Autor: Ramírez, Diego. 
   Europa como pretexto     
 
 Blanco y Negro.     Página: 30. Páginas: 1. Párrafos: 8. 

Europa como pretexto

De Diego Ramírez, en «Arriba».

«En los últimos meses, los ´lectores de periódicos hemos asistido a una reiterativa campaña —

a veces expresa, pero de ordinario encubierta bajo vocablos ambiguos— en favor del retorno al

viejo y para nosotros nefasto sistema de partidos. Las razones aducidas no son numerosas y,

entre ellas, sobresale • por su más reciente insistencia el llamado "reto de Europa". He aquí,

esquematizada, la argumentación: "El bien común de los españoles exige nuestra

incorporación al Mercado Común; es así que el sistema de partidos políticos es condición

previa para la integración en la Comunidad, luego hemos de adoptarlo inmediatamente".

Analicemos este silogismo que, como se verá, en inaceptable y sofístico.

En primer lugar, no es cierto de manera absoluta que la inmediata integración de España en el

Mercado Común sea un bien deseable, y por eso nuestro país no ha solicitado nunca la

integración plena. Pero es que, además, si la Comunidad nos ofreciera hoy dicha integración

inmediata, habría que aplazarla. A pesar de los inmensos progresos logrados en el último

decenio, las estructuras económicas de España todavía no están en -las condiciones óptimas

para la integración. A corto plazo éste no es, pues, un objetivo deseable para nuestro país. El

punto de partida de la argumentación es inexacto.

En segundo lugar, lo que sí es un objetivo político de nuestro país es la progresiva colaboración

con el Mercado Común en la ´línea de una futura asociación. Ahora bien, lo que en esta etapa

interesaba lograr ya se ha alcanzado con el Convenio de 1970, que abre el camino para una

homogeneización de^ estructuras económicas y para una vinculación comercial y financiera

cada vez más estrecha. Por cierto que dicho Convenio, firmado sin ´necesidad de introducir

ningún cambio en las instituciones políticas de España, está en plena ejecución. No se ha

perdido ninguna oportunidad; se han aprovechado todas de Ja manera más beneficiosa para

España y nos encontramos en el camino más conveniente para los intereses nacionales. En

suma, hemos recogido el reto del Mercado Común del modo más estimulante, menos peligroso

y más positivo para España. Los portavoces de la Europa, como pretexto, fingen ignorar este

hecho fundamentalísimo.

En tercer lugar, no es cierto que el sistema de partidos políticos sea una condición expresa e

imprescindible para la integración de un Estado en el Mercado Común. El Tratado de Roma no

recoge tal exigencia. Y el ejemplo de Turquía demuestra hasta qué punto se puede participar

en ´las instituciones pan-europeas sin disponer de una forma demoliberal de Gobierno.

En cuarto lugar, todavía es menos cierto que el futuro de una Europa unida vaya a fundarse

sobre el sistema de partidos políticos. Toda la Europa • del Este, y la mayor parte de la

mediterránea, rechazan tal sistema. En el reducido número de países que lo practican es clara

la tendencia hacia la limitación del pluripartidismo, al robustecimiento de la autoridad monolítica

dentro de cada partido, y al presidencialismo. Francia es un ejemplo arquetípico. Pero hay más.

El sistema de partidos está siendo uno de los más poderosos obstáculos para la construcción

de Europa, porque los verdaderos protagonistas del ideal paneuropeo tienen que ser las

naciones, y no las facciones. En el Reino Unido, el bipartidismo amenaza más seriamente que

ninguna otra institución la integración británica con Europa. Y se da, además, la circunstancia

agravante de que el socialismo es antieuropeísta en Inglaterra, europeísta occidental en

Bélgica, y europeísta, incluso hacia el Este, en Alemania. La partitocracia es un factor negativo

en el laborioso proceso de la unidad occidental, y por eso los Gobiernos tienen que apelar al

referéndum, saltándose a los partidos. Si pensamos no en el mañana inmediato, sino en el

futuro próximo, resulta muy arriesgado suponer que la Europa unida pueda tener como

cimiento el •sistema ds partidos. Quienes así lo imaginan, o ignoran !o que está aconteciendo,

o tienen sus mentes detenidas en los planteamientos del siglo XIX.

En quinto lugar, si la Comunidad Económica Europea pretendiese condicionar las voluntades

nacionales en el sentido de imponerles el sistema de partidos, se plantearía el problema moral

de renunciar o no a la autodeterminación soberana, y el problema político de sopesar las

ventajas de una integración a cambio de los inconvenientes de una reforma constitucional

interna. Respecto a lo primero, hay que afirmar la autodeterminación política y repudiar las

injerencias extranjeras en los asuntos internos. Esta ha sido siempre la actitud que ha resultado

fecunda para nuestro pueblo desde los días de la primera e histórica manifestación de la plaza

de Oriente. Respecto a lo segundo, conocemos el antecedente de Grecia, que prefirió el orden

y la prosperidad interiores a su presencia en la Asamblea de Estrasburgo. Los gobernantes

griegos no actuaron por prejuicios, sino de un modo puramente empírico, y optaron por lo que

consideraron mejor para su país. La integración continental a cambio del caos nacional sería

una operación que sólo los suicidas pueden aconsejar a sus conciudadanos. Afortunadamente,

ésta es una hipó tesis ´límite que ni se ha planteado, ni se plantea a España, puesto que la

Comunidad no nos ha requerido a renunciar a ninguna de nuestras instituciones para iniciar el

camino de la cooperación y de la futura asociación, que estamos recorriendo al ritmo que

conviene a nuestro país. Y en sexto lugar, no podemos olvidar que ha sido precisamente el

Estado del 18 de Julio el que, sin partidos políticos, ha puesto a la Nación más cerca de los

niveles socro-económicos´ de -Europa que en ningún otro momento de la Edad

Contemporánea. Fue, en cambio, el sistema de partidos políticos el que llevó a la España de la

Ilustración, que era todavía una gran potencia europea, hasta el grado de postración y de real y

efectiva deseuropeización a que llegamos en 1935. Con las instituciones vigentes, que

expresamente proscriben el partidismo, no hemos cesado de ganar posiciones en el «ranking»

mundial (en diez años hemos ascendido cinco puestos), y de acortar posiciones con los países

que figuran a la vanguardia de Occidente: en 1963 nuestra renta por habitante era el 35 por

100 de la británica y hoy representa el 55 por 100. El reto de Europa no es un argumento a

favor de la vuelta a los partidos políticos en España, sino, al revés, un colosal argumento para

erradicarlos sin la menor vacilación. En suma: los postulados del silogismo no son verdaderos;

pero, aunque lo fueran, la conclusión correcta sería la contraria. Tenemos, pues, derecho a

exigir a los entusiastas de la partitocracia que cesen de confundir a sus oyentes, por fortuna

escasos, con su insostenible sofisma Los partidos políticos estuvieron a punto de limarnos por

la borda del barco continental. Hoy, sin ellos, estamos más dentro que en cualquier otro

momento de la Edad Contemporánea. Los que aspiran de verdad a situar a nuestro pueblo en

los más altos y nobles niveles del navio de Europa, son quienes postulan la continuidad de las

instituciones que nos han permitido ascender un peldaño cada día. Franco es el máximo

europeizador de la España contemporánea. No retrocedemos en el camino que él nos ha

trazado; desoigamos las invitaciones al suicidio y prosigamos hacia adelante con firme tesón y

fundada esperanza.»

 

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