Autor: Ramírez, Pedro J.. 
   Encrucijada vasca     
 
 Diario 16.    13/10/1980.  Páginas: 1. Párrafos: 22. 

PEDRO J. RAMÍREZ

Encrucijada vasca

SEGÚN confiesa a sus amigos, Marcelino Oreja ha aceptado el cargo de supergobernador del País Vasco, «por España y por el Rey». También por un cierto sentido de la predestinación, activado quizá por la figura más dominante de su entorno familiar. No en vano ha surgido súbitamente de algún legajo olvidado, el texto del discurso pronunciado hace casi cincuenta años —julio del 31— por su padre, el tradicionalista Marcelino Oreja Elósegui, ante los diputados vascos en las Cortes Constituyentes, reunidos en Guernica.

El discurso, uno de los más vibrantes de la época, es una encendida defensa de la identidad de Euskalherría, dentro del friso de realidades que forman España. Frente al centralismo y al separatismo, Oreja Elósegui exalta «esta corriente salvadora vasquista o fuerista que no solamente habla de unión, sino que une los corazones e identifica los entendimientos y es como una corriente pujante que todo lo inunda porque llega al pueblo».

El fundamento de este enfoque, compartido entonces y ahora por importantes sectores de la burguesía vascongada, radica «no en el sufragio universal, que es variable con la libertad de los hombres, sino en el sufragio de la tradición, que es el sufragio universal de los siglos».

Bastante más que un asunto de gañanes

¿Pero todavía a vueltas con el foralismo? ¿Aún la polémica sobre los derechos históricos? Comprendo que esta línea de análisis irrite a quienes dan por sentado que el Estatuto de Guernica resuelve el espinoso asunto de la soberanía vasca, cuando en realidad sólo lo soslaya, pero entramos en unos meses cruciales en los que más allá de prejuicios y tabúes, resulta imprescindible acertar.

Perseverar en la táctica de apurar los plazos, antes de transigir en concesiones en las que no se cree, sería continuar empedrando el camino hacia el irreversible desastre. O la situación vasca empieza a enderezarse en los próximos´ seis meses, o más valdrá ir haciéndose a la idea de un desenlace traumático y sangriento.

Con la perspectiva de los dos años transcurridos se aprecia ya diáfanamente la garrafal equivocación de Fernando Abril al cerrar toda posibilidad de que la Constitución reconociera, a través de la famosa Disposición Adicional, algunos elementos de soberanía originaria en los fueros vascos revestidos con el ornato de la «unión en la Corona».

Con algunas excepciones, tan contadas como notables —léase Miguel Herrero, léase Joaquín Garrigues—, todos los dirigentes del poder y la oposición aunaron sus voces para etiquetar el foralismo de doctrina obsoleta y asunto de gañanes. Personajes como Ricardo de la Cierva pusieron el grito en el cielo cuando el grupo Publius sugirió la rápida puesta en funcionamiento de una comisión regia encargada de «insinuar» a los poderes públicos fórmulas de consenso para el contencioso euskaldún.

A estas alturas del proceso hace falta, estar ciego de remate para no darse cuenta de que tan importante o más que el propio contenido del pacto alcanzado es, para un pueblo orgulloso y sentimental como el vasco, la forma de su aplicación. Siendo muy grave el retraso de casi un año en el inicio efectivo de las transferencias al Gobierno autónomo, muchísimo más grave es aún que Don Juan Carlos vaya a cumplir el quinto aniversario de su reinado sin haber pisado el Señorío de Vizcaya, ni haber jurado sus fueros. Cualquiera que siga mis análisis semanales sabrá del enorme recelo que me inspira la figura de Xabier Arzalluz, en tanto que cómplice de una descarada operación «entrista» de la izquierda abertzale en el PNV, que afecta incluso a la propia patronal vizcaína. Tengo que decir, sin embargo, que su lamentación de hace unos días sobre la escasa utilización de las capacidades pacificadoras de la institución monárquica, me pareció legitima y acertada.

«¿Y el Rey? ¿Qué piensa el Rey?»

Visité el País Vasco durante el verano del año pasado, muy pocos días después de que la Comisión Constitucional diera el visto bueno, tras las maratonianas reuniones nocturnas de la Moncloa, al proyecto de Estatuto y recuerdo perfectamente cómo existía la percepción de que el verdadero artífice del pacto había sido Don Juan Carlos. «Muchas veces nos hemos preguntado por aquí: ¿Y el Rey? ¿Qué hace el Rey? ¿Qué quiere el Rey? ¿Qué piensa el Rey?», me confesó Antón Ormaza, todavía presidente del Bizkai Buru Batzar.

Si el Rey no ha estado en Euskadi no ha sido por falta de ganas, sino por exceso de consejos gubernamentales contrarios a la idea. La crispación con que Adolfo Suárez y algunos de sus ministros han venido planteándose cualquier viaje propio o ajeno al País Vasco ha sido uno de los factores psicológicos que han incidido de manera más negativa en la configuración del clima moral en esa parte del Estado.

Cuando el presidente entiende que hacer campaña electoral en Bilbao significa recorrer al galope ciento cincuenta metros de una calle cerrada al tráfico y cuando el secretario de Estado para la Información aterriza disfrazado de «hombre de Harrelson» con chaleco antibalas y todo, es lógico que no se encuentren ni jueces ni funcionarios dispuestos a representar allí a la Administración Central.

Por contraste, el gran reto que se le plantea a Marcelino Oreja es el de hacer de su presencia en Vitoria un elemento de normalidad institucional, de forma que el ejemplo cunda en ios niveles inferiores. Eso era algo fuera del alcance del general Santa María, por su condición de militar y por las circunstancias de su nombramiento. Ahora que su cese como Delegado Especial es cuestión de días, es preciso dejar constancia, por cierto, de la habilidad con que ha desempeñado el cargo.

A pesar de que Suárez piense que no ha obtenido los resultados que cabía esperar en el frente de la lucha antiterrorista y a pesar de que el propio general se queje de no haber recibido el apoyo inicialmente prometido, el balance de su gestión aparece como positivo con sólo imaginar el rumbo que podían haber tomado las cosas de no haber operado su mano de hierro con guante de seda.

Contra los comandos de información

Si en las más altas instancias de la Seguridad del Estado existe una clara conciencia de encrucijada con relación al drama vasco, es porque al fin están entrando en juego los dispositivos políticos y policiales más adecuados desde una perspectiva democrática. En el primero de estos ámbitos no queda más salida sino la de apostar por una sincera transferencia de responsabilidades al Gobierno peneuvista, ahondando en la concepción de que las administraciones autonómicas son parte integrante de la maquinaria del Estado.

En el plano antiterrorista Rosón parece haber llegado a la correcta convicción de que la clave para una estrategia a medio plazo consiste en ir desarticulando la infraestructura de comandos de información sobre la que opera ETA.

Atrapar a un comando ejecutor en el momento en que comete un atentado o durante su huida es prácticamente! imposible y jugar a fondo esa baza significa de hecho entregarse en brazos de la suerte. A pesar de que entre las prioridades del ministro Pérez-Llorca esté la negociación de un rígido tratado bilateral de extradición y a pesar de que la disposición de París al respecto parezca buena, el «santuario francés» continuará siendo ¡ durante bastante tiempo garantía de impunidad para los autores materiales de estos delitos.

Pero si no se les puede capturar, sí que se les puede cortar el suministro de algo para ellos esencialmente preciado: la información. Las detenciones de los últimos días y el acoso a Herri Batasuna van en esta dirección y son los primeros frutos del masivo traslado al País Vasco, hace poco más de un mes, de la mayor parte de los hombres de la Brigada Central que manda el comisario Ballesteros. En ellos ha encontrado el general Santa María su principal apoyo, después de chocar con algunos mandos de la Guardia Civil más obsesionados por el análisis político del asunto —cualquiera puede imaginarse en qué línea— que por la eficacia de sus cometidos profesionales.

Dos boxeadores en busca de ring

La profunda crisis de Herri Batasuna y el distanciamiento de Euskadiko Ezkerra con respecto a los «polimilis» son indicios alentadores de que podemos estar en puertas de todo un replanteamiento déla relación entre lucha armada y acción política, por parte de la izquierda «abertzale». Poco importa que del País Vasco lleguen noticias solventes que ponen en duda la sinceridad de las declaraciones de Onaindía, situándolas en el contexto de un simple viraje táctico, pactado con los propios «poli-milis». Lo de menos son los móviles, cuando las consecuencias pasan por un progresivo aislamiento de los paranoicos arcángeles de la metralleta. Por muy astuta que sea esta maniobra, a la que no pueden ser ajenos ni algunos sectores eurocomunistas ni los núcleos prosoviéticos que operan dentro del Estado, siempre representará una amenaza inferior a la estabilidad democrática que la que representa la cuota de nueve muertos por semana a que se estaba llegando.

Nada tan lógico y humano como incurrir en el desánimo cuando se opera en las condiciones en que lo hacen la UCD vasca y cuando esa fatídica cuota semanal empieza a incluir miembros del partido, por el solo hecho de serlo. El derrumbamiento de Chus Viana era previsible y sólo una reacción mucho más intensa, convincente y decidida que la protagonizada por la estructura central de UCD pudo haberlo impedido. Ha tenido que plantearse la tragedia del señor Ustarán para poner en evidencia la esterilidad de la gestión funcionarial y desideologizada de Rafael Calvo Ortega como secretario general.

La política, para ser auténtica, tiene que ir conectada a los sentimientos de la gente. Un gran periodista vasco, al que admiro como a pocos, explica a veces que la ETA y el PNV son dos boxeadores ansiosos de saltar a un ring llamado «independencia»: en ese marco están dispuestos a pegarse miles de bofetadas, pero no se tocarán ni un pelo en el «vestuario» o sala de espera de la autonomía, por mucho que se empeñe el Gobierno de Madrid.

Si existe alguna posibilidad de soslayar tan justificada y estremecedora profecía, ella radica en generar un impulso regeneracionista en el seno del pueblo vasco que necesariamente ha de partir de esa concepción foralista de las relaciones con Madrid, heredada de su padre por Marcelino Oreja, y al que no puede ser ajena ninguna de las altas magistraturas del Estado.

“Es una lástima que Don Juan Carlos vaya a cumplir el quinto aniversario de su reinado, sin haber pisado el Señorío de Vizcaya ni haber jurado sus fueros"

 

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