Hablemos claro     
 
 Blanco y Negro.     Página: 31. Páginas: 1. Párrafos: 5. 

Hablemos claro

No decimos que no nos ocupemos otro dfa del lema que aparece como objeto del artículo

.«Europa como pretexto», que ha publicado «Arriba»; pero nos parece más urgente ocuparnos

del objeto real de ese artículo, que no es Europa, sino la «reiterativa campaña —a veces

expresa, pero de ordinario encubierta bajo vocablos ambiguos— en favor del retorno al viejo y

para nosotros nefasto sistema de partidos».

No vamos a argumentar. ¿Tendría algún sentido intentarlo, cuando los argumentos van a

estrellarse contra la deliberada negativa a hacerse cargo de ellos, pues lo que se pretende es

algo tan viejo como «vestir al maniqueo», disfrazar al adversario de forma que no pueda

reconocerse siquiera, pero que permite los más terribles dicterios y las réplicas más

arrolladoras y triunfa les? ¡Partidos! Lo que en ese artículo se presenta como sistema de

partidos es claro que por lo que a nosotros pueda afectar —hablamos sólo en nombre propio—

no lo hemos pedido nunca, y podemos remitirnos a un historial bastante más largo que el del

articulista como prueba de que no improvisamos. No hemos pedido ni, que nosotros sepamos,

nadie de los que obviamente aparecen aludidos ha pedido partidos con los mismos males que

ya conocemos. Se ha pedido sólo que se cumplan las leyes que establecen una canalización

de la concurrencia de criterios, en la que vemos, además, no la artificiosa adaptación a un

patrón exterior, sino al desarrollo coherente, la evolución homogénea de lo que fue el

Movimiento desde el principio.

¿Hasta cuándo tendremos que seguir repitiéndolo? Hace sólo unos días que leíamos un

artículo en el que se pedía la modificación de las elecciones a procuradores familiares, que en

su Forma actual, de elección directa por cabezas de familia y mujeres casadas, se rechaza por

inorgánica, proponiendo que se haga a través de asociaciones familiares. Y cuando alguien ha

propuesto agrupaciones circunstanciales para lanzar y apoyar candidatos, «Arriba» ha salido

también a fulminar al proponente. ¿Hemos de entender por ello que de lo que se trata es de

cerrar una puerta por la que entra en las Cortes el aire fresco de la calle, la voz directa del

país? Y eso significa desconocer las exigencias de una Ley Fundamental que establece un

sistema de elección que no podría ser derogado sin recurrir al referéndum. ¿No hemos de

entender que detrás de esa campaña contra los fantasmales partidarios de la «partitocracia»

está la reacción ante unas leyes que les estorban, que se querría eliminar, pero cuya

modificación no se atreven a proponer los que ´ piensan así, en vista de lo cual se dedican a

desprestigiar a quienes las invocan para demorar indefinidamente su cumplimiento? Y todavía

más: en las mismas páginas acabamos de leer que «la problemática española, en este campo

concreto de la representatividad, debe desenvolverse, sin duda, por los cauces establecidos en

las leyes vigentes». ¿En qué quedamos? ¿Cómo se compagina esto con le anterior?

Esas leyes fueron propuestas por Gobiernos del Régimen, aprobadas por instituciones del

Régimen, en algún caso refrendadas por el voto clamoroso del país, suscritas por el Jefe del

Estado, defendidas hoy por ministros de la nación, como en su momento lo fueron por algunas

personas que luego se han vuelto contra ellas. ¿Qué revelación súbita han tenido sobre los

peligros ocultos de lo que entonces sólo les parecía beneficioso? ¿Es posible que tantos se

equivocasen entonces y tan pocos acierten ahora? Y si están tan seguros de lo que piensan,

¿por qué no lo dicen y declaran que esas leyes, a partir de la Ley Orgánica del Estado, fueron

una equivocación; que el Movimiento mismo, como concentración de tuerzas diferentes que no

perdieron su peculiar significación, fue otra equivocación, puesto que por eso se han mantenido

en él las sutiles esencias disgregadoras que ahora olfatean ellos, aunque tan sólo ellos sean

capaces de olfatearlas?

Porque esa es la verdad de la cuestión. ¿Europa como pretexto? ¿Pero de quién? ¿De los que

sólo piden que las Leyes Fundamentales se cumplan o de los que parece que se sienten

molestos con una parte del contenido de esas leyes? Respetamos los criterios ajenos. Pero

tenemos derecho a exponer el nuestro.

"Ya", 27 mayo 1972.

 

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