Autor: Serrano Suñer, Ramón. 
   Portugal     
 
 ABC.    30/04/1974.  Páginas: 1. Párrafos: 6. 

SIEMPRE, desde los años de mi juventud, me he sentido atraído por la dulzura del paisaje portugués y he prestado especial atención al acontecer político de este pueblo. Los azares de mi vida pública me permitieron, además, conocer primero y más tarde mantener muy afectuosa relación con el profesor Oliveira Salazar, sobre cuyas cualidades más evidentes he escrito en la Prensa más de una vez. No serla ésta la mejor ocasión para quitar una tilde de aquellos juicios elogiosos muy fundados. Pero tampoco ha de serio para ocultar las perplejidades a que últimamente me inclinaba la consideración de su poder personal mantenido por tan largo tiempo. Eran perplejidades que no oculté al propio interesado cuando nuestras relaciones se convirtieron en amistad privada. (En nuestras simpáticas conversaciones en su sencilla residencia de San Bento, a las diez de la noche, hora y lugar en que me recibía, terminadas su jornada de trabajo y ta frugalidad de su cena.)

Admiré yo en Salazar su gran capacidad intelectual, sus amplios saberes y la excepcional conciencia de su misión de gobernante, pero sobre todo el escrupuloso ascetismo de su vida casi monacal, desentendida de los halagos externos, sensuales, que el Poder suele proporcionar, y de toda veleidad de provecho económico. Seguramente no ha conocido Europa un solo hombre público que haya vivido para su función con mayor concentración en los deberes y mayor desprecio por las ventajas personales de] mando ni más alejado de vacías pomposidades. Pero tampoco puede ignorarse que las virtudes más sólidas tienen frecuentemente su reverso. En Salazar el desprecio de las vanidades le llevó a la autoafirmación íntima de su personalidad dignísima y con ello a la inclinación hacia la soledad y el dístanciamíento, tanto de su pueblo como de sus mismos colaboradores. Y la práctica de su austeridad económica Fe llevó en alguna medida a olvidar tas necesidades ajenas y a sobreestimar los valores, por otra parte muy ciertos, de la sobriedad y el ahorro. No quiero con silo sugerir que Salazar fuera avaro, ya que personalmente, para él, no creo que atesorase un céntimo aunque sí contaba, con mucho escrúpulo, los que el Estado debía gastar en el sostenimiento de sus servidores y funcionarios y en primer término para él mismo. Pero quizá ese escrúpulo administrativo fue el que le Impidió salir de los esquemas del economista clásico, anticuado, para el que el buen equilibrio del presupuesto público pasaba por delante de la necesidad de lanzar al pais a la carrera del desarrollo que tanto necesitaba. Esta puntillosa insistencia en la economía del ahorro y su imposibilidad para superar los esquemas paternalistas del mando, fueron sin duda, los contrapuntos de las extraordinarias virtudes de aquel hombre singular.

Sobre el problema de la sucesión me insinué con él —ta| vez indiscretamente— en más de una ocasión. ¿Creyó Salazar verdaderamente en el valor de futuro de su constitución corporativamente ¿Ignoró que su exceso de personalidad y de voluntad dejaba en vana sombra toda te maquinaria institucional montada por él según un esquema doctrinal que su. propia energía de gobernante no permitía poner a prueba? En todo caso no me cabe duda de que el ilusionismo de esa soledad remontada fue el talón de Aquiles de aquel hombre grande; el defecto de realismo que le . condujo a no tener bastante presentes los peligros de las situaciones de excepción; olvido éste que propende a subestimar la necesidad de programar, con autenticidad, su propio desenlace, como le llevó a ignorar las exigencias de la economía del siglo XX y a meditar para las extensas posesiones ultramarinas —que eran el pulmón vital del Portugal europeo amenazado por la fronda de la descolonización— expedientes mejores que el de la resistencia a ultranza.

Todo esto parecía ya evidente antes de que el gran Salazar se hundiese en el penoso letargo que precedió a su muerte. Quien habla de ser su sucesor, el profesor Caetano, había discrepado de Salazar en materias de política económica y sobre todo de política colonial o transmarina. Las objeciones que Caetano oponía a su jefe respecto al régimen de las provincias africanas —oposición que le hizo retirarse al Aventlno de la Universidad— se parecen mucho —si es que no las anticipaban del todo— a las que Spínpla, el héroe africano, opondría después al mismo Caetano. Por ello no me parece exagerado decir que la continuación ofrecida por Caetano at salazarismo era ambigua o contradictoria. Ante un hecho terrible ocurrido aquí en las vísperas de nuestra guerra civil, José Antonio, desde su prisión de Alicante, nos decía: «Son víctimas de la camelancia política»; aunque la frase parezca un tanto desgarrada cabría decir algo parecido del final político de Caetano, caído por virtud de su indecisión y de sus contradicciones. Ha querido reencarnar lo que ya no servía para la Historia de Portugal, y en vez de preparar los verdaderos caminos de una nueva situación se ha mantenido, con mil incertidumbres, en el esquema heredado bajo la presión de los celantes de la Inmovilidad.

El proceso del salazarismo, por importante que fuera, que lo fue mucho, su primer animador, estaba ya agotado algo antes de la muerte de éste y prolongarlo sin él era imposible, absurdo y peligroso. Así parece haberlo entendido ahora el Ejército peninsular lusitano y su toma de posición parece lógica y razonable. Sea cual fuere el juicio que merezca la política de Salazar, una cosa resulta evidente: que su mandato fue un paréntesis en el curso «normal» de la vida política portuguesa; un paréntesis que abrió el mismo Ejército que ahora lo cierra, cuando consideró que aquella «normalidad» no merecía tal nombre, pues no podía admitirse como normalidad el caos, y creyó necesario operar sobre el cuerpo social para evitar aquéllos y mayores males. Por ello, como es bien sabido, el 28 de mayo de 1926 el mariscal Gomes d´Acosta salió con sus tropas de Braga acompañado por unos pocos carrones de tracción animal para dirigirse a Lisboa con la adhesión de otros generales y especialmente la de Carmona, que tenía el mando militar en Evora. Ambos ocuparon la capital y dominaron el país sin disparar un tiro. Poco meses después, el mariscal Gomes d´Acosta, víctima de una delirante embriaguez de poder, perdió el juicio y hubo de ser recluido por Carmona en una gran finca rodeado de guardianes-cortesanos que le hicieron .creer hasta su muerte que todavía gobernaba. Entonces, con este episodio, empezó a revelarse todo el buen sentido, que guardaba en su modestia, en su discreción y natural señorío, el general Car-mona, que fue quien devolvió el Ejército a sus cuarteles y elevó a la Presidencia del Consejo al austero y competente profesor de Coimbra que por cuatro décadas dirigiría la vida de Portugal. Carmona fue para Salazar un jefe de gran lealtad, sin la cual no hubiera podido establecer su peculiar dictadura civil. Pero, repito, que lo que el Ejército buscó entonces fue un paréntesis que permitiera reencauzar la vida civil según unos esquemas constitucionales. La gran personalidad, la poderosa voluntad, la ejemplaridad intachable del médico civil que Mamaron a la cabecera de la nación enferma, y quizá también el espíritu político de aquellas horas de Europa, hicieron que el paréntesis se convirtiera en largo capítulo. Mas, hay que repetirlo, el capítulo se cerró, aun antes de la muerte de Salazar, a la luz de los grandes cambios que trajo sobre el mundo la segunda gran guerra. La experiencia, el árbol que tantos frutos diera, se estaba agotando, y el Ejército, el mismo que abriera el paréntesis el año 26 en una hora grave, lo ha cerrado ahora en un momento crítico.

El hombre que ha asumido la responsabilidad de cerrarlo, el general Spínola, es un héroe de la guerra de África, distinguido como organizador y gobernante en la Guinea portuguesa, que ha construido una hipótesis para la solución del problema cotonía! que si no es, a mi juicio, fácilmente practicable, sí constituye un inteligente punto de partida muy superior a la fórmula de la eterna guerra de desgaste sobre la que Caetano tendía a dormirse. Pero, por otra parte, Española no puede desconocer la situación; no puede ignorar que un golpe militar es algo muy´distinto de un movimiento popular que habrá de ser estimulado y encauzado creando opinión pública, responsable, como base social articulada y necesaria para un régimen civil nuevo. En tal sentido se orientan las previsiones de la Junta de Salvación declaradas en su manifiesto. No puede orientarse de otro modo. Y es importante para todos —y muy particularmente para tos pueblos de Europa— que la empresa prospere, y que el exceso en la prolongación del anterior paréntesis no haya agotado una capacidad que Portugal tuvo siempre en grado eminente: la de producir dirigentes de calidad, espíritus originales, capaces de llevar a la comunidad lusitana hacia una serena autoposesión de sus destinos.

Ramón SERRANO SUÑER PORTUGAL

 

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