Autor: Serrano Suñer, Ramón. 
   Mándeme menos estudiantes     
 
 ABC.    11/02/1973.  Página: 6-7. Páginas: 2. Párrafos: 10. 

MÁNDEME MENOS ESTUDIANTES

EN un curioso y reciente artículo —siento •que mi memoria en su natural declinación no haya retenido el nombre de su autor— se hablaba de unas cuantas frases de esas que llamamos históricas, que todo el mundo repite y que no se han pronunciado nunca. Sólo recuerdo ahora la atribuida al sombrío Calomarde, ministro de Fernando Vil durante la "década ominosa".

Es de todos sabido que el 18 de septiembre del ano 1832, encontrándose el monarca gravemente´ enfermo en e! Real Sitio de San Ildefonso y con la razón perdida —si es que alguna vez la tuvo—, firmó un codicllo que, en forma de decreto, le prepararon su ministro de Justicia Calomarde, e\ conde de Alcudia y el obispo de León, derogando la Pragmática Sanción de Marzo de 1830 y revocando sus disposiciones testamentarias sobre la Regencia. Todo esto habría significado el restablecimiento de la Ley Sálica y, por consiguiente, el triunfo de los carlistas si no se hubiera presentado, rápidamente, en La Granja la brava Infanta Doña Luisa Carlota, que, por su debilidad ante lo ocurrido, reprochó a su hermana la Reina María Cristina de Ñapóles, cuarta mujer y sobrina del rey felón, llamándola despectivamente "regina di galería", rompiendo el codicilo y abofeteando al don Tadeo, que. según repite una tradición apócrifa, le respondió con la frase "manos blancas no ofenden". La verdad es que si las bofetadas fueron históricas y sonoras, la elegante respuesta para encajar el castigo de la enérgica señora fue sólo un adorno Inventado "a posteriori".

La fulminante Intervención de la citada Infanta puso así remedio a aquella crepuscular debilidad real que habría cerrado a su hija el camino del Trono, mas, desgraciadamente, no pudo evitar que la cuestión, momentáneamente zanjada en la cámara regia con la escena de las bofetadas históricas, se reprodujera en el triste campo de (a guerra civil. Pues bien, pese a que Calomarde no hiciera en aquella ocasión otra cosa que bajar la cabeza y guardar silencio hasta esconderse primero en su Teruel natal, y pasar luego la frontera, sigue, sin embargo, circulando la frase como buena moneda; y es seguro que más de un caballero habrá remediado con ella la desairada situación en que le pusiera una agresión femenina.

OCURRE que en la Historia los faIsos adornos de te propaganda tienen, a veces, más fortuna que los hechos reales, y es así muy probable que el autor del artículo a que me he referido haya perdido el tiempo tratando de poner las cosas en su sitio como, seguramente, lo perderé yo al hacer ahora la puntualización que ofrezco a los lectores sobre otra frase no menos ingeniosa y flemática que, como la atribuida a Calormarde, pertenece igualmente al mundo de la Invención, aunque ya empieza a ser recibida como histórica. En eso que ahora se llama un libro "camp" la recogió hace algunos meses Vizcaíno Casas y la vuelvo -a encontrar ahora en el que Julio Caro Baroja con inteligencia, profundidad de sentimiento y gran estilo, publica sus memorias bajo el titulo de "Los Baroja". Este libro, que continúa y hasta enriquece la tradición de quien tal vez fue el primero de los novelistas de nuestro siglo (pues aunque Caldos muriera en éste, debe ser considerado como novelista del XIX) es muy rico en evocaciones, noticias, juicios e ´ Ideas de gran valor e Interés; pero, como siempre sucede en esta clase de obras, las necesidades de ambientaclón obligan al autor a decirnos tanto lo que sabe por si mismo como lo que ha oido contar.

Aunque con la probidad del científico —y el rigor del hombre honrado— Caro Baroja tiene buen cuidado de distinguir lo uno de lo otro, anteponiendo a lo oído y no comprobado la cautela de un "se decía"; y así en el libro nos dice —escribo una repetición deliberada— que "se decía", y es muy cierto que "se decía", que Sir Samuel Hoare, embajador en España de la Gran Bretaña, me contestó al teléfono, con ocasión de ofrecerle

yo el envío de más policías para la protección de su Embajada que acababa de ser apedreada, "no, no me mande usted más guardias, prefiero que me mande usted menos estudiantes". Pues bien, al lector que sea afecto a la verdad le Interesará saber que aquella frase —sin duda ocurrente, graciosa y hasta simpática— Hoare no la pronunció nunca, al menos no me la dijo nunca a mi, ministro dialogante en aquella ocasión. Es cierto que como en el episodio de Luisa Carlota hubo bofetadas, quiero decir manifestaciones y agresión a la Embajada británica, como también hubo por mi parte ofrecimiento y envío de más fuerzas de protección, pero lo que jamás se produjo fue la respuesta que la musa popular ha atribuido al Ingenio del embajador de Su Graciosa Majestad. También pudo ser que el destemplado Hoare que yo conocí y traté reservara para sus amigos y clientes la Ironía, el humor flemático y el aplomo que nunca tuvo en sus conversaciones o en sus discusiones conmigo.

EN mi viejo libro "Entre Hendaya y Gibraltar" se refiere el ¡Incidente en el que los .retóricos de (a Historia —y los mendaces de Ja propaganda— han engarzado la falsa "feria", 4a supuesta frase humorística del embajador. Ante la Embajada británica hubo en e! tiempo en que yo era ministro de Asuntos ´Exteriores varia» manifestaciones —todas sin mi aliento y casi siempre contra mí conveniencia—, con pancartas y sin violencias, excepto una que fue numerosa, amenazadora y aun agresiva, con rotura de cristales, vuelco de automóviles y otros desmanes. Esta tuvo lugar no sólo contra mi voluntad, sino contrariando una orden mía expresa, pública y concreta. Se produjo el día de la iniciación de la guerra de Alemania contra la Unión Soviética. Las cosas ocurrieron así: con este motivo, una gran manifestación, principalmente de falangistas que llegaban de la Plaza de España, incrementada por grupos que venían unos desde la Puerta del Sol y otros de La Cibeles, se detiene en la calle de Alcalá frente a la sede de la Secretarla General del partido. Estaban allí el ministro secretarlo y el de Agricultura.

Estos no sabían qué hacer ni qué decir y me llamaron apresuradamente, considerando urgente mi presencia para salir al balcón y hablar a los manifestantes. Traté de excusarme porque estaba reunido en mi Ministerio con un embajador; pero ante la nerviosa insistencia de aquéllos me trasladé allí rápidamente y pronuncié unas vehementes palabras, señalando la culpa y las responsabilidades de Rusia (mejor debí decir de la U. R. S. S.} en nuestra guerra civil. "Inspectore" estaba ya tomada la decisión de enviar a Rusia alguna unidad de combatientes voluntarlos: una intervención slmbóante la Embajada británica —escribe don Ramón Serrano Súñer— hubo, en el tiempo an que yo era ministro da Asuntos Exteriores, varias manifestaciones —todas sin mi allanto y casi siempre contra mi conveniencia— con pancartas y sin violencias, excepto una que fue- numerosa, amenazadora y aun agresiva, con rotura de cristales, vuelco da automóviles y otros desmanes. Esta tuvo lugar no sólo contra mi voluntad, sino contrariando una orden mía, expresa, pública y concreta. Se produjo el mismo día de la Iniciación d» la guerra da Alemania contra la Unión Soviética."

Aca en la "guerra •sólo con Rusia" que, de una parte serla un acto de consecuencia con el anticomunismo de nuestra guerra civil, y de otra nos ayudarla a eliminar el compromiso siempre acechante de una verdadera Intervención en la guerra general.

AL terminar -mi breve discurso pedí a los ¡manifestantes —como en todos los periódicos de aquel día y del siguiente pueda leerse— que >la .manifestación se disolviera tranquilamente para evitar provocaciones e Incidentes que nos podían crear problemas. Por mi parte esto no era decir por decir, pues tenia muy despierto el sentido de la responsabilidad y me importaba mucho que no se perdiera el equilibrio difícil de >a política que yo servia para mantener una relación de leal amistad con Alemania e Italia, pero evitando a la vez una intervención en la guerra junto al Eje y una situación de "casus belli" con los aliados, caso que de seguro habrían aprovechado nuestros amigos para empujarnos a la situación que deseaban, destruyendo asi el delicadísimo edificio de nuestra "no beligerancia" y -pasando la frontera por Hendaya para "ayudarnos", esto es, para Invadirnos. En el mantenimiento de nuestra postura de considerar como hechos separables e Independientes la guerra con Rusia y la guerra con los Aliados occidentales, cualquier Incidente podía resultar funesto, tanto más si el carácter del Incidente venia por su significación a destruir nuestros sutiles distingos. De ahí que mis exhortaciones para un desenlace tranquilo y ordenado fueran sinceras e -Incluso vehementes; pues vela muy claro que de no ocurrir asi el destino de la manifestación no serla >a Inexistente Embajada rusa, sino la Inglesa. Una parte de la manifestación no atendió mi requerimiento y se dirigió efectivamente a esta última. Creo no equivocarme ´al pensar que algunas personas de la misma casa donde yo hablaba hablan dispuesto las cosas del modo como ocurrieron, porque entonces "rebasarme" en la amistad con ios alemanes era ambición muy generalizada y en ocasiones lucrativa. Producidos asi los hechos lamentables a que me he referido, eran las tres de la tarde cuando disponiéndome ya a abandonar el Ministerio me comunicó el barón de las Torres, nuestro primer Introductor de embajadores, que el Inglés llamaba pidiendo verme al Instante. Le convoqué para las cinco de la tarde en mi domicilio, establecido todavía, de una manera precaria y provisional, en el apartamento que ocupé en el Ministerio de la Gobernación, en cuya puerta] más en funciones de portero que de guardián, habla un falangista que Hoare tomó por un tenebroso "pistolero" en la narración que del episodio hace en su lamentable libro; lo que no da una idea muy alta de su presencia de ánimo. A las cinco en punto, desafiante y descompuesto, entraba especitacularmente por aquella puerta tan tenebrosamente guardada Sir Samuel Hoare, escoltado por todos sus agregados militaras uniformados y con armas. Aquel Inglés de buena facha, sanguíneo, arrogante, con^muchas horas de vuelo politico, "pedia guerra". Formuló su legitima protesta —de pie, pues no quisieron sentarse— con gran energía. Yo :—que siempre he considerado las´prerrogativas y las Inmunidades diplomáticas como un supuesto Indispensable para la vida de relación entre Estados— le escuché con el mayor respeto y al contestarle no me ílniltó a presentarle unas excusas formularlas, rutinarias, sino que le manifesté mi amargura por lo sucedido con honrada sinceridad y hasta con humildad, deplorándolo y condenándolo; por supuesto me puse en nombre del Gobierno a su disposición para las posibles compensaciones y reparaciones de los daños causados. Tuve y tengo por evidente que aquella actitud mía frustraba las "escenas" que él traía preparadas para una respuesta mía que él habla Imaginado y deseado que seria destemplada o agresiva. Ante mi actitud se sintió decepcionado, "traicionado" en sus proyectos de escándalo, y sin saber reaccionar adecuadamente, sin saber dominarse, descompuesto —dando la frustración paso a la cólera, bien lejo´s del humorista de la frase apócrifal—, me dijo abruptamente: "Estas cosas no ocurren más que en un pueblo de salvajes." Y aquí terminó mi humildad. MI reacción, sin una sola palabra, consistió en extender el brazo y con el índice señalar imperativamente en dirección a la puerta, a la que, como autómatas, dando media vuelta, se dirigieron Hoare y su brillante cortejo. Pronto supe a través del viejo secretarlo de >la Embajada, don Bernardo Malley, como afectuosamente todos le llamábamos —el más competente especialista que de nuestros hombres, cosas y problemas tuvo el Imperio Inglés—, que Sir Samuel se sentía más humillado por su Intemperancia y falta de dominio que por el Incidente mismo.

Pero si por una parte su orgullo se desahogó contando los hechos de modo truculento, de manera que resultara un héroe temerario que penetraba para ofendernos en una guarida de matones, es casi seguro que fue él mismo quien puso luego en circulación la frase Ingeniosa que ha hecho tanta fortuna y que ojalá la hubiera pronunciado en vez de aquella otra tan ofensiva y vulgar, y que en lugar del energúmeno que apareció aquella tarde en mi casa io hubiera hecho el Inglés ingenioso, Irónico y flemático.

CON esta ocasión, por mi amor a la justicia y mi decisión da contribuir en la •modesta medida de >mi experiencia y de mis fuerzas al establecimiento o al restablecimiento de la verdad histórica, quiero referirme al "Diarlo", recientemente aparecido en Londres, de Sir Alexander Cadogan, cabeza del Foreign Office durante muchos años —y por supuesto en los de la Segunda Guerra Mundial—, que fue asesor de los secretarlos Halifax —objeto de su gran admiración—, Edén y Bevin, y colaborador de los tres primeros ministros Chamberlain, Churchill y Attlee. Se trata de uno de ios libros más importantes que en su género se han publicado en nuestro tiempo y sin su conocimiento es difícil hablar seriamente de muchos de los problemas políticos y cuestiones diplomáticas durante la gran conflagración. Después de este elogio he de decir, sin embargo, que yo, que en mi libro antes citado —todavía vivos nuestros antagonismos— escribí sobre Sir Samuel Hoare con severidad pero sin rencor, apeándole, eso si, de sus hipérboles y de sus Invenciones, destruyendo sus calumnias y juicios absurdos y ofensivos que sólo estaban fundamentados en su exceso de soberbia, quiero decir, repito, que los juicios que Cadogan emite sobre Sir Samuel llegando a considerarle nada menos que como un traidor en potencia son gravemente Injustos y me considero en el deber de escribirlo asi por haber sido el testigo más próximo de su gestión diplomática en Madrid, apasionada hasta el exceso y la Incorrección, en el servicio de su patria.

Termino este ya largo articulo con una duda: esas falsas anécdotas de la historia suelen alcanzar vida larga y resistir "a la prueba de las rectificaciones y desmentidos más rotundos y autorizados; y tal vez sea mejor asi para poder tener de la Humanidad una Imagen menos agria. Entonces, puede preguntarse, ¿para qué lo escribo? Tal vez por la convicción, basada en la experiencia propia y en la ajena, de la Inutilidad de pensar y escribir sobre temas más actuales y acuciantes. Creo que cuando menos puede servir el artlculito como pequeño "diver— mentó".

Ramón SERRANO SUÑER

"Se decía que Sir Samuel Hoare, embajador en España de la Gran Bretaña, me contestó al teléfono con ocasión de ofrecerle yo el envío de más policías para la protección de su Embajada, que acababa de ser apedreada: "No, no me mande usted más guardias; prefiero que me mande usted menos estudiantes." Pues bien, al lector que sea afecto a la verdad le Interesará saber que aquella frase —sin duda ocurrente, graciosa y hasta simpática— Hoare no la pronunció nunca, al menos no me la dijo nunca a mí, ministro dialogante en aquella ocasión."

 

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