Autor: Elorriaga Fernández, Gabriel. 
   Transición o convulsión     
 
   05/10/1974.  Páginas: 1. Párrafos: 7. 

TRANSICIÓN O CONVULSIÓN

"Esta conciencia de tránsito no admite interpretarse como una cínica y perezosa decisión de "ir tirando", que considera a nuestra nación como una ínsula perfecta, en la que ninguna modificación es precisa y desde donde se hacen ciertos gestos Insinceros para cubrir las apariencias o -justificarse cara al exterior".

EL término transición, aplicado al devenir político, TÍO sólo se utiliza en su sentido estricto de paso de un modo de ser o estar a otro en el que- concurren circunstancias diferentes, sino como antítesis del término convulsión, en el que el cambio va acompañado de una agitación violenta que trastorna ía normalidad de Ja vida colectiva. Por ello, en ila actualidad española, aquellos que ponen acento en el carácter transicional del momento no sólo ´lo hacen como aceptación de las convenientes transformaciones de la época, sino como rechazo de la vía convulsiva para realizar estas transformaciones. Se trata de una actitud, por tanto, reformadora en el fondo y conservadora en la forma.

Responde esta actitud, con apreciable fidelidad, al sentimiento popular que se manifiesta, reiteradamente, conservador de los principios e Instituciones que garantizan una convivencia pacífica, a la vez que mayoritariamente convencido de que aquí tienen que cambiar muchas cosas: unas, por imperativo histórico y ley de vida; otras, por razones morales, sociales, económicas y de política, tanto nacional como internacional.

Dificultan el fecundo contenido cívico de esta actitud las acciones incontroladas que se producen en los extremos minoritarios, pero notorios, del panorama nacional. Extremos caracterizados, a 4a izquierda, por su proclividad a la convulsión y, a la derecha, por su obstinado entorpecimiento a la transición. El porqué consideramos notorios a estos extremismos asta en que sus actuaciones repercuten, por acción o por reacción, en un ambiente excesivamente vacío y desarmado políticamente, en el que la opinión sana del país tiene muy precarias posibilidades de hacer sentir su peso auténtico. Esta situación hace posible la viabilidad de las actuaciones de preparación sombría, no contrapesada públicamente, que se producen sin buscar un respaldo popular, sino como simple manifestación de pasiones personales que pueden llegar, en algún caso, a sangrientas explosiones de odio y, en otros, a irracionales intentos de sabotajes de cámara al proceso evolutivo.

En cualquier caso, ambas microtendenoias campan en el terreno convulsivo: bien por intentar promoverlo como método, bien por atentar el •represamiento de la dinámica política, con tal rigidez y angostura que sólo las líneas radicales aparecerían como opciones aptas para poder impulsar cualquier integración, novedad o adaptación al curso de los tiempos. De ahí que, tanto e! inmovilismo obscurantista como Ja agitación iconoclasta, coincidan en una antítesis subversión-antisub-versión, cuyo resultante asoma con idénticos caracteres negativos, sea cual fuere la facción que quedase arriba o abajo, en la emergencia de cualquier tipo de situación carente del apoyo popular e institucional que sólo pueden ofrecer las grandes mayorías nacionales, no alineadas ni crispadas en tan absurda -y artificial confrontación.

Conviene no olvidar que una situación política está viva en cuanto conserva Ja capacidad de transición desde sí misma, y manifiesta síntomas mortales tanto cuando se convulsiona agónicamente como cuando se inmoviliza cadavéricamente. Ni unos ni otros síntomas son. compatibles con Ja realidad de España como «Developing Nation», que es el fruto más valioso obtenido por el esfuerzo de nuestro pueblo en los últimos lustros. Pero tampoco son compatibles con lo que el profesor Fernández-Carvajal, en su estudio «La Constitución Española», definió, certeramente, como «la conciencia de tránsito y de adaptación progresiva con la que el Régimen español ha vivido y sigue aún viviendo».

Esta conciencia de tránsito no admite interpretarse como una cínica y perezosa decisión de «ir tirando» que considera a nuestra nación como una ínsula perfecta en la que ninguna modificación es precisa y desde donde se hacen ciertos gestos insinceros para cubrir las apariencias´ o justificarse cara ´al exterior.

Esta interpretación es fruto de una mala conciencia que, desgraciadamente, convive con otras formas de corrupción.

La realidad es que el tránsito es una operación precisa que, en palabras del citado catedrático, consiste en «crear vehículos institucionales capaces de recorrer el difícil trayecto que va del pluralismo caótico al pluralismo ordenado». Entre el pluralismo caótico, que llegó a hacerse convulsivo en los años treinta, y ía esperanza- de un natural pluralismo ordenado, páratelo a un desarrollo social y económico capaz de sustentarlo proporcionadamente, se han producido unas etapas que no pueden desconocerse en su lógica graduación histórica: ia previa dictadura militar impuesta por un estado de guerra; la-posterior recluta de una colaboración civil revestida mtméticamente de los signos externos del partido único, pero procedente de una concentración os origen pluralista; la inmediata iniciación de una línea más orientada hacia el corporativismo que al totalitarismo pleno; la incorporación de la democracia como meta ideológica, si bien adjetivada como orgánica; la extinción de tos modales de partido único por los hábitos de un «Movimiento», basado más en un asentimiento matizado que en una militancia uniforme; la asignación a dicho Movimiento de una misión estimulante dé >la «concurrencia» de criterios; la objetivación del eje del Estado, en base a la -institución tradicional de la Corona; ´la liberalización de la Prensa y la extinción del dirigismo cultural y económico; al intento, en curso, de articular, junto a la representación orgánica de intereses, un campo para el «contraste de pareceres», basado en el ejercicio del derecho humano o la asociación política. Esta sucesión de etapas, que podrían detallarse o completarse con más detenimiento, son Ja autorizada verdad y la única línea ortodoxa del Régimen, respaldada por las correspondientes proclamaciones teóricas; pero, sobre todo, por el lenguaje de su realidad.

Frente a esta «conciencia de tránsito» y a su aplicación, las mentes convulsivas siguen pensando ancladas en una lejana contienda, basada en el caos creado por la convulsión. Para ellos la guerra no ha terminado y, por tanto, el pueblo español ha fracasado en el intento de relanzar una convivencia democrática pacífica y ordenada. Para silos la escisión fratricida en dos totalitarismos opuestos sigue en pie, enfrentado a reacción y revolución en una inacabable tragedia. Que el pueblo los olvide y Dios tos perdone.

Gabriel ELORRIAGA

 

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