Autor: Fernández de la Mora y Mon, Gonzalo. 
   La cuenta de treinta años     
 
 ABC.     Páginas: 1. Párrafos: 7. 

LA CUENTA DE TREINTA ANOS

UN Estado no ce otra cosa sino el mecanismo que los humanos fabrican y utilizan para alcanzar tres fines

prácticos estrechamente conexos: el orden, el desarrollo y la justicia. Siglos de abstracciones, de ¿pica y

de utopismo han contribuido a que se olvide el carácter puramente instrumental del Estado, y a que

muchos lo conciban como un precepto, un mito o un ideal. Nada de eso. El Estado es una herramienta

inventada y trabajosamente puesta a punto para servir a sus usuarios. Y por eso la conceptuación de un

Estado no depende de su analogía con un esquema imaginativo, sino de su capacidad para alcanzar los

fines para los que ha sido hecho. La valoración del Estado con arreglo a prejuicios ideológicos conduce al

absurdo. Cuando se creía, por ejemplo, en el derecho divino de las dinastías, resultaba que- un", reino era

bueno si su titular poseía el mejor derecho. Cuando se cree en el dogma de la soberanía popular, acontece

que una república es buena si el supremo magistrado cuenta ^con la mayoría de los votos. Ambos

criterios, además de ser subjetivos y contradictorios, son sencillamente inadecuados. Hemos padecido

monarquías y repúblicas formalmente legítimas (la de Carlos IV y la de Salmerón, respectivamente) y, sin

embargo, muy malas. Hemos contado con absolutismos excelentes, como el de Isabel I, y detestables

como el de Bonaparte. Y hemos tenido "democracias" pésimas, como la de Negrín, y llevaderas, como la

canovista.

En suma, lo que se debe pedir al Estado, lo mismo que a cualquier otro artefacto útil, desde el arado hasta

la lógica, es que sea eficaz, que rinda y cumpla. £1 método no es ia retorica, sino el cálculo. Juzguemos

con este criterio neutro y empírico al Estado que puso la paz y con ella la piedra fundacional de su obra,

hace treinta años. ¿Cuál es el saldo que arrojan las tres cuentas principales de la contabilidad política, las

del orden, el desarrollo y la justicia?

Comencemos por el patrón "orden", que es el que sirve de cimiento existencial a los demás. Hay orden en

aquellas sociedades en las que la autoridad se impone efectivamente; es lo contrario del conflicto violento

y de la anarquía. A pesar de que se partía de un nivel caótico, la eficacia de nuestro Estado, por lo que al

orden se refiere, ha sido sencillamente espectacular. La paz interna ha sido prácticamente completa. Un

pueblo que llevaba siglo y medio de inseguridad, de subversión y de guerras civiles, acaba de vivir tres

decenios de plena y continua vigencia del principio de autoridad. J. L. Cornelias, uno de los más jóvenes

e inteligentes historiadores de la España contemporánea, ha escrito: "Entre la insurrección de los

bagaudas, a- comienzos del último tercio del siglo IV, y la invasión de los suevos, vándalos y alanos, el

año 4C9, transcurren alrededor de treinta años de paz en España. Desde entonces, y a lo largo de mil

quinientos años de historia, no ha vuelto a registrarse en este país un período pacífico—en lo interior o

exterior—tan prolongado hasta la época posterior a 1939." Es indudable que ningún otro de los Estados

que hemos tenido los españoles ha alcanzado, en este ámbito, un grado tan alto de eficacia. El

examinando pasa, pues, la primera prueba "cum laude"

¿Y el desarrollo? Este segundo factor se refleja con bastante aproximación en las cifras de la renta

nacional por habitante. Recordemos, a guisa de introducción, que las posiciones de partida eran tatísimas.

La mayor parte de nuestro suelo había sido campo de batalla. La economía nacional estaba desmantelada.

Un testigo, nada sosoechoso de complicidad con el Estado del 18 de Julio, Manuel Azaña, hizo en 1938, a

la vista de tanta ruina, el siguiente pronostico: "durante cincuenta años, los españoles están condenados a

pobreza estrecha y a trabajos_ forzados... esto ya no tiene remedio". Pues bien, bastan diez años para

recuperar la andadura. Y en 1964 la renta por habitante, que ya era de 6.489 pesetas en 1950, se eleva a

más de doble, a 13.819 (ambas cifras en unidades monetarias constantes), lo que supone un real

incremento del 7 por 100 anual. Un salto de esta envergadura no tiene más paralelo que el del Japón a

finales del siglo XIX. Comparado con los precedentes patrios, el progreso es literalmente asombroso. En

el período que va dT 1913 a 1935 nuestra renta por habitante pasa de 7.258 pesetas a 8.520, lo que

significa una modestísima tasa anual de decimales. Expresado en otros terminas: en ios doce meses de

1953 la renta por habitante se eleva casi tanto como en el cuarto de siglo anterior al Alzamiento. Se

podría pensar que España sigue el ritmo de los demás países. Fabo. Crecemos más y recuperamos el

tiempo perdido. Un dato simbólico y clave: en 1950 nuestro consumo de electricidad por habitante era

menos de la tercera parte del francés, hoy es más de la mitad. Nos acercamos a la vanguardia. El Estado

del 18 de Julio pasa el examen del desarrollo coronado de laurel Es lo que, con fundada metáfora, se ha

llamado el milagro económico español.

¿Y la justicia? Esta virtud capital consiste en dar a cada uno.lo suyo. Por lo que a los bienes materiales se

refiere, un Estado es justo cuando distribuye las rentas según los méritos de cada ciudadano, evitando las

diferencias excesivas, es decir, con tendencia igualitaria. El sentido de una justicia social se refleja

estadísticamente en la evolución de la participación de los asalariados en el total de los ingresos del país.

Antes de 1936 la participación de los trabajadores en la renta nacional era del orden del 40 por ICO; en

1963 la cifra está ya en 53,4, y va ascendiendo hasta el 58,5 en 1957. Dentro del ámbito occidental no hay

una participación porcentual de los trabajadores superior a la. española, salvo en los Estados Unidos,

Suecia y Canadá. Para el año 1967 las rentas del capital y de las sociedades sólo representan un 15,9 por

100 de los ingresos nacionales; es una de las cifras más bajas dtl mundo Ubre. Esto significa que de los

sucesivos incrementos de la renta nacional, la mayor parte va a los asalariados, con lo que, si continúa

este proceso al mismo ritmo, se puede prever que hacia 1980 las rentas del ^ capital y de las sociedades

representarán menos del 10 por 100 del producto nacional, percentaje que supera las máximas

aspiraciones de los partidos socialistas. Y por lo que ss refiere a los bienes culturales, anotemos, a título

de ejemplo, que el número de alumnos de enseñanza, primaria pasa de 3.452.000 en 1962 a 4.025.000 en

1965; el de enseñanza media de 622.000 a 960.000, y el de enseñanza superior de 88.000 a 138.000. Tan

enérgicas alzas se encaminan hacia la igualdad de oportunidades. En nuestra Historia contemporánea este

esfuerzo de elevación del nivel económico de los trabajadores y de acercamiento de las clases no -tiene -

parigual. También el tercer ejercicio lo pasa brillantemente el Estado del 18 de Julio.

¿Quiere esto decir que todo ha sucedido de modo irreprochable? Evidentemente, no. La falibilidad y la

imperfección son dos notas inseparables de la existencia humana. Pero una valoración equilibrada no

consiste en enumerar deficiencias, sino en llegar a la sentencia global. En todo balance hay siempre un

pasivo y, sin embargo, lo que importa es el último saldo. Y ese saldo político es positivo en términos

absolutos, y se nos ofrece como espectacularmente logrado, si se compara con los resultados que venía

registrando nuestra historia contemporánea. ¿Debemos, pues, darnos por satisfechos? De ningún modo.

Procede llevar los márgenes de libertad a los límites máximos compatibles con el orden. Hemos de poner

en el banco de pruebas las instituciones previstas y aún ño ensayadas. Tenemos que continuar acortando

las distancias que todavía nos separan de los países más desarrollados de Europa. Hay que alcanzar la

necesaria igualdad de oportunidades. Y no se puede detener la marcha hacia una distribución cada vez

más justa de las rentas. El hombre no llegará jamás al punto omega de la perfección absoluta; pero su

destino es intentarlo incansablemente. Lo notorio e indubitable es que estamos "in via", en buen camina.

El análisis objetivo de los resultados demuestra que disponemos de algo que, desde tiempos de Carlos III,

nos había faltado: un instrumento estatal razonablemente eficaz. No lo sustituyamos por herramientas,

acaso de bella traía, pero que resulten demasiado blandas o demasiado rígidas para la realidad celtíbera.

Rehuyamos las aventuras. La raxón nos aconseja agotar, por una vez, la fecunda posibilidad que nos

brinda la Historia.

Gonzalo FERNANDEZ DE LA MORA

 

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