Autor: Fernández de la Mora y Mon, Gonzalo. 
   Demasiada fantasía     
 
 ABC.     Páginas: 1. Párrafos: 5. 

DEMASIADA FANTASÍA

A NTONIO Bueno Vallejo, -que es uno de nuestros mejores dramaturgos, con piezas en su haber tan

excelentes como "Historia de una escalera" y "Ardiente oscuridad", acaba de estrenar "Las meninas",

sobre el gran escenario nacional del teatro Español. Desde el punto de vista estrictamente literario, la

nueva comedia—y siento disentir de algún crítico—me parece de las menos afortunadas de Buero, hasta

el punto de que en una jerarquización estética de sus obras tendría que situarla acaso en el penúltimo

lugar. Pero no es esto lo inquietante, ni lo que ahora me importa. En "Las meninas", la acción está llevada

no por personajes imaginarios, sino por figuras históricas de la talla de Felipe IV," soberano que fue de

medio mundo,. y de Velázquéz, gran señor de la pintura universal. Y la reconstrucción que Buero nos

brinda de don Diego, por ejemplo, es absolutamente inadmisible a causa de su radical y palmaria

inautenticidad, tanto que no hay palinodia prologal o epilogal que pueda remediarla.

Todo español medianamente culto sabe que Velazquez quiso ser, y fue, durante toda su vida un

disciplinado y perfecto cortesano. Desde su mocedad vivió bajo la protección de los Grandes, habitó en el

Palacio Real y allí desempeñó los más variados empleos palatinos, desde Ujier de Cámara en 1627, hasta

aposentador en 1652, pasando por alguacil de Casa y Corte, escribano, veedor y contador de la pieza

ochavada, comisario en Italia para la compra de lienzos, asistente para obras extraordinarias, inspector de

edificaciones y administrador de la galería real. Le llovieron de manos de Felipe IV los empleos, las

prebendas y las sinecuras. De los 131 óleos de Velazquez que figuran en el inventario de Gaya, 75 son

retratos de personajes de la Corte, en su mayoría de los Austrias. Y el sueño dorado de don Diego fue

alcanzar la venera de la Orden Militar de Santiago. Para realizarlo no escatimó sacrificios, incluso llegó a

negar su profesión de pintor, oficio tenido por villano, y en el proceso que se instruyó al efecto, decenas

de testigos—Alonso Cano, entre, otros—declararon, a petición de Velazquez, que pintaba por diversión y

gracia. Aun así, ante la imposibilidad de probar la nobleza de sus antepasados, hubo de solicitar dispensa

al Papa. Imbuido de esta ingenua pretensión aristocrática, don Diego rechazó el regalo con que Inocencio

X pretendía remunerarle por un retrato. Si hubiese que calificar socialmente a don Diego habría que

afirmar que fue un modesto hidalgo con ínfulas nobiliarias, ocupado sin descansó en quehaceres

palaciegos. No hay en su vida el menor síntoma de rebeldía ni frente -a la realeza, ni frente a la minoría

dirigente de la sangre, ni frente al clero, ni frente a los valores históricos y morales de la sociedad en que

vivió. Antes al contrario, sus principales ambiciones corroboran su aceptación de los más discutibles

prejuicios de la época. Por no perderse la boda de la infanta María Teresa´ con Luis XIV se trasladó, viejo

y enfermo, hasta la Isla denlos Faisanes, lo que aceleró el fin "de su´ vida. En estas decisiones influyó, sin

duda, de modo especialísimo, su orgullo de criado del, Rey y su agradecimiento y devoción personal

hacia Felipe IV, a quien magnificó con insobornable adhesión, imposible de fingir, en sus sobrecogedores

retratos. Pero si en alguna mala tentación de artista cayó Velazquez no fue en el torvo resentimiento, sino

en el inofensivo esnobismo social.

Pues bien, Buero Vallejo fos presenta un Velazquez con acusados rasgos de demagogo, que desprecia el

honor de ser caballero santiaguista, que se constituye en tribuno de la plebe, .que elige sus amistades entre

los mendigos, que vive huraña y sobriamente encerrado en- su taller y que, airado y rebelde, resentido e

ingrato, se enfrenta con los´nobles, los inquisidores y con el propio Rey, entre otras cosas para

convencerles, cuando hace ya siglo y medio que se ha pintado la Capilla Sixtina, de que el desnudo no ,es

inmoral. Buero pone en boca de un Velazquez perseguido y denostado nada menos que por su regio y

generoso protector, encendidos alegatos contra los impuestos* contra el Poder, contra los oficiales de

Flandes y contra los prejuicios beatos, que recuerdan extraordinariamente a los tópicos decimononos que

los libretistas del "Risorgimento" hacían cantar a los barítonos. De vez en cuan´do, el ´Velazquez _de

Buero se vuelve hacia las candilejas y, con muy dudoso gusto declamatorio, deletrea enfáticamente frases

de elección municipal o sentencias de patriotismo amargo con purísimo sabor noventayochista. Cito de

memoria: "los españoles nos conformamos con, palabras", "no es fácil librarse de España", "el león

español es un perro" (el de "Las meninas"). También hay condenaciones de la guerra, alusiones a la

sangre popular derramada y, excepcionalmente—esta ya es harina de otro costal—una imprecación a la

que parte del público atribuyó velada significación ofensiva.

De esta visión de España, a veces negra, a veces de Alejandro Dümas, y de la ideología un tanto barata y

trasnochada que Buero presta a sus protagonistas, no habría por qué ocuparse si las formularan personajes

imaginarios. Pero ¿es. lícito, atribuirlas a.figuras históricas de tal envergadura? ¿Cabe aplicar a un arte

nobilísimo las corruptelas, ya cómicas, de los guionistas de Hollywood? ¿Qué pensaría Buero si un .autor

catequístico nos presentara sobre las tablas de un teatro a Carlos Marx predicando la devoción de las

novenas a Santa Rita y otras prácticas piadosas para edificación del buen público madrileño?

¿Consideraría lícito que se sacara a Goya por -las bambalinas para condenar a los afrancesados, dar vivas

entusiastas a Fernando VII, defender a Picasso y extasiarse, cuando ya estaba completamente sordo, ante

la música dodecafónica? Evidentemente, no.

Si con ocasión del tricentenario, Diego Velázquéz levantara la cabeza y,se viera convertido sobre el

escenario de nuestro gran teatro nacional en un pequeño revolucionario de 1848 con sus toques de

puritanismo, él, creador de la "Rendición de Bredá", con sus firmes convicciones de español del Imperio,

pediría, con sobrada razón, muchas explicaciones. No; no se le puede hacer esto a uno de nuestros "alores

más cenitales. Y menos todavía en este redondo y pitagórico aniversario. Yo, que para gloria de nuestro

entrañable país y de la literatura universal deseo fervientemente que el nombre de Buero sea un día tan

grande en el teatro como el de Velazquez en la pintura, pido encarecidamente a los hombres de pluma

venideros-qué no incurran por momentáneas conveniencias dramáticas en la ligereza de presentar a

nuestro autor como lo que no es, que no lo tergiversen y falsifiquen, sino que lo dibujen con su vero

perfil. Y si hubiera que permitirles alguna licencia poética, por aquello de que "favorabilia súnt

atnplianda", yo aceptaría sin esfuerzo .que se olvidaran de esta —valga el eufemismo"fantasía"

velazqueña. Pero no más.

Gonzalo FERNANDEZ DE LA MORA

 

< Volver