Autor: Cruz Aguilar, Emilio de la (AEMILIUS). 
   ¿Estado aconfesional?     
 
 Pueblo.    26/11/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 4. 

¿ESTADO ACONFESIONAL?

UN acontecimiento sensacional, desde el punto de vista periodístico, la

filtración del borrador de Constitución, hace particularmente dignas de

comentario las recientes declaraciones del cardenal Tarancón

respecto a la actitud estatal en el terreno religioso. Según el

parecer del presidente de la Conferencia Episcopal, la Constitución no puede

ignorar que la mayoría de los españoles son católicos... El borrador de

Constitución, por su parte, proclama la aconfesionalidad del Estado.

Realmente, las manifestaciones de Tarancón tienen complejo sentido. Si la

mayoría de los españoles es católica, no habría por qué mencionarlo expresamente

en la Constitución ni conceder, al conjunto de esos católicos, a su comunidad,

derechos distintos de los que les otorgue su posición mayoritaria dentro del

conjunto nacional. El problema religioso, en un Estado moderno, es simplemente

el de la libertad de conciencia. Puede que el Estado considere digno de

protección el ejercicio colectivo de creencias religiosas y entonces se produzca

una situación de protección a las religiones. Igual que sucede con los

partidos, esa protección sería proporcional al número de sus seguidores. Por

ello, naturalmente, la Iglesia tendrá en España ventaja enorme sobre las demás

creencias derivadas de su número superior de fieles respecto de aquéllas.

La Constitución no tendría por qué hacer referencia individualizada a

confesión alguna. Es creíble que, cuando se planteen ante los órganos de

deliberación y decisión problemas de tipo religioso, la Iglesia Católica logre

beneficios sobre otras iglesias, pero serán los puramente derivados del juego

mayoritario propio de una democracia; no de privilegios preestablecidos e

incorporados a normas constitucionales o leyes fundamentales.

Realmente, las últimas declaraciones del cardenal tienen como un cierto perfume

pretérito, que no es congruente con su abierta y clara imagen pública. El choque

con la realidad desvelada por el borrador de Constitución es frontal y total.

Este último está situado en las coordenadas actuales de la nación y, a buen

seguro, refleja el sentir de la mayor parte del pueblo español, que, sin dejar

de ser -también mayoritariamente- católico, estima que no hay razón para que el

Estado siga siendo confesional ni para que en las normas constitucionales

aparezcan exigencias que atañan a la esfera más personal e íntima de los

ciudadanos.

Prejuzgar determinada creencia religiosa entre los elementos constitutivos

del «ser» español podría parecer poco propio de una Iglesia moderna y de una

Constitución que nace una década después del último Concilio.

AEMILIUS

 

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