Autor: Fernández de la Mora y Mon, Gonzalo. 
   "América y Unamuno"     
 
 ABC.    28/05/1964.  Página: 77-78. Páginas: 2. Párrafos: 6. 

«AMERICA Y UNAMUNO»

de M. GARCÍA BLANCO

Ed. Gredas. Madrid, 1964. 434 páginas.

por Gonzalo FERNANDEZ DE LA MORA

Manuel García Blanco, cabeza visible de la erudición unamunista y editor meritísimo de las "Obras

Completas", reagrupa en un volumen, con ocasión del centenario, diez trabajos publicados entre 1954 y

1959, y un ensayo inédito. "Aunque son escritos apenas conexos entre sí, todos despejan Incógnitas de

una ecuación importante: Unamunoe Hispanoamérica. Desde que en 1893 Menéndez Pelayo publica el

primer tomo de su "Antología de poetas hispanaamericanos", la vida literaria de las antiguas colonias es

objeto de -un creciente interés metropolitano. Las "Cartas americanas" de Valera son un testimonio

relevante. El tena. enteramente replanteado a raíz del 98, ya no cesa de ganar envergadura hasta encontrar

en Maeztu su formulador de mayor aliento. ¿Qué lugar ocupa Unamuno en este movimiento

americanista?

García Blanco comienza recordando que don Miguel era hijo de un indiano enriquecido en Méjico, que

durante un lustro fue crítico de libros hispanoamericanos en la revista "La Lectura", que a lo largo de

treinta años colaboró en periódicos bonaerenses y que mantuvo estrechas relaciones personales y librescas

con las literaturas castellanas de ultramar. Este ultimo punto es el único que el autor desarrolla. Y lo hace

apoyándose en una serie de escritores de la otra orilla. El primero es el argentino Manuel Gálvez, de

cuyas novelas se ocupó don Miguel, quien fue correspondido con el extenso ensayo "La filosofía d e

Unamuno". El segundo es Rubén Darlo, autor de un artículo, "Unamuno poeta", que rompió el hielo que

cercaba a la lírica unamuniana. Pero el agónico vasco tardó mucho en pagar en la misma moneda: "no fui

justo ni bueno con Rubén", confiesa en un homenaje póstmmo al nicaragüense. El tercero es el uruguayo

Zorrilla Sanmartín, a quien Unamuno admiraba mucho como poeta, un poco como ensayista, y apenas

nada como historiador. El cuarto es el mejicano Alfonso Reyes, quien mantuvo nutrida correspondencia

con el rector salmantino. Vienen, en quinto lugar, un grupo de escritores venezolanos —Coll, Díaz

Rodríguez, Gallegos, Zubillaga y Blanco Fombona—con los que Unamuno tuvo contactos, en algún caso

fugacísimos. El sexto es el uruguayo Vaz Ferreira, a quien don Miguel estimaba mucho como pedagogo,

y con el que cruzó largas y significativas cartas de crítica mutua. El séptimo es el argentino Ricardo

Rojas, algunos de cuyos libros Unamuno Juzgó con benevolencia en. artículos. Pero los comentarios más

sabrosos sobre el léxico y el estilo de Rojas los formuló como confidencias epistolares. En ellas está

algún revelador testimonio de la estética unamuniana.

El volumen Se clausura con tres ensayos, uno acerca del entusiasmo de Unamuno—a mi juicio

excesivo—por la epopeya de Martín Fierro, y dos sobre el eco de cuatro poetas norteamericanos en don

Miguel. Considerable fue, sin duda, el influjo de Whitman con sus versos no" rimados y su pensamiento

tan caro a Unamuno: "Este no es un libro, lo qua tocas es un hombre." ¿Qué sustancia conceptual se

desprende de las cartas´que García Blanco publica, .y de los textos que cita fragmentariamente? Muy

escasa, por desgracia. Queda muy en claro el "misogalismo" de Unamuno, es decir, su antipatía hacia lo

francés. Reaparecen las catarsis antitüetatoriales en términos de libelista: "la abyecta tiranía pretoriana y

policíaca que está saqueando, envileciendo y entonteciendo a nuestra España". Hay también algunas

líneas de hondo interés autobiográfico: "la desesperanza trascendental, el "tedium vitae" me cerca como

nunca" y sus preferencias por "Paz en la guerra", "Del sentimiento trágico de la vida" y "La vida de Don

Quijote y Sancho", que llama "mi obra capital". Interesante el juicio sobre Menéndez Pelayo—"esnecie

de humanista del Renacimiento"—y la crítica a sai antiguo maestro Spencer: "espíritu más extenso que

hondo y atacado de una verdadera Incapacidad para la especulación propiamente filosófica" V muy

reveladores los comentarlos etimológicos sobre vocablos de dudosa castellanla, lo que pone en evidencia

una expresa voluntad de perfección formal, que algunos han pretendido no ver en la trabajada prosa

unamoniana.

Escrupulosidad minuciosa y serena simpatía son IBS notas dominantes en estos trabajos eruditos. García

Blanco encuadra históricamente los textos y exprime sus significaciones. Hay pasajes de la biografía de

Unamuno aue.se enriquecía con nuevos datos, y aspectos de las relaciones literarias hispanoamericanas

que se iluminan. Pero preciso es reconocer que casi todo es muy anecdótico y menor. El gran tema, el de

la actitud unamunlana ante las Espafias de ellende el mar, no es objeto de cabal tratamiento. Sólo queda

de manifiesto 3a curiosidad de tfaamuno por las literaturas hispánicas, su eco en ellas y su idea de la

unidad ideomática, demasiado optimista, por cierto. García Blanco no aborda, en esta ocasión, las

cuestiones generales y de fondo, salvo, muy rápidamente, en el breve ensayo prologa!. Allí atribiye a

Unarmuno la invención de la voz "hispanidad". Pero el texto qu« aduce es conceptualme-nte poco

convincente porque en él contrapone don Miguel la hispanidad a la americanidad, lo que capitalice

disminuye peligrosamente la noción de lo hispánico.

Este año se cumple el primer centenano de don Miguel de Ünamtmo, que fue, junto a Ramiro de Maeztu,

la figura Ideológicamente más valiosa del 98. Escribió narraciones, versos y obras de teatro; pero no fue

ni un novelista, ni un poeta; ni un dramaturgo. La pura creación literaria ocupa un lugar jerárquicamente

muy secundario en su obra. Lo que tiene fabulosa fuerza son sus pensamientos, no sobre la esencia d-e las

cosas, sino sobre el vivir. Porque careció del mínimo de objetividad necesaria para ser un metafisico: "con

los años—escribe a Rubén—^se va encorvando dentro de mí el inquisidor calvinista, descontentadizo y

áspero. q.ue siempre he llevado dentro de mi" Y. en otro lugar, hace a Vez Perreira esta tremenda

declaración agnóstica: "los que busquéis soluciones y certezas, no me las pidáis a mi. No las tengo para

dároslas, y es más, no las quiero para mí. La, certeza serla la muerte...; yo prefiero flotar sin ancla".

Unamuno fue una pasión puesta no a poetizar, sino a meditar. El resultado no fue una antología, sino unas

confesiones sabias, materiales Para una filosofía de la vida. No fue un constructor, sino un agitador. La

verdadera grandeza de Unamuno está en la angulosa y robusta autenticidad de sus vehemencias

especulativas.—G. F. M.

 

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