Autor: Elorriaga Fernández, Gabriel. 
   La España que se mueve     
 
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LA ESPAÑA QUE SE MUEVE

EL mejor paradigma de lo que significa una mentalidad inmovilista nos le da la legendaria escena entre Galileo y sus acusadores, en la sede del Santo Oficio de Roma, llamada Santa María sobre Minerva. Allí hubo de abjurar de sus convicciones científicas, a las que había llegado por el camino de la evidencia, ante la presión de los dogmatismos que pretendían Imponer una ortodoxia inamovible e inmutable, en base a una interpretación literal y personal de antiguos textos. la tierra no había de moverse, sería el resto del universo el obligado a girar en su torno por los siglos de los siglos. Y Galileo, víctima del peso abrumador de la sapiencia autoritaria, hubo de conformarse con susurrar entre labios la célebre frase: Eppur si mouve», «sin embargo se mueve». Y, naturalmente, que se movía.

Pleito, éste, entre científicos y teólogos, de dudoso sentido práctico en aquellos días, que admitía la resignada sumisión aparente del astrónomo. No hubiera sucedido lo mismo, por supuesto, si aquellos doctos varones, vecinos de la Roma renacentista, se encontrasen en vísperas de preparar el lanzamiento de una sonda espacial. Pero, en verdad, los giros de los planetas podían -considerarse, a la luz de aquel «nezzo-glorno> romano, cuestiones de tan improbable aplicación como el sempiterno debate sobre el sexo de tos ángeles.

La ciencia tiene, sobre la política, además de la supremacía de los conocimientos absolutos, la ventaja de poder esperar. La verdad científica siempre acaba por imponerse, y admite una demostración Irrebatible.

El sabio puede consolarse en la intimidad de sus convicciones, en la comunicación con sus colegas y en la formación de sus discípulos. La ciencia se transmite, se ´desarrolla y se confirma, de generación, en generación, como una alta empresa del genio de la humanidad que vence los temporalismos. La política es el arte temporal por excelencia. El político sólo puede influir en la •convivencia de la sociedad en que está inmersa su madurez de hombre activo. Su verdad sólo puede consagrarse por el público reconocimiento de los demás. Tin político no puede resignarse a abjurar de lo evidente y murmurar, para adentro un «sin embargo se mueve» que habrán as confirmar los tiempos venideros. Filo sería el suicidio de su vocación, la renuncia a su empeño, la anulación de su personalidad. Sería convertirse en un pensador o sn un profeta. Algo así como si Galileo decidiese, al salir del Santo Oficio, dedicarse a cultivar rosas y renunciar, para siempre, a contemplar las estrellas.

Por ello, nadie que aspire a un significado ´político válido dentro de la sociedad a que pertenece, puede admitir la tesis del inmovismo, per muy severamente que le sean amonestadas por solemnes senados, afanados a una interpretación literal de supuestas ortodoxias. No es cierta la doctrina geocéntrica, capaz de mantener que España no se mueve ni se moverá, mientras el mundo, descarriado, gira a nuestro alrededor. No es cierto que la solución a los problemas de ningún pueblo esté sólo dentro de sí mismo, en unas fuentes autóctonas y permanentes, incontaminadas e inagotables, en las que basta beber para que toda sed sea infaliblemente saciada. No es cierto que todos nuestros males residan en la imperfecta aplicación de una teoría salvadora y que el único camino de superación sea intentar, una y otra vez, regresar a los orígenes imperecederos para ver de volver a empezar, lamentando lo que pudo haber sido y no fue.

Lo cierto es que España se mueve, con todos los demás pueblos, de acuerdo con el sentido de la historia del mundo. El reflejo político de este movimiento puede estar atenuado por circunstancias superficiales.

Pero, desde la espiritualidad hasta la economía, el movimiento se percibe en todos los sectores dé la vida social. La máxima justificación histórica de nuestra realidad política presente no va a ser su literatura dogmática, ni el parloteo iluminado de sus sanedrines, sino el haber hecho posible esa dinámica que. en base a una mayor riqueza, a una mayor cultura, a una mayor laboriosidad y a un mayor orden, ha potenciado una España diferente, con nuevos problemas que exigen nuevas soluciones, con nuevos modales que piden nuevos estilos y con un acercamiento. mucho mayor de lo que algunos quieren suponer, a lo que se lleva en el resto del mundo. El más importante logro de la «cirugía de hierro» a que el país ha sido sometida es la España diferente a su vieja imagen, que hoy poseemos. Pero esta diferencia que, afortunadamente, nos separa de nuestro pasado, nos acerca y nos hace menos diferentes al nivel cívico de los pueblos desarrollados, actualizándonos, en todos los órdenes, y creandc, cerno es natural, una tensión irrefrenable frente a las piezas del mecanismo convlvencial que se han quedado desfasadas.

Los inmovilistas parecen olvidar que cuando un enfermo se recupera, tras el trauma quirúrgico, lo que necesita es recuperarse, vitaminizarse y rehabilitarse y no pasarse la vida pensando en regresar al quirófano. Si el operado careciese de defensas naturales y nunca fuese capaz de desarrollar una vida´ normal, la intervención habría sido un fracaso. Quienes dicen mantener un espíritu de guerra no acrecientan la victoria de nadie, sino que subrayan un fracaso de la paz y es que, realmente, la paz, ha fracasado en su espíritu, que, por fortuna, «s el de los menos. Nadie tiene interés en que estes fracasos individuales se generalicen. Por ello, los hombres con un sentido político leal a la conveniencia del pueblo español, laboran y están obligados moralnente a continuar en su empeño, por la España que, sin embargo, se mueve, aunque en la gran familia haya algunas figuras convertidas en estatuas de sal. por empeñarse en mirar, con demasiada y morbosa insistencia, hacía los trágicos resplandores del pasado.

Gabriel ELORRIAGA

 

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