Autor: Elorriaga Fernández, Gabriel. 
   Concentración nacional     
 
   31/10/1974.  Páginas: 1. Párrafos: 11. 

"La convocatoria a la moderación, al centro nacional, a la apertura hacia una evolución con estabilizadores, no es otra cosa que la necesidad de una concentración de cuanto el país tiene de sano,, para afrontar Juntos y sin apuntarse prematuramente a una polarización partidista extremada, un tránsito que se percibe no exento de numerosas dificultades."

HAY conceptos al uso que circulan con una descuidada imprecisión. Por ejemplo, centro, moderación, apertura. Generalmente, una buena voluntad se transparenta en el talante de quienes los frecuentan. Otros de no tan buena voluntad o de temperamentos de «rompe y rasga-, por simple error las más veces, alguna -por falacia, se dedican a distorsionar estos conceptos de los puntos de referencia con que se relacionan; es decir, con los problemas de fa realidad política española presente, que no son escasos, para situarlos en terrenos diferentes, en los que pueda ser fácil desnaturalizarlos o ridiculizarlos. Terrenos en que es posible confundir a centro con oportunismo, a moderación con tibieza, a apertura con «destape», etc., etc.

Tras la frivolidad de esta dialéctica, asoma una falta de rigor político que merece superarse.

Esta falta de rigor consiste en dar un matiz ideológico a virtudes humanas y sociales que son independientes de tales matices y en comparar y calificar las posiciones condicionadas en que va perfilándose, laboriosa y dificultosamente, la opinión española, a través de analogías con lo que puedan significar parecidas palabras en el seno de ajenos o antiguos juegos parlamentarios o vicisitudes de democracias extranjeras consolidadas.

En lo que se refiere al matiz ideológico, hay quienes, siendo más de derechas que San Isidro, se atreven a Insinuar que quienes proponen moderación o equidistancia del Poder constituido lo hacen para favorecer pretensiones oligárquicas de una hipotética burguesía capitalista, agazapada tras enigmáticas carátulas liberales, ^olvidando que por razones históricas que ño precisan demostración llevamos muchos años en que, como la Torre de Pisa, la situación política ha estado inclinándose gradualmente en una dirección que, de tan diestra, puede ir haciéndose inestable como no venga un «Pernales» .a recuperar las bases de .apoyo que garantizan un equilibrio social. Por tanto, nadie en "sus cabales puede pensar que «moderarse», «abrirse» o «centrarse» sea favorecer a una derecha más «derecha» que la que entre nosotros se lleva.

Cuando, en el mundo en que vivimos, se habla de estadistas en posiciones de moderación o de centro, todos entendemos que se trata de ´políticos que tratan de actuar con templanza. La mayoría de los hombres que gobiernan son^ hoy, de esta naturaleza, dentro de sus circunstancias ideológicas concretas. Tal centro es Giscard, como opción entre los viejos gaullistas y el comunismo, como Breznef, entre el viejo estalinismo y los nuevos intelectuales soviéticos, o Wilson entre los conservadores, los líderes sindicales más duros del laborismo y no digamos los extremismos extramuros de los partidos clásicos.

No se piensa que un talante centrista equivalga a lo que, en el abanico de un parlamentarismo de «belle epoque», pueda haber sido un «partido centrista» que generalmente definió a unas posiciones minoritarias, como los radicalismos o los republicanismos históricos, que eran «centro»; generalmente, en relación al juego, entre dos grandes bloques partidistas: uno en el Poder y otro en la oposición, entre los que se conformaban con arbitrar. Era un «centro» dentro de un esquema parlamentario y, hoy, casi todas las configuraciones de Estado fian de contar con factores de opinión y de Poder extraparlamentarios.

En consecuencia, cuando en la España contemporánea se habla de «centro», la referencia correcta es a un centro nacional, no al centro parlamentario de un Parlamento que, como tal, no existe con sus características tradicionales, ni mucho menos a un centro de partidos que tampoco tienen existencia formal. Es un centro de régimen, un centro de convivencia, un propósito de ampliación y concentración de fuerzas coincidentes en el ´repudio a los extremismos que se autoexcluyen, en beneficio de la gran opinión popular deseosa de entenderse en torno a unos anhelos de evolución perfectiva, sin traumas; de paz civil, sin uniformismos artificiales; de progreso y libertad, sin bandazos. Quienes así piensan, ni tienen por´ lo más remoto, el propósito de afiliarse en el futuro a nada que se parezca a los viejos partidos centristas parlamentarios, ni renuncian a sentirse cada cual libre de inclinarse hacia lo q´úe llaman derecha o a lo que llaman izquierda, si las circunstancias y los problemas concretos que se planteen, en un futuro campo más abierto al «contraste de pareceres», permiten las definiciones personales y colectivas que habrán de emanar de la conciencia social de cada uno. El logro de un campo más holgado para la participación política no -tiene por qué favorecer, precisamente, a los intereses de una oligarquía derechista, sino a una mayor presencia de la autenticidad popular, del mismo modo que es difícil comprender de dónde sacan algunos la tesis de que una rigidez autoritaria más estricta vaya a ser propicia, por sí misma, a una política social espontánea.

La vía del «centro», hoy, es e! enfoque moderado y consciente —y sin excesivas predeterminaciones— del problema concreto que los españoles tienen entre las manos. Problema que no podrá resolverse, en justicia, con la apelación a la autenticidad de una izquierda proscrita, desde una derecha instalada. No es de recibo, aunque lo predique desde Portugal el muy dudoso magisterio político de Spínola, el que la solución sea «organizar la derecha a tiempo». Porque este pensamiento lleva implícito el mal disimulado -propósito de que esta «organización» garantice la vigencia absoluta y permanente de tal derecha, a la que no le cabe en la cabeza que el Estado pueda caer en otras manos, como allí sucedió y aquí trataría de evitarse por tan parcial procedimiento. No se trata de organizar la derecha, ni de desarticular la izquierda; se trata de organizar a todo el pueblo español, de sacarlo de su atonía y vertebrarlo de forma que pueda señorear su propio destino.

No hay que perder nunca de vista de dónde partimos y en qué situación estamos. Y desde este punto de partida actual, el esquema derecha-izquierda es hipotético, su futuro equilibrio dudoso y la adscripción al mismo del sentimiento nacional se manifiesta inhibida, recelosa y escéptica.

La convocatoria a la moderación, al centro nacional, a la apertura hacia una evolución con estabilizadores no es otra cosa que la necesidad de una concentración de cuanto el -país tiene de sano, para afrontar juntos y sin apuntarse prematuramente a una polarización partidista extremada, un tránsito que se percibe no exento de dificultades.

En este tipo de coyunturas en que, como dijo el profesor Fueyo, «el tiempo nos devora», es siempre preciso sumar y no restar, sacrificar diferencias, aplazar confrontaciones, abandonar radicalismos y parcialidades insolidarias y proyectar el máximo de energías en la construcción de la estructura convivencia! básica que el patriotismo nos recomienda, y dentro de cuyo trazado habrá tiempo para perfilar las definiciones que el futuro permita y aconseje.

Es, por tanto, la hora de una convocatoria amplia, -desde el centro popular, desde el centro del Estado, desde el centro de las instituciones. Desde una posición capaz, como su propio nombre indica, de actuar como eje de una generosa concentración nacional, capaz de reflejarse en los organismos de gobierno, de obtener una sólida base de opinión y de ambientar, desde un acuerdo nacional decidido, la arrancada de la nueva Monaquía española.

Esta convocatoria exige proclamarse desde expectativas de sinceridad, de energía Impulsadora, de eficacia realizadora, de altura de visión. Nuestra jaula de grillos parece sonar, a veces, demasiado desafinada para tal empresa. Pero hemos de esperar que las circunstancias próximas tengan la fuerza de convicción suficiente para que los españoles sepamos, en el momento oportuno, dónde están el tono y el prestigio suficientes para que una concentración nacional, solvente y representativa, se orqueste de tal forma que una razonada armonía se eleve sobre estridencias que no tienen otra caja de resonancia que la que le proporcionan el vacío formado por ciertos espacios políticos despoblados y ciertas ausencias notables.

Gabriel ELORRIAGA

 

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