Autor: Serrano Suñer, Ramón. 
   Almuerzos y Recuerdos     
 
 ABC.    10/05/1970.  Páginas: 1. Párrafos: 6. 

ALMUERZOS Y RECUERDOS

Mis almuerzos con gente importante" es un libro rico de ingenio, en el que Pemán acredita otra vez sus

bien conocidas dotes de observación, gracia y habilidad para contrapesar adhesiones y discrepancias,

elogios y censuras, en un ambiente de ironía que en algunas ocasiones se resiente de ambigüedad. Es un

libro de retratos y anécdotas Que saca a la luz desde e! depósito de su memoria y que constituyen un

documento histórico de primera mano. Un testimonio grave en no pocos pasajes y caracterizaciones que

el autor desliza, con valor y perspicacia, bajo una apariencia de superficialidad.

Me ha parecido especialmente atractiva la primera parte de estas memorias fragmentarias: la parte que se

refiere a la Dictadura del general Primo de Rivera, con quien tuvo Pemán trato familiar y cuya figura

evoca con bien ponderadas proporciones de estimación afectuosa y de espíritu crítico. En esta parte del

libro es donde Pemán se produce con mayor libertad sin que en la mezcla de la cal y la arena—que es uno

de los secretos de su estilo—se agreguen los elementos de cautela que se hacen notar en las páginas del

libro que se refieren a acontecimientos más próximos y a. personalidades todavía vivientes.

Extraordinariamente certeras y oportunas son las evocaciones del José Antonio joven, crítico y hasta

impertinente frente a muchas ideas y actitudes de su padre, a quien profesaba filial devoción, pero cuya

política le merecía graves reparos que yo conocí muy de cerca. Me parece ahora estar viendo a aquel

joven apenas salido de la adolescencia mordiendo con sus precoces ironías las ingenuidades paternas. Es

ciertísimo que a José Antonio no le gustaba aquella Unión Patriótica ni nada que pudiera parecérsele.

Aunque enclavado con cariño y lealtad en aquella fámula, aunque formado en aquel ambiente social, es

evidente que José Antonio escapaba de él preparándose así a un destino trágico, del que acaso lo menos

trágico haya sido su muerte prematura.

Los recuerdos de Pemán se refieren, sin embargo, en su mayor parte a los tiempos más próximos que van

desde la guerra civil hasta la última crisis ministerial Evocaciones brillantes, con frecuencia punzantes e

intencionadas y también con frecuencia, ambiguas. Aunque comprendo bíen cuántas veces en la prosa de

Ponan la ambigüedad es el precio de la intención, diré que en esa ambigüedad uno no se encuentra

cómodo; quizá porque no pueda olvidar la gravedad de las situaciones sobre cuya superficie conquista el

ingenio del escritor su incisiva libertad de juicio a fuerza de concesiones. Sin que con ello roce mi gran

estimación por él, señalaré que su memoria, generalmente feliz, no deja de registrar pequeñas confusiones

como cuando hace profesor de Derecho político a nuestro genial don Laureano (Diez Canseco, se

entiende), y que en sus juicios no siempre prescinde de pagar tributo a los estereotipos e incluso a los

apasionamientos.

Hay que decir que el libro es veraz en cuanto a los hechos y entreveradamente certero en cuanto a las

personas; y digo así porque los rasgos más mordaces de sus retratos están trazados en una atmósfera de

amistad desagraviante, y sus apologías envueltas de ironía y de distanciamiento. Será por ello difícil que

ninguna de las personas mencionadas en su libro se sientan aduladas, y menos aún enojadas con el autor,

que parece haber perseguido en su difícil tarea un programa de amistad universal, en el que las criticas

más severas no pasarán de ser afectuosos reproches en familia y los elogios no llegarán a ofender el

pudor. Instalados en tan tibia atmósfera, obligado será para cualquiera de los personajes incluidos en el

censo pemaniano abstenerse de protesta aunque su propia imagen le parezca deformada o no del todo fiel.

Cabe, en efecto, completar con algunos datos las anécdotas en las que nos hace aparecer como

protagonistas o testigos. Pemán, para dar un ejemplo de las tensiones internas .existentes en el seno del

Movimiento Nacional durante la guerra y después de terminada, utiliza el incidente producido con

ocasión de una conferencia suya en la Academia de Jurisprudencia y que tuvo una derivación más bien

pintoresca entre él y Miguel Primo de Rivera, a la sazón gobernador civil de Madrid.

Es muy cierto que en aquel acto que yo presidí me sentí incómodo y disgustado no tanto por sus

palabras—en las que no hubo manifestación grave o inconveniente—, sino por la actitud extremosa y

gesticulante con 1a que parte de su público las recibía y coreaba exaltadamente. En aquel tiempo

vivíamos todos en estado de tensión emocional con grandes apasionamientos y preocupaciones; entre

las mías era entonces la mayor dar realidad a la unificación política del Movimiento que salía de la

guerra, empresa difícil en la que el mismo Pemán colaboraba oficialmente y que a mi me parecía que, con

sus palabras, y sobre todo con la actitud de sus seguidores, se ponía en peligro. Además de considerarla

como he dicho inconveniente desde el punto de vista político, a mí, personalmente, me molestaba, me

hería, que se quisiera establecer una competencia de méritos o prioridades entre nuestros grandes muertes

como asi resultaba en relación con José Antonio y Calvo Bótelo. De ahí mis comentarios desabridos

durante su discurso, que el Patriarca de las Indias tuvo el mal gusto de apresurarse a transmitirle en un

almuerzo al que le invitó especialmente con este fin. (El obispo Eijo Caray, aquel que al principio nos

anatematizaba a los falangistas para acabar siendo años después, con poca prudencia, miembro de la junta

Política de Falange, el organismo más sustantivamente politico del Régimen, al menos en teoría.) Lo

cierto es que terminado el discurso, al salir de la Academia, Miguel, subiendo a mi coche, me rogó

vehementemente que lo llevara a El Pardo, lo que hice (sin que hubiera durante el trayecto "lavad» de

cerebro"), y allí se desahogó contando el percance, sin que yo ciertamente le quitara en aquella

circunstancia la razón. Esto fue por mi parte todo, y sólo dos días más tarde supe del lance personal que

con todo detalle nos cuenta en el libro.

Mucha más importancia que el episodio tiene, a mi juicio, señalar que Pemán, a fin de caracterizar

expresivamente la polarización de aquellas tensiones, me confiere el carácter de "representante de la

comente que podría llamarse, aunque con imprecisión, más totalitaria " y atribuya a sus amigos de la

Academia de Jurisprudencia la significación de liberales. La primera atribución no es incorrecta, aunque

Pemán sabe bien que en aquellas fechas eran numerosos los competidores (alentados por sus mismos

correligionarios) que me discutían aquella primacía y que luego—tras de la derrota de las potencias del

Eje—quisieron atribuírmela en exclusiva. En cambio, la segunda atribución—la de los liberales de la

Academia— me parece un tanto impropia para aplicarla a los monárquicos de entonces que reivindicaban

el titulo de "contrarrevolucionarios*´ y querían oponer a la interpretación del Movimiento de José Antonio

la de Calvo Sotelo. Como sea, lo cierto es que las tensiones existían, aunque no tuvieran en rigor el

carácter que hoy Pemán les atribuye. Y también lo es—y tal vez sea normal-^que la fruición que causa la

lectura de libros como éste vaya siempre acompañada de un poso de melancolía.

Ramón SERRANO SURER

 

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