Autor: Elorriaga Fernández, Gabriel. 
   No basta organizar la derecha     
 
 ABC.    16/05/1975.  Páginas: 1. Párrafos: 7. 

NO BASTA ORGANIZAR LA DERECHA

EN estos tiempos en que algunos tratan de hacer apresuradamente lo que descuidaron más tiempo del -debido —una imagen política ligeramente contestataria, aquellos cuya aburrida carrera política fue un largo «amén- una larga ineficacia, una larga incomunicación con la sociedad; un respalde- de opinión, aquellos que nunca opinaron ni escribieron, quizá por lo de «el que escribe se proscribe»; unas garantías de supervivencia pública, aquellos que se encontraban muy a gusto sin otra vida pública que las solemnidades oficiales— en estos tiempos, digo, algunos han lanzado el curioso salvavidas de «organizar la derecha».

El argumento, profusamente repetido, deslumhra de entrada. Organicemos la derecha, para defender nuestros intereses, nuestras posíciones, nuestros continuismos. La izquierda ya está organizada, clandestinamente, y se le supone, apriorfsticamente, la superfección organizativa, aunque nadie, en realidad, tenga mayor información que la que proviene de confundir los naturales conflictos sociales con una gama ideológica.

A costa de esa. hipotética organización de catacumba y otros desconcertados y arriesgados gestos de discrepancia «de aquí y de allá», unos señores muy serios, muy acomodados en la curiosa moral que inspira su falta de ecuanimidad, deciden que ha llegado la hora de «organizar la derecha», a bombo y platillo. La derecha, a ser posible más derecha todavía de U existente. La derecha con protección oficial, can caminito legal y, hasta si fuera posible, con financiación presupuestaría. Es decir, se trata de «aprovechar el tiempo», aprovechándose de las circunstancias. Se trata de agrupar las medrosidades, agrupando partes del rebaño bajo la tutela ´algún benévolo rabadán sin sentido crítico. Y se espera que, habiendo tomado esa delantera a la meta de salida de la futura gran toma de conciencia plenaria de la realidad popular, en su día, se podrá machacar todo intento de competencia, todo riesgo de

oportunidades «izquierdistas», toda tentación de cambios efectivos. Sorprende que puedan darse juntas tanta Ingenuidad y tanto egoísmo.

¿Es que no piensan, quienes así hablan o actúan, que están pretendiendo dar de lado a quien ha de consentir cualquier opción política futura ai pueblo español? ¿Quién les ha dicho que el pueblo es «la derecha» o quiere «la derecha»? La operación del momento es lograr, a toda costa, una gran participación popular sin previos adjetivos, a través de unas condiciones que se manifiesten, a la vez, no sólo válidas para una razonable igualdad de oportunidades legítimas, sino atractivas, para despertar un gran interés popular. Él matiz final está por ver y será el pueblo quien habrá de poner el acento, siempre y cuando las cosas puedan ir tan bien estabilizadas que basten para resolverlas con matices y acentos. ¿Es que no se percatan que toda pretendida «moderación» se pierde desde un inmoderado afán de ventaja? ¿Con qué cara, con qué moral, con qué vergüenza, podrán en su día relacionarse quienes se apresuren a «organizarse» minoritariamente, sin considerarse obligados a incluir en sus postulados aquello que pueda ayudar a que consigan presentarse e identificarse «los demás»? ¿Qué «moderación» puede predicarse desde una derecha preconcebida y excluyente? ¿A dónde va esa derecha sola, sin izquierda, sin centro? ¿A repartirse algunos escaños Inexpresivos en unas elecciones menores de un momento de transición? ¿A qué pactos futuros, a qué confrontaciones serias se podrá llegar desde tales precedentes?

No es lo mismo propugnar una gradual y pacífica reforma democrática que preparar, «tomando la delantera», un tapón para impedirla o condicionarla. Como muy penetrantemente afirmaba Don Juan de Borbón en las famosas declaraciones potenciadas publicitariamente por el secuestro y el «desecuestro»: «la pretensión de circunscribir la actividad política de la nueva sociedad española, con su actual mentalidad, en los límites de los sectores y personalidades que integran el régimen constituiría un evidente y trascendental «error histórico que ´España habrá de pagar muy caro».

Sin embargo, algunos, con notable frivolidad y oportunismo, no parecen reparar en la gravedad de este error. No se hacen la elemental reflexión de que no basta con «organizar la ^derecha», que lo necesario es organizar la convivencia nacional plena, con su legalidad adecuada y actualizada, con plenitud de visión, con integridad de participación popular. Y que para conseguir este propósito es necesario exigir y presionar, en nombre de todos y en beneficio de todos. Quien aproveche un estrecho portillo para colarse, adelgazando el cuerpo como un ratón, no gana posiciones, sino que pierde autoridad moral para la mayoría que no practica tan fácilmente tales gimnasias.

La mínima ética política obligaría a todos quienes se manifiestan habitualmente calificando de estrechos a ciertos cauces, a incluir la petición de su ensanchamiento en sus programas, con la debida claridad y contundencia. No se puede, después de calificar de estrecho a un portillo, utilizarlo, aceptándolo sin escrúpulos ni reservas, en beneficio propio, como si se tratase de una pillería sin trascendencia, pensando que después se podrá manipular desde dentro. La gran convocatoria que el pueblo español va a necesitar para afrontar el futuro no va a precisar probablemente, una neta definición de colores de izquierda o de derecha. Lo que va a necesitar es una neta definición de seriedad de conducta y consecuencia con las propias ¡deas, sean éstas unas u otras. No basta «organizar la derecha». Se trata de organizar al país, con todas sus aspiraciones sociales y dentro del respeto a unas normas cuya indiscutible firmeza esté ´en su capacidad para provocar un amplio y mayoritario consenso.

Gabriel ELORRIAGA

 

< Volver