Autor: Aguirre Bellver, Joaquín. 
   Adiós, amigos     
 
 Pueblo.    09/10/1976.  Páginas: 1. Párrafos: 12. 

ADIÓS, AMIGOS

EN el Consejo Nacional, para hablar en el Pleno hay que solicitarlo veinticuatro horas antes. Por eso no tiene nada de particular que don José Martínez Emperador hubiera de guardarse bien guardado en el bolsillo el discurso que había escrito la víspera, pensando en dar cumplida respuesta a don Gonzalo Fernández de la Mora. Pasa muchas veces. Además, Martínez Emperador lo reconoció asi, como buen caballero que es, con un espléndido espíritu deportivo. Lo que tiene su miga es qué pensaba Martínez Emperador que iba a decir Fernández de la Mora. Ahí está el «busilis».

—Pero, ¿qué esperaba que dijese?

Esta pregunta, de boca en boca de los consejeros nacionales, tenía en los pasillos una respuesta. quizá malintencionada:

—Pues esperaba que Fernández de la Mora arremetiese contra la reforma política. Y él venia a defenderla. PERO don Gonzalo no arremetió contra la reforma política. Es más, la defendió y dijo que había que ir a las elecciones cuanto antes. Así, señores, como lo oyen. A mí lo que me asombra es que haya quien-no acaba de enterarse nunca, se ha obcecado en pensar que el Consejo Nacional tiene que oponerse, que las Cortes van a decir que no, que los dos tercios de aprobación son imposibles de conseguir, etc., etc. Uno empieza a estar harto de la forma de dialogar en este país, y harto algunas veces de la manera de informar al público que nos gastamos. A ver, ¿por qué el Consejo y las Cortes tienen que pensar así? Pues sepan ustedes que piensan todo lo contrario. Hace, ya mucho tiempo que en mis charlas con los consejeros y procuradores compruebo qus tienen tragado* que la única forma de lograr una política estable es que el pueblo elija a quienes lo van a gobernar. Cada [vez que leo, cada vez que oigo que el escollo está en las cámaras, empiezo a dudar —yo, que no soy hombre de firmezas, lo reconozco— de mis ojos y mis oídos.

OTRO ambiente muy contrario pude registrar durante la matinal de ayer en la plaza de la Marina. Ese ambiente era el de unos hombres convencidos de su victoria en las urnas. Los consejeros llegaban de las provincias con la más optimista de las impresiones respecto a la actitud popular. De forma casi unánime, los pronósticos, según ellos, se inclinan hacia quien ofrezca continuidad en la paz y en el desarrollo.

Oigan ustedes esta frase, cazada al vuelo en el bar:

—¡Y mira que lo hacemos mal! Pero en cambio tenemos una estupenda máquina de conseguir votos: la oposición.

QUIEN así hablaba puede tener toda la razón del mundo. Para mí, la tristeza del hecho está en que éste era el momento de lograr, al fin, una izquierda dialogante, constructiva y, en suma, inteligente. Ya les queda poco tiempo, pero me agradarla que recapacitasen. Comprendo la dificultad que supone, en unos meses, adaptar unos cuadros creados y fogueados en la subversión, hechos para la clandestinidad, hacer de ellos algo tan burgués y sonriente como tiene que serlo una máquina electoral. Pero no puedo por menos de lamentar que nos perdamos esta ocasión. Sin esa izquierda civilizada va a ser muy difícil lograr una democracia definitiva en esta tierra.

NO tengo que decir a ustedes que el personaje del Pleno fue Gonzalo Fernández de la Mora. Me figuro que a estas horas lo han leído ustedes por todas partes. Pocas veces un espada habrá mandado tanto en la plaza y habrá tenido tan a sv\ talante a la presidencia del festejo, al público y hasta al toro. Yo le encontré a su faena un solo defecto, más de tipo psicológico que otra cos,a, y es aquel empeño en llamar al Sanado «cámara de los intereses». José Solís me dijo que votó en contra por eso. Lo de la «cámara de los intereses» huele a cámara de los potentados, de los ricachones o cosa parecida, cuando, si se propone un Senado orgánico o corporativo, los más representados en él deben ser, por derecho propio, los trabajadores, y lo demás, por añadidura. Dejaríamos de ser ,un Estado Social, don Gonzalo, si se hiciera de otra forma.

HA sorprendido al público, y sobre todo, al de la televisión, que no hubiera aplauso», nada más que do» aplausos, para el discurso del presidente Suárez. Verán ustedes lo que ocurrió. Todos esperaban un discurso largo, una exposición doctrinal, y de pronto, a los cinco minutos, cuando creyeron que aquello estaba empezando, el presidente cortó, dijo adiós y s« fue, seguido de todo el Gobierno menos tres ministros —los que son consejeros nacionales—: Pita, Martín Villa y Oreja, a ocuparse de otro Consejo no menos importante, que debía tratar de las medidas económicas nada menos. Quizá se hizo mal en anunciar un discurso del presidente, cuando se trataba simplemente de un saludo, casi de cumolido.

TERMINADA la sesión, me acerco a una tertulia en el bar. Pedresa Latas se levanta y se aleja, con muestras evidentes de incompatibilidad conmigo por las últimas crónicas, en-las que se considera injustamente tratado. Quizá para romper el hielo, Francisco Abella, que ha actuado de ponente, me pregunta:

—Oye, ¿qué vas a decir de mi? i Porque a veces te temo.

—Mira.

Le enseñé mis apuntes, aunque es cosa que nunca hago. Decía asi: «Abella está acertando con el tono que le conviene al Consejo y a la ocasión.» Me parece que no tengo nada más que añadir, don Francisco. Ya era mucho ayer.

BUENO, en realidad el ponente que tuvo que pechar con lo más difícil fue Julio Gutiérrez Rubio, encargado nada menos que de responder, improvisando,´ a Fernandez de la Mora, improvisador temible.

Salió airoso. Cedió terreno, si, pero el terreno que cedió estaba claro que la sala ya lo había concedido a don Gonzalo y habría resultado poco hábil ponerse a regatearle el balón. Algo nervioso al principio, se afianzó en seguida y estuvo hasta lucido.

HAY que pensar que era un Consejo Nacional raro el de ayer. Un Consejo con cierta melancolía, en la convicción de que ésta era su última gran reunión en este edificio. Si así es, adiós, amigos.

 

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