Autor: Fernández de la Mora y Mon, Gonzalo. 
   "España en América"     
 
 ABC.    30/01/1964.  Página: 45-47. Páginas: 3. Párrafos: 11. 

«ESPAÑA EN AMERICA»

de Venancio CABRO

Ed. OPE. Madrid 1963. 258 págs.

por Gonzalo FERNANDEZ DE LA MORA

El académico P. Carro, de la Orden de Predicadores, lleva casi cuarenta años publicando estudios sobre

los teólogos españoles del Siglo de Oro y especialmente, sobre Pedro y Domingo de Soto, Las Casas,

Vitoria y Freitas. ´Su obra de conjunto más importante es, a mi juicio, "La Teología y los teólogos juristas

españoles ante la conquista de América", reimpreso en 1951. El volumen que ahora aparece,

quintaesencia de anteriores estudios del autor sobre Jas controversias doctrinales en torno a la empresa de

Indias, reúne siete trabajos coincidentes en la intención, el método y el tema.

El P. Carro comienza enumerando los criterios que deben presidir la revisión histórica de nuestra acción

en América, Son diez, pero pueden resumirse en cuatro: a) comparación entre la avanzada doctrina

internacional de la España renacentista, y el derecho medieval vigente entonces en Europa -sobre la

guerra, la conquista y la explotación; b) paralelo de las culturas indígenas con la legada por España; c)

balance de la economía colonial española, y d) visión comparada de. Hispanoamérica y de Norteamérica

antes de la Independencia y hoy. La aplicación de estas normas lleva al autor a la conclusión de que la

obra colonizadora de España no tiene par por su generosidad, su modernidad y su nivel ético.

Después de recoger con cierta extensión los excepcionales testimonios del historiador colombiano

Lievano ("tam-bién nosotros perdimos la batalla de Trafaigar", "la inindependencía fue prematura"), y del

mejicano Vasconcelos ("nada destruyó España porque nada existía digno de conservarse", "España hizo

en Nueva España tanto o más que en la Península", "nuestra emancipación fue forzada por los enemigos

del exterior"), el autor describe esquemáticamente el influjo de las controversias doctrinales en la

promulgación de las leyes de In•dias. Eran dos bandos: el de los mejores teólogos y moralistas, de un

lado, y el de los encomenderos y hombres de armas, de otro. Los reyes y, en definitiva, España estuvieron

del lado de los primeros. Así nacieron las diferentes "Instrucciones", las leyes Carolinas de 1542 y las

ordenanzas filipinas de 1573.

Una vez expuestas sintéticamente las tesis jurídlco-teolósicas de Vitoria, el autor entra en el punto más

polémico de su libro: Bartolomé de Las Casas. El P. Carro, ya con sus propios vocablos, ya suscribiendo

los de otros historiadores, proclama que Las Casas fue, aunque no el único, sí el más decidido

propugnador de las Leyes de Indias; que no fue mentiroso, aunque a veces exagera; -que fue el escritor

mejor Informado de su época sobre materias americanas; -que coincidió con Vitoria y los grandes

teólogos del tiempo; que sólo fue aparentemente parcial porque actuaba de fiscal, y como acusatorios hay

que entender sus libros; y que, en suma, fue una figura gigantesca. Desde estas posiciones, el P. Carro se

enfrenta con Menéndez Pida.1, quien en una conferencia ya famosa había anticipado las ideas ahora

espléndidamente desarrolladas en su reciente libro "El Padre Las Casas". Reconoce el P. -Carro los

fracasos de Las Casas en sus Intentos coloníza dores, pero los atribuye a la hostilidad de los

encomenderos; acepta ciertas deficiencias de Las Cagas como historiador, pero cree que todos sus

contemporaneos las tuvieron; rechaza la ^acusación de que Las Casas se olvidase de defender a España y

a los españoles y cita su oposición a las concesiones a los alemanes en Venezuela; afirma que la leyenda

negra nació de causas ajenas por completo a la obra de Las Casas; y sostiene, en fin, que. no era un

enfermo mental: "tenía., sí, una enfermedad: la´ de la caridad del amor de Dios y de los hombres, ya

fuasen pobres o Indios".

Los criterios dsl padre Carro para la valoración de la obra de España en Indías me parecen básicos y

certeros. Su Juicio positivo de la empresa colonizadora es justo y veraz. Son pedagógicas y coherentes las

síntesis de las diversas posiciones teológicas. Pero la exaltación de Las Casas, apoyada en la biografía de

Giménez (monumental e inconclusa) y en la inuy meritoria de Hanke resulta a mi juicio ´dificilísima de

aceptar. Por eso considero necesario su contraste con los puntos de vista de Menéndea Pidal. Aunque sea

trabajoso la cuestión lo merece.

Según Menéndez Pidal, el título de protector o procurador universal de todos los indios que se atribuía a

Las Casas es una pura fantasía: su viaje a España en 1517 lo hizo desacatando las órdenes de Cisneros, y

no es cierta la versión del incidente que da el protagonista; también es falsa la pretensión lascasiana de

haber pacificado al cacique rebelde Enriquillo; el Consejo de Indias acusó al dominico en 1519 de ser

"inventor de falsedades y malicia grande"; la "Destrucción de Indias" es una enumeración de incendios,

usurpaciones, torturas y matanzas de Indios que suman hasta quince millones (¡más de mil ejecuciones

diarias durante cuarenta años y sin cámaras de gas!), sin que se aluda a ninguna acción española que no

sea abominable; enormiza y exagera ("piedras como diez bueyes las llevaba como corcho sobre el agua");

Jura en vano {"protestando en Dios >iue en cuantas cosas ha dicho-no he encarecido, en calidad y en

cantidad, de diez mil partes una"); de los odio títulos vitori^ « para el justo dominio de Indias, Lt Casas se

aferra sólo al de la, evaL^eliüdón; las "Leyes Nuevas" nada tienen que ver con las extremosas S¡ >ríaf

lascasíanas; en el "Confesionario" o directorio para los párrocos de su diócesis todo es apasionamiento,

exageración, y aun lo que es de razón lo saca de quicio; fracasa estruendosamente en sus tres empeños

evangellzadores y colonizadores; dimitió su diócesis de Chiapa "dejando muy desamparadas y sin

remedio las ánimas a él encomendadas"; la "Apologética Historia" es una fantástica exaltación del indio y

uno de los ejemplos más sobresalientes de, exageración de la literatura humana. A- la luz de estos y otros

hechos, Menéndez Pidal, que cuenta entre otros precursores con Menendez Pelayo, concluye afirmando

que Las Casas fue un desequilibrado, maniático, arbitrista, megalómano, y autor de un libro difamatorio

engendrado en plena anormalidad.

Contrastada la opinión de los apologistas de Las Casas (el padre Carro entre ellos) y la de Menéndez

Pidal, me parece daro que aquéllos tienen razón en un decisivo punto: en que la defensa lascasiana del

Indio era Justa, y en ello consiste su título de grloria, endosable desde luego a España. Pero en todo lo

demás, e incluso en el modo de luchar por aquello en lo que acertaba, Las Casas resulta

extraordinariamente difícil de defender. La faceta tnás acusada de su personalidad fue nefasta para el

prestigio universal de España, y desde luego ineficaz para todos salvo para nuestros detractores.

"España en América" es un libro sintético y vulgarizador, y por ello escaso en referencias bibliográficas y

documentales. Las afirmaciones son reiterativas, cuadrangulares y tajantes. Apenas queda lugar para la

veladura y el matiz. Por eso las conclusiones cobran un cierto aire de extremosidad. El estilo es claro,

llano y rotundo, aunque salpicado de expresiones vulgares como la de llamar "escritorcillos con vocación

de escarabajos" a los no apologistas de Las Casas. Brilla por doquier la sinceridad, la erudición y el

ímpetu. La Información del autor es amplia, y la vehemencia en ocasiones excesiva. Una obra valiosa y

útil por lo que tiene de justa visión de conjunto de las controversias doctrinales acerca de nuestra

empresa americana e interesante y actual porque, indirectamente y a pesar del autor, refuerza la posición

crítica de Menónüez Pidal sobre la capitalísima cuestión lascaslana,—G. F. M.

 

< Volver