Autor: Fernández de la Mora y Mon, Gonzalo. 
   El futuro y las formas políticas     
 
 ABC.    30/04/1964.  Páginas: 1. Párrafos: 9. 

EL FUTURO Y LAS FORMAS POLÍTICAS

Muy compleja es la morfología política del género humano. Mientras sólo se atendió a la dimensión

cuantitativa de los Gobiernos, todo se explicaba con la simple y famosa trilogía aristotélica: Monarquía,

aristocracia y democracia. Pero cuando, recientemente, la teoría del Estado se enriqueció con los métodos

de la sociología, la clásica distinción trimembre resultó elemental y corta. No es lo mismo la tribu, la

ciudad, el feudo, el Estado y el Imperio, por muy monárquica que pueda ser en todos ellos la encarnación

de la soberanía. Es muy poco lo que se dice cuando se recuerda que en el pasado ha habido reinos,

aristocracias y repúblicas. Habría que precisar muchísimo más para ser suficientemente expresivo. No

cabe, pues, arrancar desde el principio para esta avanzadilla sobre el futuro. Iniciemos el despegue sin

rebasar los limites de la contemporaneidad.

Los occidentales vivimos todavía dentro de la gran forma política que los historiadores venideros harían

bien en llamar,´ aunque fuese irónicamente, el Nuevo Régimen. Todo comenzó a fines del siglo XVIII

cuando la burguesía y sus portavoces (Rousseau a la cabeza) demolieron el absolutismo de los príncipes;

es decir, el llamado Antiguo Régimen. El dogma que, por oposición al derecho divino de los reyes y a los

privilegios aristocráticos, va a presidir la revolución política de nuestro tiempo es el gobierno del pueblo

por el pueblo y para el pueblo. Lo esencialmente novedoso de la consigna es la breve> preposición "por".

Antes el sujeto activo de la acción política era el gobernante; ahora, se pretende que sea el conjunto de los

gobernados. Es un giro completo. A partir de esta inflexión histórica no sólo las repúblicas, sino los

principados, las monarquías y aun los imperios, tienden a configurarse con arreglo al ideal popular. Salvo

paréntesis de absolutismo o situaciones de excepción, más_o menos vergonzantes, las formas políticas

contemporáneas han sido tácitas o expresas variaciones sobre el tema democrático.

Pero, como en la práctica los pueblos no pueden gobernarse a sí mismos, ni siquiera a escala cantonal,

todos los debates constitucionales fueron a centrarse en torno a la representación, hecho preterido pero de

capital importancia. ¿Como asegurar el gobierno popular? Desde luego, con el sufragio universal. ¿Cómo

contabilizar los votos? A primera vista pareció que lo natural era proclamar al candidato que había

obtenido la mitad del sufragio ^más uno; pero en tal supuesto no _ estarían representadas las minorías.

¿Cómo darles voz en la cosa pública? Con el sistema proporcional que, por cierto, transformó los partidos

políticos en piezas axiales y necesarias. Y ¿cómo hacer posible que la Cámara de representantes controle

al Gobierno? Con el permanente voto de confianza. Esto es, esquemáticamente, el proceso del Estado

demoliberal: una lucha por la representación.

Las dificultades no se hicieron esperar. Un diputado, ¿es un mandatario o un ciudadano que, después de

elegido, puede opinar como quiera? Si lo primero, los parlamentos no son órganos colectivos de diálogo,

sino reuniones de plenipotenciarios en las que huelgan los •argumentos : si lo segundo, se volatiliza la

representación. Y, ¿quién designa a los candidatos electorales? Si es cada votante, serán innumerables; si

es el partido, se asesta un rudo golpe a la pretendida autodeterminación popular. Y ¿cómo se hace el

escrutinio? Si por el sistema mayoritario, se puede llegar, como en Inglaterra, el contrasentido

democrático de que gobierne un partido minoritario. Pero si se opta por el sistema proporcional, aparecen

multitud de fracciones que obligan a coaliciones inestables y que desembocan en la ingobernabilidad.

A pesar de estos y otros muchos pesares, durante siglo y medio los juristas, los dirigentes, los partidos y

las masas han insistido, en resolver la cuadratura del círculo de la representación. Sus esfuerzos tendían a

convertir en realidad la utopía del gobierno "por" el pueblo. Es preciso subrayar enérgicamente que el

ideal político contemporáneo no ha sido ni la república ni la monarquía, ni el nacionalismo ni el

federalismo, ni el autoritarismo ni el liberalisrrío; ha sido el Estado representativo. ¿Es ésta la forma

política de hoy y la del futuro próximo? Y,o creo que no. En la morfología constitucional de Occidente se

está produciendo _un fuerte viraje. El Nuevo Régimen periclita. Se van imponiendo unos gustos políticos

distintos y, con ellos, otro proyecto de convivencia. ¿En qué consiste el naciente estilo?

Frente al Estado representativo se alza el Estado técnico, y en todos los niveles hay. indicios de este

relevo de ideales. Los sociólogos llevan dos lustros denunciando un hecho tan espectacular como

evidente: la deserción política de las masas. Los altos porcentajes de abstención electoral no disminuyen.

La apatía política es un fenómeno muy generalizado; pero que se agudiza en las promociones jóvenes.

Los partidos, incluso los de mayor tradición, se oligarquizan y fosilizan. Florecen, en cambio, los grupos

de presión y los sindicatos relativamente despolitizados. Se ha perdido la fe en los cubileteos electorales y

en las sutiles fórmulas jurídicas para reglamentar la representación. Y, sobre todo, la racionalización de

las ciencias sociales ha convertido la acción de gobierno en algo casi tan técnico como la rríediciña o la

ingeniería. Nadie pretende que su cirujano o el director de su fábrica sea un hombre "representativo" ; lo

que pretende es que sea capaz. Y algo análogo acontece con los gobernantes. El hombre medio no tiene

opinión sobre un. inmenso número de cuestiones altamente especializadas, que hoy competen a la

Administración. No insiste en que los gobernantes sean sus mandatarios, sino en. que sepan y acierten. El

vocablo decisivo no es representación, sino eficacia.

Este planteamiento ilumina desde un ángulo muy peculiar todas las cuestiones políticas. La cosa pública

se aproxima audazmente a la perspectiva de las sociedades anónimas. La cuestión representativa se

plantea en términos distintos. Más que elegir, lo que importa es fiscalizar; más que autogobernarse, ser

bien gobernado; más que soberanía, bienestar; más que intervención, rentabilidad; más que libertad,

seguridad. Hay un desplazamiento hacia dimensiones realistas, hacia valores políticos modestos,

concretos y mensurables. Las ideologías, es decir, las pseudofilosofías sociales con su cortejo de grandes

palabras y de conceptos en caricatura, atraviesan una crisis de general desinterés y desconfianza. Y la

figura del político retórico y demagogo está siendo desplazada por la del experto burócrata y objetivo.

Paralelamente al desarrollo económico, estamos asistiendo a un serio avance en la milenaria carrera del

"logos"; la política no como concierto de voluntades y de pasiones, sino de razones y de técnicas.

Dos de las consecuencias más generales de este firme impulso racionalizadpr son el robustecimiento de

los poderes eje cutivos y el automatismo institucional. En los últimos años se ha acentuado la tendencia a

la concentración, autonomía y estabilización de las facultades gubernativas. El panorama universal es

claro en este punto. Es la extrapolación del "manager" a la cosa pública. Pero, al propio tiempo, como en

las grandes empresas, se ha tratado también de contrarrestar los peligros del personalismo mediante el

régimen de equipos, la regulación anticipada de los relevos, la extensjón de la previsión y de la

reglamentación a todos los niveles, el automatismo y la institucionalización. Hoy una Constitución no es

tanto una pretensión de perfecta adecuación a unos ideales de autenticidad representativa, como un eficaz

saber a qu-é atenerse, una clara regla d_el juego social. Y esto es singularmente cierto a la: altura de las

magistraturas supremas. Las gentes quieren, también para la soberanía, una póliza de seguro. Sucesiones

automáticas como la de Kennedy o Pablo I son lo mismo para los autoritarios que para los demoliberales,

para los monárquicos que para los republicanos, dos modos eficaces de despejar la incógnita de? futuro,

dos formas de previsión. A estas^ alturas del siglo, la realeza hereditaria no es un mito, sino una fórmula

técnica para resolver el angustioso problema de la continuidad; ya no es un polo de atracciones

emocionales, ni un símbolo ^deológico, sino una ecuación matemática: el rey ha muerto, viva e! rey. El

"perpetuum mobile" de la política. Nada menos que esto: la vida colectiva sin fisuras, sin que

periódicamente todo vuelva a ponerse en juego con grave riesgo de pérdida.

El novísimo régimen es, en cierto modo, una síntesis del antiguo y del nuevo, una suma de los elementos

racionales de ambos, una liquidación de su ganga retórica y de sus imposibles extremismos. Por antiguo

que sea, todo lo contrastado tiene derecho a permanecer: así la división de poderes o la monarquía

hereditaria, válidos en los más vanguardistas contextos, como si fueran teoremas eu.clídeos. El Estado

técnico que asoma sobre el horizonte sé asemeia no poco a, lo que Ccmte llamaba el Estado positivo, o

sea, la forma social que corresponde al progreso científico. La historia de la acontecido entre la toma de la

Bastilla, €_ Hiroshima podría titularse así: de la libertad a la seguridad y de la representación a la eficacia.

Gonzalo FERNANDEZ DE LA MORA

 

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