Autor: Serrano Suñer, Ramón. 
   Mis recuerdos del Parlamento  :   
 En la Monarquía como espectador, en la República como diputado y después…. 
 Gaceta Ilustrada.     Página: 39-41. Páginas: 3. Párrafos: 22. 

Ramón Serrano Suñer

MIS RECUERDOS DEL PARLAMENTO

En la Monarquía como espectador, en la República como diputado y después, Lerroux. El león cansado y a la táctica»

AUN QUE Azaña no sea ciertamente hombre de mi predilección, he de decir que hay que bajar muchos peldaños en la escala de los valores humanos —intelectuales y morales— para ponerse al nivel del otro dirigente republicano a quien correspondió la sucesión de Azaña en el Gobierno después del triunfo electoral de las derechas en 1933: don Alejandro Lerroux y García, que si alguna vez había sido un león ahora era un león cansado, domesticable —esto lo fue siempre— y en franca decadencia. Lo decía él mismo en el Congreso: «Yo no soy ni sombra de lo que he sido». No lo era en efecto, pues, vulgar pero fogoso en otros tiempos, ahora la fogosidad se apagaba y lo que quedaba era una especie de menestral endomingado, satisfecho de haber llegado a la meta del poder sin importarle el precio. En su manifiesta declinación incluso su desparpajo de otro tiempo había disminuido mucho. Tuvo una cierta apostura de tribuno de la plebe veteada de picardía. No era antipático aunque tampoco fuera propiamente simpático y poco a poco fue perdiendo los exiguos restos de respetabilidad que pudiera haber tenido. Recuerdo que un día alguien pronunciando un discurso en la Cámara se refirió a un político diciendo «ése es un caballero» y Lerroux, sintiéndose excluido de tal condición, le corrigió interrumpiéndole con estas palabras «Aquí todos somos caballeros» y sonó en la Cámara una carcajada general. Ya dejo dicho en otro lugar que yo no fui partidario de la operación de colaboración con la República en la que se embarcó Gil Robles en inteligencia con Lerroux. ¡Era la famosa táctica! Táctica quizá forzada por las circunstancias pero que para nadie fue provechosa: Ni para la República porque la verdad es que la colaboración no era leal —y lo que de esa confusa maniobra resultó fue la debilitación del centro a beneficio de una izquierda impaciente e imprudente—, ni para la. derecha católica que tuvo que pagar un alto precio de condescendencia encubridora de los trapícheos de la parte más desmoralizada como eran los republicanos radicales de Lerroux. Recordaré el retorcimiento del corazón —frase de Gil Robles— en el «asunto Nombela». Al final ni la CEDA pudo llegar al poder para «rectificar el siniestro perfil» del régimen porque el republicanismo, presionando sobre el presidente de la República, Alcalá Zamora, no lo consintió, ni la República pudo conservar su bloque moderado con la unidad y la independencia necesaria para que hiciera por sí misma aquella rectificación. Cuando el escándalo del «estraperlo» se llevó a Lerroux por delante (abandonado irremediablemente por sus aliados de ocasión) su prestigio era ya nulo. Aquella caída fue la liquidación de una ruina.

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MIS RECUERDOS DEL PARLAMENTO

El eticismo republicano encarnó entonces —pero ya demasiado tarde— en e! sevillano don Diego Martínez Barrio, que dirigió la maniobra necesaria de la escisión del partido radical. Diré incidentalmente que Martínez Barrio desempeñó en el Parlamento un papel digno. Sin cultura importante, tenía más categoría intelectual y moral que su jefe y gozaba de una reputación limpia. Con algunos ribetes de orador provincial cumplió su difícil papel con dignidad.

De muchos de los diputados que le quedaron a Lerroux después de la escisión, Guerra del Río, Rocha, Emiliano Iglesias, etcétera, es más piadoso no hablar. De los que jugaron algún papel en las crisis siguientes se puede recordar al valenciano Samper, que tenía cara de pez, y fue un raro, y un tanto pintoresco, descubrimiento de don Niceto. Era una persona insignificante.

En uno de los gobiernos lerrouxistas hizo su presencia en el banco azul un hombre de escasa entidad física, pequeño y delgado. No era diputado; casi nadie le conocía allí como político. Se trataba de César Jalón, que había acreditado su competencia taurina escribiendo en la prensa con el seudónimo «Clarito». Ministro de Comunicaciones en etapa muy corta, se desenvolvió Jalón con inteligencia, con acierto y discreción, especialmente en controversia con Cambó con ocasión de una ley de Bases para los servicios de Correos y Telégrafos.

Personalidades de la derecha republicana

La derecha republicana había tenido su hora en el primer bienio de las Cortes republicanas.

Por la figura de SANCHEZ ROMAN, distinguidísimo jurista con buena y fría inteligencia, aunque no era un político, guardo el respeto que merece y la estimación que no destruye una absurda acusación que desde Méjico me hizo de haber falsificado el testamento de José Antonio. La figura de MIGUEL MAURA, aparte de su error político, siempre me resultó simpática; y, especialmente, por la dignidad con que vivió su destierro, y los últimos años de su vida, mereció todo respeto. Miguel Maura, valiente, despierto, con talento natural y simpatía humana, fue una promesa nacional desaprovechada, pues si nuestros prejuicios desde la derecha le excluyeron del juego, los sectarismos de la izquierda no le permitieron entrar en él a fondo. Lo que en términos de proyecto hubiera podido representar la Insincera y deprimente alianza CEDA-lerrouxismo. lo hubiera representado Maura con mucha más autenticidad y eficacia. Pero no tuvo, no se le dejó espacio, y la, guerra civil lo redujo al limbo utópico de la tercera España; esto es, de la España que no pudo ser.

Del mismo don NICETO ALCALÁ ZAMORA no he de ocultar aspectos positivos junto a la ironía y la prevención, pues su retórica caudalosa, florea!, me parecía ya entonces cosa de museo. Y su actuación como presidente de la República, aunque menos pasiva que la de Azaña, fue también infortunada, pese a su buena formación jurídica. Sólo le traté con motivo de un informe suyo en la Audiencia de Zaragoza donde yo fui su antagonista. El venía, sin duda, confiado en la facilidad de su triunfo; bastaría para lograrlo un informe suyo grandilocuente, efectista y superficial, preparado sin demasiado trabajo. Es lo que ocurría también con las grandes figuras del toreo cuando iban a plazas poco calificadas de provincias: un toreo espectacular, sin profundidad, con largas afaroladas y algún otro adorno con truco. (Dispénsenme los grandes taurinos la falta de propiedad que puedan tener estas palabras mías, de mal aficionado.) Pero en Zaragoza le esperaba a don Niceto un letrado joven que había estudiado seriamente en sus años universitarios y que midiendo, de una parte, la valía de una figura profesionalmente consagrada como la de Alcalá Zamora y teniendo, de otra, la legítima ambición de no desmerecer en su confrontación con él, había fundamentado sólidamente su tesis para oponerse eficazmente al recurso y al razonamiento de su contendiente. Tal vez abrumadoramente, más allá de lo necesario y usual, y admito que pude incurrir en alguna licencia polémica con la dosis de impertinencia que no es rara en la juventud.

Alcalá Zamora encajó mal la vivacidad de mi dialéctica y consumió su turnó de rectificación o réplica con destemplanza y agresividad; el mismo tono con que yo le correspondí en el mío. En medio de ese ambiente de recíproca vehemencia, el patriarca de los juristas aragoneses, don Marceliano Isábal, en su calidad de letrado consistorial, como coadyuvante mío —o más propiamente de la Administración municipal— habló en tono mesurado dedicando palabras de gran consideración al letrado forastero, neocorreligionarío suyo (to llamo así porque don Niceto —ex ministro del Rey— estrenaba su republicanismo—eran los años de la Dictadura del general Primo de Rivera— mientras que el anciano Isábal traía esa fe política desde los días de la I República) y de gran elogio para mi discurso y mi conducta.

Terminado el acto, el patricio aragonés —excelente persona— tuvo especial empeño en reconciliarnos y nos pidió a los dos —a don Niceto y a mí— que, con la nobleza de buenos contendientes, nos estrecháramos las manos, como así lo hicimos. Y. más aún, el buen don Marceliano me dijo: «Ahora, Serrano, sería por su parte un gesto elegante salir esta tarde a la estación, como nosotros lo haremos, porque don Niceto regresa a las cuatro, en el rápido, a Madrid». Así lo hice y allí me encontré con un don Niceto muy distinto, lleno de amabilidades verbales, que me llamaba joven e ilustre compañero. Se había olvidado del pleito; hablaba de política sin cesar —era ya un conspirador— y me entregó el ejemplar del «Murciélago» que acababa de salir; se trataba de un folleto clandestino contra la Dictadura y la Monarquía. Desde la ventanilla, con afabilidad, se despidió de todos cuando el tren partía, y ya nunca más volvimos a tener relación personal. Añadiré que el recurso, que él había defendido con pasión y brillantez ante el tribunal, no prosperó.

No tengo más elementos para juzgarle en el aspecto humano. Se decía de él que era receloso, desconfiado y astuto. Francisco Cossío ha escrito que sería un buen personaje de Pirandello que sentía en torno suyo los espectros. Pero, aparte de sus errores, en un enjuiciamiento sereno y decente hay que decir de él que mantuvo las costumbres de austeridad personal y de decoro público que habían sido normales a lo largo de ios tiempos de la Restauración. La familia del Presidente no se hizo nunca presente en 4a vida oficial y su mujer, sus hijos, sus cónyuges, observaron una discreción plausible, sin intentar, o realizar, interferencias políticas ni comerciar con la influencia. Y él acabó sus días en el destierro, con dignidad, con independencia y con modestia.

Las figuras del grupo parlamentario socialista

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La fuerza más consistente de la República fue, sin duda alguna, el Partido Socialista, que como es muy sabido vivió la experiencia republicana con dos talantes distintos, sucesivos, que podrían representarse en las figuras de Indalecio Prieto y de Largo Caballero. En la primera fase estuvo inspirada en el talante democrático; y su objetivo pareció ser el de consolidar la República, cediendo a (as fuerzas burguesas lo que había que ceder. En ia segunda fase, que

se inicia con la derrota electoral de las izquierdas en el año 33, el talante que prevalece es el revolucionario y clasista. La República se entiende como una vía para e] socialismo revolucionarlo. Pese a la gran responsabilidad que le incumbe a Prieto en la intentona de octubre de 1934, también es cierto, repito, que éste intentó desviar luego la corriente revolucionaria de su partido corrigiendo la embriaguez que le produjo la victoria, por otra parte no aplastante, de las elecciones de febrero de 1936 (Frente Popular). Pero entonces el hombre era ya Largo Caballero, enemigo absoluto de la República democrática, implacable en sus peores días de revolucionarlo en activo.

Mientras la imagen parlamentaria de Prieto —que he evocado más arriba— fue brillante, la de Largo Caballero fue siempre opaca —hombre sin ninguna cultura ni palabra— y en el último período atrozmente dura y provocativa. En las ocasiones en que largo Caballero hablaba era siempre para amenazar; como si dijéramos hablaba en el Parlamento pero desde la calle, una calle que estaba ya ocupada por piquetes de guardia y desfiles de milicias. Fue grande su responsabilidad ante el pais y ante su propio partido al que desnaturalizó por su afán de no quedar atrás de los anarcosindicalistas y otras organizaciones revolucionarias. Así destruyó el papel beneficioso que un partido socialista responsable pudo jugar en la política española.

No faltaron en la minoría socialista hombres de relieve intelectual, buenos dialécticos, junto a otros que formados en las luchas sindicales, llevaban al Parlamento un cierto estilo de rudeza.

Persona destacadísima en el primer Parlamento de la República fue su Presidente el profesor universitario don JULIAN BESTEIRO, hombre de formación marxista pero postulante de un socialismo evolutivo. Persona tan poco sospechosa de socialista como Cambó dijo en una de sus intervenciones parlamentarias que Besteiro era un suscitador de ideas que cuando intervenía en un debate elevaba su nivel y estimulaba a intervenir en él. Era un hombre con cara grande, alargada, un poco equina, alto y delgado, bien vestido, tenía un aspecto distinguido, con un señorío a la manera británica. Era cortés y sabía imponer su autoridad con energía, con aplomo y con equilibrio. En,los últimos días de su vida (Besteiro desaprobó siempre el horror de la guerra civil, sin faltar por ello a la lealtad a su partido), demostró que además, a diferencia de lo que hicieron los gritones, era capaz de asumir con altura y valor responsabilidades graves y hemos de reconocer que dejarle morir en prisión fue por nuestra parte un acto torpe y desconsiderado.

. Durante mi actuación como diputado no tuve la fortuna de ser presidido por él pues los sucesivos presidentes de las Cortes republicanas fueron don Santiago Alba, al que ciertamente —hombre de notorio talento— no le faltaban habilidad ni oficio ni gran vocación parlamentaria, y don Diego Martínez Barrio, que se condujo correctamente sin incurrir en agresividades verbales tan corrientes allí, incluso practicadas por algún conspicuo derechista.

Don FERNANDO ´DE LOS RÍOS seguía en el aliño y el atuendo de su persona el modelo de los hombres de la «Institución Libre de Enseñanza-: barba muy cuidada, vestidos pulcros, representaba el matiz del socialismo humanísta y no marxista. Es a él a quien en un Congreso internacional socialista al invocar la libertad contestó rápida y enérgicamente Lenin: «¿Libertad para qué?».

Por oficio universitario y por temperamento, su estilo personal moderado le acercaba a Besteiro. He leído en alguna publicación cuyo nombre no recuerdo, que el poeta García Lorca estableció Irónicamente ese parentesco entre tos dos en unas coplillas graciosas:

Viva Fernando Viva Femando de los Ríos Lampérez barbas de santo padre del socialismo de guante blanco. Besteiro es elegante, pero no tanto.

(Ya en el terreno de cosas pintorescas recuerdo también cuánto se comentó que en una controversia interna del partido socialista en la que Prieto se manifestaba con un lenguaje desgarrado y hasta soez, Fernando de los Ríos, también enfurecido, usando de la interjección más fuerte de su repertorio, exclamó: «¡Cespita!»).

Menos severo y menos lógico que Besteiro —más emocional— las intervenciones de don Fernando no fueron frecuentes pero sí con buen tono cultural. Igualmente, aunque en tono más violento, intervino alguna vez y principalmente en debates de tipo técnico jurídico, el profesor JIMÉNEZ DE ASUA, en el que, pese a su cargantería, quienes fuimos sus discípulos en la Universidad de Madrid hemos de reconocer su calidad de universitario muy competente especialista, que después del trabajo continuado de muchos años publicó en el exilio un completísimo tratado de Derecho Penal considerado como el más acabado de este tiempo. Por su gran labor y su dedicación a la cátedra le guardamos siempre, repito, gratitud que le era debida, y por eso cuando la •Historia nos distanció definitivamente y yo controlé la prensa de! país tuve empeño —alguna vez no logrado— en que no fuera objeto de ataques innecesarios que eran entonces, en aquellas circunrtancias, casi inevitablemente corrientes.

 

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