sociedad puede valerse por sí misma. Ello exige prescindir ya de muletas y ponerla a andar.

La Ley de Prensa s´erá el primer paso, a condición de que la libertad que ella concede no consista en que

quienes se consideren más fuertes injurien o manden callar a los que no piensan como ellos.

Ramón SERRANO SUÑER

 

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