Autor: ;Rábago García, Andrés (EL ROTO) (UBÚ). 
   El honor del pueblo vasco     
 
 Diario 16.    08/11/1980.  Páginas: 1. Párrafos: 10. 

JOSÉ MIGUEL DE AZAOLA

El honor del pueblo vasco

Sólo un impetuoso movimiento de la sociedad vasca, de una gran masa de vascos unánimes y unidos, puede salvar el «estado de cosas» al que se ha referido Garaicoechea.

Entre las reacciones provocadas por el asesinato del dirigente de la UCD guipuzcoana Juan de Dios Doval, quiero fijarme hoy en dos: el mensaje televisado del presidente Garaicoechea y la manifestación del domingo en San Sebastián.

El éxito de esta última debe ser valorado teniendo en cuenta las circunstancias: escasez de tiempo para organizaría, hostilidad de los elementos que, hasta ahora, han campado por sus respetos en las calles donostiarras y, sobre todo, el hecho de constituir el primer acto, sin precedente alguno, de una campaña unitaria contra el terrorismo. La manifestación solamente adquirirá todo su valor si sirve de verdad para que, a partir de ella, la campaña unitaria se desarrolle y se afirme en las semanas y los meses venideros.

En cuanto al mensaje de Garaicoechea, admirable por su firmeza, hay que destacar que sus palabras constituyen —a través de la alusión al caso individual del dirigente ucedista asesinado— la denuncia clara de una situación general, pues no otra cosa significa la mención repetida del «estado de cosas»: denuncia de un conjunto de fenómenos que caracterizan hoy al país vasco y lo han sumido en su actual postración moral y material: una postración —añadiré— que no había sido tan profunda desde los dolorosísimos días de nuestra guerra civil.

Impetuoso movimiento

El desastroso deslizamiento, cada vez más rápido, hacia el* fondo del abismo, sólo puede corregirse si

surge del seno del pueblo vasco un impetuoso movimiento, pero no pasajero, sino tenazmente sostenido, de reacción, de protesta y de regeneración. No saldremos de la ruina económica mientras no hayamos salido de la ruina moral. Y no saldremos de la ruina moral si no logran movilizar la sociedad vasca una gran masa de vascos unánimes y resueltamente unidos, y no sólo sectores más o menos numerosos pero incapaces de vibrar y de obrar a una, empujados por una formidable sacudida de rechazo del actual «estado de cosas», por un decidido impulso superador de la miserable situación en que estamos sumidos. Y ello por encima de las diferencias sociales, de las discrepancias políticas y de los cálculos oportunistas; por encima del apasionamiento de unos y el desencanto, el amedrentamiento o el hastío de tantos otros que se sienten defraudados, incomprendidos o impotentes, cuando no acosados.

Para los miembros de nuestra clase política, sonó hace tiempo la hora de la verdad. Sus campanadas, que no han cesado, son hoy más trágicamente apremiantes que nunca. Y se equivocarían aquellos que, deseando en su fuero interno provocar y mantener el gran sobresalto salvador, se resistiesen a hacerlo por mezquinos cálculos estratégicos.

Del PNV al abstencionismo

Se equivocaría el PNV si temiese que, luchando abiertamente contra el terrorismo en alianza estrecha con las fuerzas españolistas sufrirá un perjuicio al perder la tibia simpatía de ciertos sectores a los que les falta poco para inclinarse francamente del lado del fascismo vasquista simpatizante con ETA. Muchos miles de ciudadanos que le dieron sus votos por considerarlo un mal menor o por pensar en él como única opción eficaz frente a los radicalismos, podrían engrosar la próxima vez —si, por ventura, vuelve a

haber elecciones ubres— las filas del abstencionismo, o votar a favor de cualquier otra fuerza política moderada.

Se equivocarían el presidente Suárez y sus consejeros, si aquél continuase sin atreverse a pisar tierra vasca, ni siquiera para dar el último adiós a los dirigentes de su partido caídos bajo las balas asesinas. Los vascos que aún confían en la UCD acabarán repudiando un partido que, siendo responsable de la gobernación del país, lo es de la consternadora y escandalosa ausencia de toda autoridad, que se da hoy en tantos lugares de Vasconia.

Se equivocarían los dirigentes del PSOE y del PC si los retuviese el miedo a perder el apoyo de quienes se encrespen al verlos ir del brazo de centristas y derechistas. ¿No temen, acaso, perder el de otros simpatizantes que ven horrorizados cómo avanza, del brazo del caos provocado por el terrorismo, la miseria que es fruto del paro creciente y de la inseguridad ciudadana?

Se equivocarían las cabezas visibles de Alianza Popular si temieran enajenarse, al alinearse en un mismo frente con las izquierdas y el PNV, las simpatías de quienes sólo confían ya en un golpe de fuerza de inspiración reaccionaria. Peor sería, para ellas, hundir definitivamente en el desánimo a aquellos conservadores que aún confían en la acción política dentro del marco legal.

Salvar el honor de un pueblo amenazado

Y todos se equivocarían si no viesen que, frente al crimen desatado y a la degradación colectiva, resulta bochornoso obrar atendiendo primordialmente a cálculos electorales, a estrategias de partido y a tácticas demagógicas. Si nuestra clase política no sabe superar los oportunismos y las rivalidades, y unirse y mantenerse unida para reaccionar con gallardía, firme y valientemente, contra el asesinato sistemático y la desmoralización general, estará firmando su propia sentencia de muerte: una muerte merecida, que nadie lamentará. Pues, en la medida (nada despreciable) en que su ejemplo será decisivo, esa clase lleva hoy sobre sus hombros la responsabilidad de salvar o de dejar que perezca el régimen democrático, la convivencia ciudadana, el derecho básico de la gente a vivir en paz y, para decirlo todo, el honor de un pueblo amenazado por la vergüenza de tener que doblar el espinazo ante una minoría de fanáticos desaunados.

 

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