La importancia del discurso de Zaragoza     
 
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LA IMPORTANCIA DEL DISCURSO DE ZARAGOZA

A menos de una semana del reajuste ministerial, el discurso del señor Girón, en la jornada patriótica de

Zaragoza, había suscitado expectación y proporcionaba base suficiente a muchas suposiciones y a no

pocas cabalas.

De la rotunda personalidad política del orador, de su bien definida posición ideológica, de las nutridas

adhesiones que mantiene, se esperaba una intervención polémica, cualquiera que fuese, en este acto, la

orientación marcada por sus palabras.

¿Ha respondido el discurso a la expectación despertada? Ni el reconocimiento de la imposibilidad que

tiene el pasado para ser presente o ser futuro, ni la condenación del signo creciente de las actividades

subversivas, n¡ la aspiración a una democracia «libre», ni el acuerdo en el mantenimiento de la autoridad,

como fundamento de la paz, de la libertad, del orden y del progreso, expresan, en estos momentos, una

posición que aporte mucha novedad a la genérica preocupación política del país.

Tampoco, analizados estos conceptos desde otro punto de vista, difieren en nada esencial de la

permanente definición política del 12 de febrero; pauta a la que siguen fieles las diversas combinaciones

ministeriales presididas por el señor Arias Navarro.

El resto del discurso —sorprendentemente breve— trenza y destrenza esa peculiar retórica que establece

primero la hipótesis de actitudes indeseables para retirarlas, luego, con afirmaciones plenas de nobleza y

buenos deseos hacia la comunidad social y hacia la nación.

Todos queremos —¿quién lo duda?— ser leales al pueblo y lograr para él una paz duradera y un

continuado progreso. Todos tratamos de movernos con un norte de bien común que nos aparte de

singulares intereses egoístas. Nadie confesará que actúa en búsqueda de situaciones privilegiadas, ni en

favor de inadmisibles inmovilísmos. Todos esperamos y procuramos reforzar, desde la particular parcela

de actuación de cada uno, el necesario perfeccionamiento político del Régimen por una evolución

constructiva que abra auténticamente sus cauces de participación.

Tampoco por aquí, al filo de estas ideas generales, se descubren o atisban afirmaciones sensacionales en

el discurso de Zaragoza., cuya novedad más destacable resulta ser, precisamente, la carencia de aristas

críticas, de acentos impugnadores.

La nota de serenidad es muy significativa, en esta ocasión, porque revela que algo se ha movido,, algo ha

cambiado, desde que el mismo orador pronunció otro aún reciente y muy sonado discurso.

Ahora no aparece rastro ni queda huella de afirmaciones que pudieran ser inoportuna» o - interpretarse

como obstáculos a la gestión gobernante.

El sentido de la prudencia, sentido clave que poseen los políticos experimentados, parece haber

aconsejado al señor Girón una alocución pública construida con meditada templanza e "inspirada, de

principio a fin, en una ejemplar actitud de contemplación de la política del Gobierno, sin negarle las

adhesiones y apoyos a que obligan principios comunes y sin renunciar, tampoco, a las críticas que su

labor merezca.

A cambio de sensacionalismos intempestivos —máxime cuando el • Gobierno necesita tranquila

observación—, el discurso de Zaragoza tiene la importancia política indudable de su equilibrio y de su

serenidad. La importancia de su aparente falta de importancia.

 

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