Autor: Fernández de la Mora y Mon, Gonzalo. 
   "Los problemas de una constitución"     
 
 ABC.    19/03/1964.  Página: 75-77. Páginas: 3. Párrafos: 9. 

«LOS PROBLEMAS DE UNA CONSTITUCIÓN»

de J. M. DE BEDOYA

Ed, Paraninfo. Madrid. 1953. 224 págs.

por Gonzalo FERNANDEZ DE LA MORA

Narrador y escritor político, Javier Martínez de Bedoya se encara con el problema del Estado ideal; pero

no referido a unas circunstancias ucrónicas y utópicas, sino a la España actual. ¿Cuál sería la mejor

constitución política para los españoles de hoy? Antes de responder con cierta concreción, el autor hace

amplias consideraciones de carácter general.

Bedoya comienza afirmando Que el hombre nunca ha dejado de conocer la vida acompañada o social: el

individuo no inventa el Estado, sino que se encuentra naturalmente en él. Niega carácter sustantivo a la

nación y discute el valor científico de las conocidas definiciones de Renán. Ortega, Bergson y J. A. Primo

de Rivera. Entiende que el Estado es para el individuo y debe garantizarle la seguridad, el orden, el

mínimo vital, la igualdad de oportunidades y el progreso. Rechaza la tesis tradicional de que hay en las

sociedades autoridades naturales como 3a del padre en el ámbito familiar, y sostiene que el mando

legitimo es el que merece el consenso de los gobernados. Rechaza los argumentos a favor de} sufragio

restringido y postula el universal. Como único procedimiento válido de computar los votos preconiza la

ley del mayor número. Y declara que la soberanía pertenece al pueblo—a la mayoría y a la minoría—y no

tiene otros límites que los derechos fundamentales de la persona humana.

El autor contrasta su esquema democrático con el socialismo y el tradicionalismo. Respecto al primero,

rechaza la forma marxista y se manifiesta contrario a la total nacionalización de los bienes de producción.

Por lo que al tradicionalismo se refiere, reconoce las ventajas de la representación orgánica y la

conveniencia de reforzar las sociedades intermedias; pero no acepta ni la existencia de un poder real no

recibido del pueblo ni las restricción del derecho de voto a sólo el cabeza de familia.

Bedoya se detiene en el estudio de dos piezas capitales de la democracia: los partidos polííkos y los

Sindicatos. Ambos responda al derecho natural de asociarse. Cree aue los primeros no escinden a los

pueblos, sino que expresan las naturales divisiones de opinión consustanciales con la libertad. Sostiene

que los partidos facilitan la selección de vocaciones políticas en todas las clases sociales, y piensa que no

deben constituirse en torno a unos intereses, sino a unas coincidencias doctrinales; no deben ser clasistas,

sino verticales y heterogéneos; deben formar a sus miembros, someterse al régimen de mayorías y estar

dispuestos a una leal colaboración desde la oposición. Bedoya concluye preconizando el sufragio

mayoritario de dos vueltas. Según el autor, a diferencia de los partidos, los Sindicatos se constituyen para

defender intereses, y por eso deben ser exclusivamente técnicos y desideologizados. El sindicalismo

entiende que sólo tiene sentido en un régimen capitalista, y que pierde toda razón de ser en un Estado de

economía pública y dirigida: el sindicalismo no es un enemigo de la empresa privada, sino su aliado,

porque de la rentabilidad empresarial depende el general bienestar.

La última parte de la obra contiene una aplicación de los principios anteriores y un esquema de

Constitución. Bedoya proyecta dos cámaras: un Parlamento de 346 diputados elegidos por los sindicatos,

los colegios profesionales, las regiones y las corporaciones; y un Senado de 150 miembros designados por

sufragio universal. El Jefe del Gobierno será elegido también por sufragio universal y él nombrará

libremente a los ministros. Su mandato será de cuatro años. El jefe del Estado será o un presidente votado

por la Cámaras para un período de siete años, o un Rey que instaurará una dinastía. El autor parece

mostrar preferencia por esta segunda fórmula. Los poderes de la Jefatura del Estado son minimos Todas

las Instituciones "son independientes: ni el Rey ni el jefe del Gobierno pueden disolver las Cámaras, pero

tampoco éstas pueden destituir a aquéllos.

El libro de Bedoya es más práctico que especulativo. No es la obra de un filósofo del Derecho, ni de un.

profesional de la teoría del Estado, ni de un sociólogo; es la de un político con amplia formación jurídica.

Algunas de sus afirmaciones de principio me parecen suceptibles de matización. El hecho, por ejemplo,

de que el hombre sea constitutivamente social, como ya proclamó Aristóteles, no significa que el Estado

sea algo natural; es por el contrario, una invención más o menos afortunada según los casos. De acuerdo

con que las definiciones de nación dadas por Ortega y otros, son retóricas; pero ello no permite arrumbar

el problema que es grave, por cierto. No es exacto que no haya autoridades naturales no elegidas; las ha

habido y las seguirá habiendo en todos los niveles sociales; es más, la elección no suele dar la autoridad

sino que la reconoce o confirma. La tesis rusoniana de un hombre un voto me sigue pareciendo

racionalmente disparatada y tan solo admisible como arbitraria regla del juego. Sus efectos en España han

sido poco alentadores. Jurídicamente, la soberanía es una y no cabe fragmentarla entre las diversas

fracciones políticas. En cambio, me parece acertadísima la critica del socialismo, y, sobre todo, la

afirmación de que al convertirse el Estado en único propietario de los bienes de producción, asume

simultáneamente las funciones de juez y de parte; y, entonces, cuando se trata de fijar los precios a los

salarios, el trabajador y el consumidor se encuentran indefensos frente a un Poder político y económico

absoluto.

Sobre los partidos hay una bibliografía muy copiosa y una legislación comparada no muy abundante, pero

de gran interés. El autor apenas toma en consideración estos materiales. Y, a mí juicio, analiza el

problema desde una perspectiva más idealista que empírica. El cuadro del sistema de partidos que nos

ofrece Bedoya bordea el utoplsmo. No basta con declarar cómo deben ser, porque luego termina siendo

como la sociología enseña que son. Y lo cierto es que los partidos defienden mas que principios Intereses;

no son verticales sino oligárquicos; falsifican las elecicones, y, con frecuencia, prefieren la demagogia y

la violencia a la sana pedagogía y a la oposición leal. Arrancando de estos supuestos habría que regularlos

con artilugios muy concretos. ¿Cuáles? Esta es la verdadera cuestión práctica. Exigirles un determina do

porcentaje devotos no basta. Instarles a que se porten bien, desgraciadamente, no es suficiente. En esta

compleja materia sólo me convence plenamente el autor cuando, para evitar la atomización

pluripartídista, propone el sufragio mayoritario de dos vueltas que, es, en mi opinión, €l menos malo de

los inorgánicos.

Interesantísimo es el esquema constitucional de Bedoya; casi me atrevería a decir que es lo más seductor

del libro. Pero hay puntos de difícil articulación. En primer lugar, no creo que se pueda dejar como una

opción adjetiva la de República o Monarquía, porque un abismo separa a una y otra forma de gobierno.

Para mí no hay la menor duda: la realeza. En segundo lugar, la experiencia demuestra que cuando se

contraponen dos Cámaras, una elegida por sufragio universal y otra corporativa, aquélla termina anulando

a la otra. Y, en fin, no pueden ser absolutamente Independientes el jefe del Estado, el del Gobierno, el

Parlamento y el Senado, porque, ¿qué acontece cuando se producen entre ellos

diferencias Irreductibles? ¿Con qué leyes, con qué presupuestos y con qué autoridad se gobierna hasta

que expiren los plazos de cada mandato?

Por encima de las discrepancias de detalle, coincido plenamente con el autor en lo fundamental: la

necesidad de completar el esquema constitucional, el repudio del totalitarismo y singularmente de su

significación marxista, y el condicionamiento de todo el Derecho público al respeto de la, libertad y

dignidad humanas. Creo que Javier Martínez de Bedoya ha prestado un honesto y fértil servicio

suscitando de modo sincero y directo unos problemas para los cuales no hay más remedio que encontrar

soluciones. Y cuanto antes mejor.—G_ F. M.

"PROMOCIÓN SOCIAL"

DeteEracifin Nacional d-e Organizaciones. Madrid. 1963. 1.023 páas.

La revista "Seminarios" dedica su vigésimo cuaderno, correspondiente a los meses de septiembre y

octubre de 1963, a desarrollar el tema genérico de promoción social; tema, muy de actualidad no sólo en

España, sino también en la mayor parte de los países que han alcanzado un determinado plano o nivel

social. El experimento es, sin duda, interesante, porque interesante es también el fenómeno. "La

promoción social—se escribe en el prólogo—es algo más avanzado aue la libertad, la igualdad y la

fraternidad; más avanzado que la socialización; más avanzado que la justicia social y la seguridad social.

De poquísimos conceptos ideológicos o políticos del día puede decirse algo semejante." Porque entre

otros impulsos revolucionarios nuevos, la promoción social apunta nada menos que "al ideal de que la

sociedad entera preste servicio al nombre, a cada hombre". El número monográfico de "Seminarios" se

integra de varios estudios parciales: problemática general de la promoción social, la formación

profesional- y las formas de cooperación y participación. Cada uno de ellos constituye un verdadero

tratado, elaborado por especialistas, con unidad de pensamiento. En -el apéndice del voluminoso libro se

examinan aspectos de la cuestión, como la formación profesional en Inglaterra, Italia y Estados Unidos.—

A, T.

 

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