Autor: Serrano Suñer, Ramón. 
   Hacia un patriotismo europeo (II)     
 
 ABC.     Páginas: 2. Párrafos: 9. 

HACIA UN PATRIOTISMO EUROPEO

Por RAMÓN SERRANO SUNER

Victoria No se puede negar que a partir de la declaración de guerra a la´Unión Soviética la propaganda

alemana fue muy hábil; la guerra con Rusia le permitía intentar una reagrupación de la conciencia

europea, y, para lograrla, Alemania provocaría colaboraciones parecidas a la que España le brindaba

voluntariamente, en casi todos los países a los que acababa de humillar con la .ocupación. Y sin duda

pensó en reparar con el "slogan" de "la joven Europa" los daños morales de la primera fase del conflicto.

La verdad es que era difícil que en los países sometidos y ocupados cundiera esa ilusión, de la que, en

definitiva, sería administradora principal Alemania y mis propiamente su racismo imperialista. Pero entre

los españoles que no estaban humillados, que, por el contrario, estaban agradecidos y confiados, esa

emoción cundió fácilmente, aunque no sin tropezar también con zonas de resistencia.

Transformado ya en su aspecto^ positivo—como hemos dicho—, el sentimiento europeísta seguiría

creciendo muchos años después y justo es consignar hoy. cuando el europeísmo es al fin la más extendida

de nuestras ilusiones (de las ilusiones de nuestro tiempo), que los precursores de ese sentimiento fueron

los divisionarios españoles combatientes en Rusia. Y esto que digo resultará inequívoco para quien haya

leído los diversos testimonios escritos por algunos_de esos divisionarios en forma de crónicas, relatos;

novelas o poesías, no sólo ahora, sino ya en el primer momento. Es uno de esos testimonios el que ha

motivado estas reflexiones. Cuando al capitán Gerardo Oroquieta—prisionero _ en Rusia-le preguntan los

jueces soviéticos por qué razón fue voluntariamente a luchar contra la Unión Soviética, responde con

ironía: "Para devolverles la visita que ustedes nos hicieron en España." En esa contestación está expresada

la continuidad de propósitos-y sentimientos que convierten aquella intervención de la División Azul en un

episodio o prórroga de nuestra guerra civil. Pero en otras muchas páginas, cuando es el capitán quien se

pregunta a sí mismo, la circunstancia española pasa-a segundo término para dejar paso, ten primer plano,

al patriotismo europeo: el capitán y sus compañeros están allí porque quisieron luchar por una Europa

libre de la pesadilla y de la enemistad comunista.

El hoy comandante Oroquieta Arbiol —un típico ex combatiente de la guerra de España y de la División

Azul—no era más que un teniente recién salido de la Academia—después de haber sido en las trincheras

alférez provisional—cuando en 1941 solicitó su incorporación voluntaria a la División Azul. Durante un

año^hubo de refrenar su impaciencia y sólo el día 23 de abril de 1942 trasponía la frontera con la nueva

División que marchaba a relevar a las tropas gastadas por el invierno cruel de 1941-42. Pero su

impaciencia había de ser larga y dolorosamente compensada, pues sólo doce años después volvería a,pisar

tierra española. Entretanto, transcurrieron horas, días, años, de duro combate y de trabajo extenuante; días

y años en hospitales desatendidos, campos de concentración inhumanos, tribunales hostiles, cárceles

abarrotadas, viajes interminables, hambre, miseria y humillación... Unos años más tarde de su ^regreso a

la Patria, aquel pequeño alférez provisional de la guerra de España—ahora comandante—buscaría la

colaboración de otro militar, el comandante García Sánchez, escritor de pluma fácil, para redactar "sus

memorias de combatiente y de cautivo. El libro sorprende por su desapasionamiento, su comprensión y su

objetividad. Y ha, que añadir en su elogio que aun cuando los sentimientos no pueden expresarse sino

mediante un cierto grado de retórica, ésta no va, en este libro, más allá de lo indispensable y no deforma,

ni. envuelve, ni abulta los hechos—ya bastante duros en •su desnudez—, que sólo un juicio depurado y

una prosa fría a fuerza de sencillez alcanzan a expresar adecuadamente. En la «composición de los

recuerdos, en la exposición de las situaciones, no se buscan efectos sorprendentes. Se elude la caricatura

en la presentación de los ´caracteres y son siempre naturales los diálogos. No sólo al leerlo se tiene la

sensación dé encontrarse frente a un documento veraz, sino que con frecuencia hay1 en él un punto de

pudor que elimina el énfasis usual en el relato de sucesos extraordinarios.

Los escritores existencialistas nos tienen acostumbrados ¿ la descripción de. esas "situaciones límite", en

las que la "condición humana" ss revela en sus aspectos más acusados o esenciales. Pues bien, aquí

estamos en una de esas situaciones límite, prolongada durante doce a´ños, y los^ hombres, expresan en los

momentos más tensos de esa situación ´lo que son en realidad: algunos ceden y se disuelven, otros dudan

y sufren agónicamente, pero la mayor parte de ellos siguen siendo hombres enteros, regidos por la

voluntad, la moral y el honor, y conservan—como el mismo capitán Orquieta- una capacidad o

curiosidad, de espectadores imparciales casi milagrosa. El testimonio de esta resistencia (o persistencia)

en la dignidad humana ofrecida por la mayoría de los prisioneros españoles en Rusia (al borde de una

.prolongada o constantemente reproducida "situación límite") es, por supuesto, el "motivo" central de este

libro y su enseñanza más confortante. Pero el valor histórico del documento empieza donde termina este

heroico testimonio. Estos nuestros hombres de Rusia, este capitán Oro-quieta que habla por ellos tanto

como pór sí mismo, ,-stán realizando una experiencia excepcional, que-es la de vivir el fenómeno

soviético desdi su subsuelo más doloroso. Los invitados, turistas v observadores que han pasado por la

Unión Soviética, han visto la" superficie de aquel fenómeno: unas veces brillante; otras, mediocre, y

otras, depresiva; pero su imagen no es completa, como tampoco es completa la visión del viajero que

transita por las vías principales de una ciudad/ se aloja en BUS hoteles más confortables, visita sus

museos y sus salas de espectáculos, pero no .puede asomarse a sus suburbios, a sus cárceles ni a sus

hospitales. Cuando sólo se ha visto esto último, la visión, naturalmente, tamp´oco es ^completa; pero sin

ver esto, la otra visión—la de. superficie—no es nada. El testimonio de un hombre que ha habitado en las

cárceles, hospitales, campos de concentración y aldeas miserables de Rusia no nos dice todo lo que hay en

la sociedad .comunista, pero nos permite completar la visión que nos ofrecen los que solamente han

visitado las oficinas, la fábricas y los hoteles; pues es precisamente aquí, en esta visión de subsuelo o de

arrabal, donde tendremos la idea justa del precio que se paga por todo lo otro. Y ese precio se llama dolor,

terror, miseria, crueldad, inhumanidad. Todo esta es lo que aparece en el libro que comentamos con la

fuerza extraordinaria de representación que sólo puede darse de las .cosas vividas. No sería, sin embargo,

tan grande el valor del documento si su autor no pusiera de manifiesto a cada momento estas cualidades

de su espíritu: la imparcialidad, la moderación, la comprensión y la caridad.

^Realmente en el modo de ver la vida mis^na que manifiesta el libro de Oro-quieta hay una nota que no

nos sorprende, porque ha sido común en casi todos los divisionarios españoles, tanto si han escrito sus

impresiones y juicios como si nos los han comunicado verbalmente; esta nota común es la simpatía

compasiva por el pueblo ruso. Cosa fácil de explicar´si se tiene _ en cuenta que buena parte_ de los

divisionarios fueron gentes idealistas, de elevada moral y educación suficiente. Y por ello, si iban

dispuestos a debelar al enemigo ideológico, al mito amenazador, consideraban, sin embargo,

individualmente, a los enemigos con los que iban a enfrentarse como víctimas ´de aquel enemigo

ideológico más que com» sus encarnaciones vivientes. De otra parte, el contacto de los divisionarios con

los ruto»—cuando no eran el enemigo armado mientra* duraba el fuego—«e produjo por las capa* más

humilladas de aquel pueblo desventurado. Fueron primero lo» míseros campesinos del norte de Rusia;

luego, los prisioneros atemorizados y vencidos; más tarde—ya en el cautiverio—, los indígenas en

desgracia o los aldeanos y trabajadores sometidos a privaciones o tacnas tan duras como las de nuestros

propios prisioneros. Incluso entre los soldados y guardianes rusos abundarían —como el propio Oroquieta

nos cuenta-pobres ¿entes mal {Migadas, atemorara´ das, temerosas de su responsabilidad, pero de

inclinación bondadosa y poco afectos al sistema, como suele suceder con los subalternos de todos los

poderes políticos muy centralizados e inflexibles. Claro está que no podían tampoco faltar entre ellos

tipos crueles, duros, odiosos en su celo servil. Pero en la distinción entre pueblo y aparato político—y aun

mejor policiaco—que desde el principio «e impuso a la visión de los españoles (y que tal vez era ya,

incluso, un prejuicio), «tos ejemplares, más desagradables, quedarían cargados a la cuenta del régimen

soviético, mientras que el pueblo roso estaría para ellos representado por los más castigados, humillados y

humanos.

Lo que no cabe duda e« que, fuera cual fuera el juicio que a la consideración más imparcial pudiera

merecer el balance actual de la situación soviética, su "haber" estará duramente compensado por el "debe"

de sufrimiento a que el pueblo ruso está sometido desde años y que constituye el precio real de un paraíso

que todavía espera en las gráficas de las estadísticas a convertirse en vida real para los i£o millones de

hombres que lo tienen prometido. (Amén as los 24 millones anexionados y los 87 "satelizados".) Hay de

ese dolor un testimonio compasivo, fraternal, conmovedor, en el libro que comentamos y tal vez sea lo

más emocionante del relato la manera como se funde el dolor en dignidad de los soldados españoles con

el dolor en humillación de tos proscritos soviéticos o de los pobres aldeanos.

De esta experiencia larga y profunda, unos hombres enteros como el capitán Oroquieta y sus compañeros,

no podían sacar otra cosa que fuerza para perseverar en su ideal y en su dignidad. (Cuanto más escasean

en el mundo el honor, la decencia, la delicadeza y la dignidad, más valen la decencia, la dignidad, la

delicadeza y ti honor.)

Y quiero, finalmente, decir una cosas considero probable que las gentes aficionadas a objetarlo todo quizá

califiquen de elemental y simple el anticomunismo de este libro, pero ya sabemos a qué atenernos. El

comunismo—pese a todas las conferencias—sigue siendo aquello que negativamente define el mundo

que numerosos Oroquietas españoles fueron a defender aquí o en la estepa rusa. Que la negación no baste,

que la beligerancia no baste, eso ya *s otra cosa. Estamos de acutrdo; y también en Que en «ste punto sí

que serían—y son—funestas las recetas demasiado «imples.

¿Qué es lo que puede—y debe—oponerse al inconfundible enemigo comunista? Por de pronto—sin entrar

hoy de lleno en tan grave cuestión—me parece que al terminar la lectura del libro que comentamos

podríamos contestar: No faramallas retóricas ni libelistas profesionales, sino un mundo de hombres

capaces de sostenerse auténticamente en su dignidad. Esta es la lección que—«in énfasis alguno—nos

explicaron un día los soldados de España.

R.S.S.

 

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