XXVII Asamblea plenaria del episcopado. 
 La Constitución ha de respetar las convicciones de los ciudadanos católicos.     
 
 Ya.    22/11/1977.  Página: 21-22. Páginas: 2. Párrafos: 37. 

22-XI-77

INFORMACIÓN RELIGIOSA

Pág. 21 - YA

XXVII ASAMBLEA PLENARIA DEL EPISCOPADO

"LA CONSTITUCIÓN HA DE RESPETAR LAS CONVICCIONES DE LOS CIUDADANOS CATÓLICOS"

"El Estado no puede organizarse ni actuar sin tener en cuenta para nada a la

Iglesia y a Ias otras confesiones religiosas" • "Tenemos derecho a exigir una

Constitución que reconozca y dé vigencia a nuestra presencia en el mundo real de

nuestra sociedad" • "La libertad religiosa del cristiano no puede aislarse de la

libertad de la Iglesia"

Importantísimo discurso del cardenal Enrique y Tarancón en la apertura de los

trabajos de la Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Española

Los obispos, además del tema de la nueva Constitución española, estudiarán el

primer capítulo del ordenamiento de la vida económica de la Iglesia

También reflexionarán sobre un nuevo directorio para los seminarios sobre la

responsabilidad misionera de las iglesias particulares y sobre la evangelización

de las nuevas generaciones

A juzgar por sus comienzos, esta XXVII Asamblea Plenaria de la Conferencia

Episcopal Española va a ser muy importante. La opinión pública tendrá materia

más que sobrada para seguir con interés la reflexión de los obispos. Al tema del

ordenamiento de la vida económica de la Iglesia en España se suma el de la toma

de postura del Episcopado ante la nueva Constitución española. El Episcopado

concede pareja atención a los dos temas; de las 18 apretadas holandesas de que

consta la transcripción del discurso inaugural pronunciado por monseñor Enrique

y Tarancón, presidente de la Conferencia Episcopal, ocho y media orientan el

debate de los obispos sobre "la economía en la Iglesia" y otras ocho están

consagradas a inaugurar la reflexión sobre el texto constitucional. El de la

economía de la Iglesia no coge de sorpresa a los obispos, porque el tema ya ha

sido estudiado por ellos en los niveles diocesanos y de provincias

eclesiásticas. El de la nueva Constitución, aunque no totalmente inédito en las

instancias episcopales, tiene en estos momentos una particular urgencia y

reclama muy agudamente una clara posición por parte de los obispos.

Los lectores de YA conocen de sobra, por los reportajes publicados al respecto,

los datos

mayores del nuevo ordenamiento económico de la Iglesia. Del discurso inaugural

convendrá retener, sin embargo, un conjunto de afirmaciones que, al filo de los

debates de los días sucesivos, darán al argumento toda su importancia y toda su

concreción.

1. "Se inicia un nuevo sistema económico que debe proyectarse con coherencia y

amplitud nacional."

2. "Se ha de empezar por administrar equitativamente los bienes que globalmente

recibimos (del Estado), pero no podemos quedarnos aquí; hay que afrontar

decididamente, por fin, el problema económico de la Iglesia en toda su

amplitud."

3. "El frente de actividades pastorales de la Iglesia se va ensanchando y

adquirimos nuevas responsabilidades en esta época que empieza."

4. "Estos objetivos -no nos engañemos- exigen unos medios económicos que no

tenemos y que en gran parte habrán de provenir de los fieles a los que hemos de

concienciar."

5. Se impone "la transparencia de las cuentas para que el pueblo de Dios pueda

comprobar que la Iglesia administra evangélicamente y con suma delicadeza y

caridad esos recursos que recibe con un fin exclusivamente pastoral".

6. "La comunicación de bienes entre las diócesis y entre las distintas

instituciones dentro de cada diócesis, si es una exigencia para todos los

cristianos, ha de serlo de una manera especial para toda las instituciones de la

Iglesia."

El discurso inaugural reitera en diversos pasajes estos puntos fundamentales. El

argumento no podrá ser abordado en toda su amplitud durante esta asamblea

plenaria. Hay que advertirlo, ya de entrada, para que nadie se sienta defraudado

al término de las deliberaciones. Pero, como ha advertido el presidente de la

Conferencia Episcopal, "este primer paso no puede darse con verdadera eficacia

si no lo concebimos como el "primero" de un largo camino". Para todo el

recorrido del mismo se precisará de la colaboración consciente y responsable de

la comunidad cristiana. Aunque por el momento sea irrealizable, los obispos

tienden a que la vida económica de la Iglesia descanse fundamentalmente en la

cooperación de los cristianos y que la subvención estatal, si bien es de

justicia, pase a ser complementaria. En el discurso se ha dicho a este respecto:

"Es Indispensable que colegialmente orientemos a los cristianos sobre este

problema y digamos claramente ante la opinión pública cuales son las razones por

las que la Iglesia necesita de los medios económicos, lo que significa, dentro

de esas necesidades, la ayuda del Estado; el modo en que la Iglesia está

dispuesta a administrar todos los bienes que reciba con una contabilidad clara y

transparente."

A propósito de la comunicación cristiana de bienes, que será un criterio mayor

en todo el nuevo ordenamiento económico de la Iglesia, el cardenal presidente ha

dicho:

"Qué duda cabe, por ejemplo -refiriéndonos a los obispos y sacerdotes que

estamos al frente de Instituciones de la Iglesia-, que, como consecuencia de

unos hábitos seculares, fomentados sin duda por el concepto de beneficio

eclesiástico, no hemos tenido suficientemente en cuenta el principio de la

comunicación de bienes, aunque todos lo hayamos predicado como una exigencia del

Evangelio. La diferencia entre parroquias y parroquias, diócesis y diócesis -

pobres y ricas, como se dice comúnmente- en una realidad que debe hacernos

reflexionar a todos."

SUBVENCIÓN ESTATAL, RIQUEZAS DE LA IGLESIA, CORRESPONSABILIDAD

La última parte de esta primera reflexión del discurso inaugural del cardenal

Enrique y Tarancón aporta tres precisiones interesantes. Con gran realismo

afirma que "la atención pública está ahora centrada sobre los millones que la

Iglesia recibe del Estado". Indica que esa no es "la única -o, al menos, la

principal- fuente de financiación de la acción pastoral de la Iglesia". Y

comenta:

"La subvención que el Estado da a la Iglesia -y no puede silenciarse que el

Estado no es más que el administrador de los fondos que le proporciona una

sociedad mayoritariamente católica- no es más que una parte, y no siempre la más

importante, del presupuesto de la Iglesia española."

La segunda acotación es ésta, según términos expresos del discurso inaugural:

"Las "riquezas de la Iglesia", de las que se habla con tanta ligereza, consisten

principalmente en algunas diócesis casi exclusivamente en bienes artísticos que

la Iglesia ha sabido conservar, pero que, lejos de suponer un ingreso en orden a

su presupuesto, exigen cuantiosos dispendios para su conservación, y los

exigirían mayores si quisiéramos darles una mayor utilidad social por medio de

museos, etc.

La tercera y última acotación retorna al tema de la concienciación de los

creyentes españoles. Se subraya el crecimiento de la conciencia de ser Iglesia y

se concluye que esta nueva conciencia ha de expresarse también en una mayor

responsabilidad para con la vida económica de la Iglesia. "Los medios

económicos, además de la prestación personal, son indispensables".

El discurso termina este primer apartado con una referencia al ordenamiento

económico de la Iglesia en la República Federal Alemana. Aunque esta referencia

se limita a dar cuenta de cómo está actualmente resuelto este asunto en aquella

comunidad cristiana es fácil entender que el cardenal presidente de la

Conferencia Episcopal Española está sugiriendo la conveniencia de que "algo por

el estilo" se introduzca entre nosotros. También parece ser éste el criterio del

Estado, si se tienen en cuenta recientes declaraciones del director general de

Asuntos Eclesiásticos, don Eduardo Zulueta.

LA NUEVA CONSTITUCIÓN

Reproducimos íntegramente la notable parte del discurso inaugural dedicada a un

primer comentario sobre la responsabilidad de los obispos ante la nueva

Constitución que regirá dentro de algún tiempo la convivencia de todos los

ciudadanos. No hay que ponderar la importancia del tema en si; tiempo habrá para

destacar la que, sin duda, le concederá la Asamblea Plenaria del Episcopado. Por

el momento, conviene decir que los obispos, con toda probabilidad, darán a

conocer sus puntos de vista en un documento colectivo al final de sus trabajos.

La Comisión Permanente, que estuvo reunida el fin de semana, ha preparado

venturosamente un borrador de declaración. Sobre éste trabajarán los obispos,

según parece. El discurso que ha pronunciado el cardenal presidente de la

Conferencia Episcopal Española puede ser algo así como un anticipo o un preludio

de lo que en su día dirá el Pleno del Episcopado. Y ¿qué es lo que centra la

atención del Episcopado en esta hora de gestación de una nueva normativa

constitucional para todo el Estado español?

1. Los obispos entienden que la nueva Constitución ha de ser un marco legal y

objetivo no sólo para los ciudadanos "como personas o sujetos de derechos y

deberes inalienables", sino que ha de serlo también para todas "las realidades y

fuerzas sociales, culturales, religiosas y políticas que habrán de convivir en

este tejido complejo de la gran comunidad nacional. Esta consideración es

importante. La Constitución, si quiere ser marco estable para la convivencia, ha

de tener en cuenta la realidad del país y advertirla no solo en una perspectiva

personalista o individual, sino también en los aspectos institucionales. Hay

realidades sociales -entre ellas, la Iglesia- que la Constitución no puede

ignorar. "Nos preocupa la libertad de la Iglesia -ha acentuado monseñor Enrique

y Tarancón-, cuya presencia institucional debe ser reconocida y aceptada para el

libre ejercicio de su misión en esta sociedad concreta que es España."

La nueva Constitución no puede ignorar que, además de los ciudadanos que son

creyentes, existe el asociacionismo de éstos, que es la Iglesia. Esta, en cuanto

agrupación de los creyentes en Cristo, no puede estar ausente de la normativa

constitucional, porque es una realidad de nuestro país y porque tal asociación

surge del ejercicio fundamental de libertad asociativa. La independencia de la

Iglesia y del Estado no puede traducirse en mutuo desconocimiento, como si para

la Iglesia no existiera el Estado o como si para éste no existiera la Iglesia.

De ahí el segundo poderoso principio del discurso.

2. "Esta independencia de la Iglesia la han interpretado otros como radical y

absoluta separación de la Iglesia y del Estado, presuponiendo erróneamente que

esa separación conduce al desconocimiento por parte del Estado de esa realidad

viva que es la Iglesia católica y aun genéricamente de los valores religiosos.

Como si el Estado se hubiese de organizar y debiese actuar sin tener en cuenta

para nada a la Iglesia y a las otras confesiones religiosas."

¡Realidad y realidad viva! ¿Puede el Estado promulgar una Constitución que

ignore legalmente esta importantísima parcela de la realidad social de nuestro

pueblo? El "hecho Iglesia" está presente por doquier en la sociedad española. En

ese "hecho Iglesia" se dan libremente cita millones de ciudadanos. De ese "hecho

Iglesia" dependen numerosas instituciones. Ese "hecho Iglesia" tiene fuerte

incidencia en las opciones de los españoles. ¿Puede hacerse la vista gorda como

si no existiera tal realidad?

3. El reconocimiento del "hecho Iglesia" no comporta necesariamente el

reconocimiento de la confesiónalidad del Estado. Esta confesionalidad católica

del Estado ha sido un capítulo importante de la historia nacional, pero ya hace

mucho tiempo -por lo menos desde 1973- que el Episcopado español ha afirmado que

"no existe ninguna razón que justifique una intervención del Estado en la vida

interna de la Iglesia" y que tampoco existe razón alguna "para que la Iglesia

intervenga directamente en la política del Estado".

Pero el arrumbamiento de la confesionalidad no puede identificarse con el

separacionismo a ultranza entre la Iglesia y el Estado. En España ha habido

pequeños momentos en que ha estado vigente tal separacionismo, pero han sido

momentos de sectarismo, de antinomias, de hostilidades o, al menos, de recelos,

mutuos. "Estos recuerdos -dice el cardenal Enrique y Tarancón- no deben

repetirse." ¿Le fue bien al Estado ese momento? ¿Le fue bien a la Iglesia? Ni a

ésta ni a aquél. ¿Volveremos a tropezar en la misma piedra? Ceguera será si la

nueva Constitución se resiste a ver la realidad; sectarismo ideológico, si trata

de militar contra ella.

4. Se impone "la mutua independencia" junto con "la sana colaboración en el

común servicio de los hombres". No se trata de sacar beneficio para la Iglesia.

No puede perseguirse sacar utilidad para el Estado. Los titulares primarios y

fundamentales de la "sana colaboración" entro el Estado y la Iglesia son los

ciudadanos y es la sociedad. "Son el hombre y la sociedad quienes deben

beneficiarse tanto de la actividad de la Iglesia como de la del Estado." Ni un

Estado sometido a la Iglesia ni una Iglesia mediatizada por el Estado o limitada

por éste en su libertad de actuación pueden servir coherentemente al pueblo.

5. Es radicalmente insuficiente y políticamente farisaico el mero reconocimiento

de la libertad religiosa a título individual como derecho privado o particular

de los ciudadanos. Esta es la actuación de los regímenes totalitarios. Reducen

el derecho de libertad religiosa en el mejor de los casos al ámbito puramente

individual, cuando no lo confunden o diluyen en el derecho a la libertad de

conciencia. La profesión de fe reclama como derecho al reconocimiento de la

libertad de la Iglesia, expresión e institución social de una fe compartida por

multitud de ciudadanos. "La libertad religiosa del cristiano -subraya el texto

del discurso- no puede aislarse de la libertad de la Iglesia. No es concebible

la libertad sustantiva y real del cristiano sin un ordenamiento justo y objetivo

de las relaciones Iglesia-Estado."

No es papel del Estado valorar constitucionalmente "la verdad dogmática" del

hecho Iglesia. El estado no es competente para juzgar de esta verdad doctrinal.

"Está fuera de su esfera de com- petencia. Cabe incluso que una doctrina

política considera alienante y negativo el hecho religioso. Pero no puede

imponer sus juicios, en buena democracia, al juicio de una numerosidad por

millones de ciudadanos. Ha de tener en cuenta lo que piensan y creen los

ciudadanos. "No vamos a pedir un orden constitucional a nuestra medida ni

siquiera una Constitución que resuelva nuestros problemas, pero si tenemos

derecho a exigir una Constitución que reconozca y dé vigencia a nuestra

presencia en el mundo real de nuestra sociedad." Lo que equivale a pedir

democracia real, no sectarismos ideológicos. Esto no es pedir privilegios para

la Iglesia; es exigir, con justo derecho, reconocimiento de la realidad. ¿Cabe

democracia sin este reconocimiento?

6 . Es responsabilidad de los ciudadanos que son, simultáneamente, creyentes en

Cristo exigir de sus representantes que garanticen en la Constitución los

deseos, la voluntad y los criterios de vida de quienes les han elegido. "Los

políticos deben trasladar

a la estructuración política -a las leyes- la voluntad de sus representados, no

la suya propia." Y aquí hay un grave problema que se desdobla en dos preguntas:

¿Conocen los electores la voluntad de sus representantes o se les han

escamoteado los programas de los partidos? ¿Conocen los representantes del

pueblo la voluntad de quienes les han elegido? Quienes tienen el poder, a título

de mayoría o a título de oposición, ¿pueden hacer una Constitución sin tener en

cuenta las aspiraciones de los ciudadanos?

Sobre estos importantes extremos y sobre otros de similar importancia va a

deliberar la Asamblea Plenaria, que, comenzada ayer lunes día 21, extenderá sus

trabajos hasta el sábado día 26. El comienzo ha sido bueno, en un clima de

trabajo y de elevada conciencia de lo que está en juego en estos momentos. No

hay miedo entre los obispos, pero no puede negarse que haya una cierta

preocupación.

 

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