Que juzgue el lector     
 
 Informaciones.    20/05/1974.  Página: 22. Páginas: 1. Párrafos: 35. 

QUE JUZGUE EL

NO hay más que un dogma político: el de la eficacia» (abril de 1970).

¿Asociaciones políticas? «Si tuviéramos asociaciones políticas, ¿tendríamos rnás orden del

que tenemos ahora? Lo dudo muchísimo. ¿Tendríamos más Justicia distributiva y social de la

que tenemos ahora? Me siento enormemente escéptlco. ¿La renta nacional crecería con mayor

rapidez...? Lo dudo bastante. Y como creo que estas son las preguntas fundamentales, cuando

me hablan de asociaciones políticas, una pavorosa Interrogante se plantea en mi mente» (23-5-

71).

¿Diego Ramírez? «Diego Ramírez ha hecho amplio y lícito uso de Ideas expuestas por mí a lo

largo de muchos años... ¿Cómo no voy a estar de acuerdo?»

«Las asociaciones políticas son algo heterogéneo con el sistema español» (2-9-71).

«El Estado democrático no ha descubierto todavía un sistema de escrutinio perfecto. Todos

deforman la opinión pública en mayor o menor medida» [«El crepúsculo de las ideologías»).

«El Estado demoliberal... es un juego de reglas complicadas y tan arbitrarias...» (id).

«El Estado nuevo, es decir, autoritario, nacional, gestor, ¿no es el que está prevaleciendo en

casi todas las latitudes?^ («Pensamiento Español», 1968).

«La genialidad de Cánovas consistió en aceptar el principio (e! sufragio universal) para luego

falsearlo sistemáticamente» (id).

«Cuando todo va bien, el ciudadano se amodorra; pero cuando algo amenaza su tranquilidad,

se Inquieta y se agita, y se manifiesta mediante la algarada. Ja huelga o el voto» («El

crepúsculo...»).

«Luego la salud de los Estados libres puede medirse por el grado de apatía política. El

fenómeno no es Inquietante, sino esperanzador» («El crepúsculo...»).

«No es tan sólo que el ejercicio de las libertades concretas sea cada vez más difícil por causas

fácticas y jurídico-políticas. Es que el mito de la libertad se está desvaneciendo en las

conciencias. Las masas se Interesan preferentemente por la seguridad» («El crepúsculo...»).

«Hoy todo el mundo sabe y siente que entre el voto depositado en la urna y la ley

promulgadora se Imponen tantos mecanismos arbitrarios que el elector se esfuma» («El

crepúsculo...»).

En estas mismas páginas escribimos el pasado día 13: «No hacía falta remontarse a Berenguer

para decir que a uno no le gustan las elecciones, ni las libertades políticas que impiden al

Estado Imperar, ni que los ciudadanos formen grupas políticos, ni mucho menos que conciban

y expresen una ideología.» Escribimos lo anterior a propósito del autor del artículo «El error

Berenguer», y también de las citas anteriores,

Don Gonzalo Fernández de la Mora, Intelectual y politico, nos replica que hemos Incurrido en

falsedad. Juzgue el lector. Decimos que el pensamiento de don Gonzalo es estatista,

tecnocrático. desarrollista...: juzgue e! lector de cuanto hemos escrito y escribiremos aceptando

la invitación de aquél a que nos remitamos a sus escritos. En uno de los cuales (prólogo a •

Pensamiento español 1968») leemos:

«Los males de la politización Intelectual son muy graves. El primero es el pragmatismo: los que

viven el pensamiento como un trámite para actuar acaban ignorando la estricta teoría (...). E)

segundo, el subjetivismo. Los que utilizan las Ideas como un medio para acceder a la minoría

gobernante {...}. Tercero, la relativización. La acción política es circunstanclalísima (...), un

cierto oportunismo lo es consustancial (...). Cuarto, frustración personal. Son muy pocos los

Intelectuales que logran realizarse plenamente como estadistas (...). El Intelectual politizado

suele ser mediocre en los dos planos: en el de tas Ideas y en el de los hechos. Se malogra en

su pretensión de rigor y en su ambición de mando. Por eso suele ser un resentido, y no hay

estado de ánimo más audestructor y socialmente más negativo que el resentido (...). El jmnístro

que miente crea desencanto, pero el intelectual que falsifica crea confusión.»

Por nuestra parte, encontramos plena coherencia entre el historiador y el pensador que

preconiza un «Estado de razón» que «se define en contraposición al Estado de Derecho» y que

se caracterizarla porque «crea, aplica y hace cumplir las normas tecnológicas capaces de crear

desarrollo, convirtiéndolas también en ley»; entre el autor de «El crepúsculo de las Ideologías»

y el político que «prefiere et concepto de experto» porque «el vocablo tecnócrata se emplea

como un arma arrojadiza»; entre el ministro que declara que «las obras públicas son el

termómetro de la eficacia del Estado» (7-11-73) (lo que llevaría a poner en entredicho al

sistema que un año construyera menos kilómetros de carretera que el anterior), y el «Diego

Ramírez», que se inspira en e) ministro; entre e! editorialista de otras épocas (pese a lo cual

denomina «artículo anónimo» a nuestro editorial del día 13) y el autor de «El error Berenguer».

No vamos a enredarnos todos siguiendo a don Gonzalo Fernández de la Mora por los 18

puntos de su réplica. El señor Fernández de la Mora nos escribe: «Se me atribuye la posición

de que no me gustan las elecciones. Nunca he escrito nada parecido. Hay muchas elecciones

que me resultan gratísimas, como, por ejemplo, cuantas ha convocado el Estado del 18 de

julio.» No, señor Fernández de la Mará, que sea e! lector quien juzgue si acaso sus escritos no

transpiran y expresan el rechazo más absoluto de los procedimientos democráticos

«convencionales». Y no quiera expresar su fervor por las elecciones poniendo: «Por ejemplo,

cuántas ha convocado el Estada del 18 de julio.» Afortunadamente, las capacidades y

actuaciones democráticas-electorales del Régimen son bastante más amplias que la

inexistente fe electoral del señor Fernández de la Mora.

Lo que no hace don Gonzalo Fernández de la Mora es aclararnos la apreciación que motiva

nuestro editorial: que la Intención de «El error Berenguer» era prevenir, con tono admonltorio, a

quien ocupa el Gobierno, aunque sin mencionar la hora actúa!, sobre los «errores» del general

Berenguer, entre los cuales don Gonzalo mencionaba «el restablecimiento de la libertad», la

«convocatoria de elecciones», la «libertad de asociación», el «levantamiento de la censura, la

reintegración a \a Universidad del profesorado sancionado», etc., y, cómo no, el «alto en el plan

de obras públicas de Guadalhorce».

La opinión general Interpreta que «El error Berenguer» tiene la Intención de decir «no» a la

estrategia democratizadora y aperturista del Régimen en la hora presente. Si no, ¿por qué no

tituló «El error de Berenguer»? ¿Por qué no publicó su artículo el señor Fernández de la.Mora

hace nueve meses, cuando se conmemoró verdaderamente el aniversario de don Dámaso

Berenguer, y él aún era ministro? La técnica de la traslación histórica cae precisamente en lo

que el señor Fernández de la Mora dice en^su réplica: «inventar al maniqueo para fustigarle a

placer.»

Lo que no entendemos muy bien es por qué un Intelectual-político del fuste del señor

Fernández de la Mora, frontal y claro, recurre el tapujo hlstórico-berenguerlano. No parece que

el método de sacar e! pasado. Interpretándolo en clave presente, pero sin mencionar los

términos actuales de los problemas, sea precisamente el método universitario que don Gonzalo

Fernández de la Mora pide en su réplica a INFORMACIONES.

Mirada en si misma, sin Intenciones de extrapolar nada, la versión de «El error Berenguer» está

plagada de inexactitudes. Algunas —que no repetiremos— ya han sido señaladas en un

reciente artículo de José María Villar y Romero («Ya», 18 de mayo). La Monarquía no cayó por

los «errores» de Berenguer (esencialmente al menos). Por el contrario, «los primeros motores

de la disolución, lo mismo de la Monarquía que de la República, fueron Intelectuales: en un

caso. Ortega y Marafión, y en el otro, Ramiro de Maeztu y José Antonio Primo de Rivera. Esta

es Ja causa de que el segundo paso tenga un carácter juvenil y universitario: las primeras

rebeldías antimonárquicas se produjeron en las aulas, y Falange Española fue también un

movimiento estudiantil, lo mismo que les Juventudes de Acción Popular. En la subsiguiente

etapa de descomposición de ambos regímenes se asiste al sucesivo desembarque de algunos

de los sectores que íes sirvieron de apoyo: la Monarquía pierde el respaldo de los partidos

históricos, el del Ejército, el de los Intelectuales y el de una parte considerable de la Iglesia».

Versión ciertamente bien diferente de la que nos da el firmante de -El error Berenguer»; lo

paradójico es que su autor sea el propio Gonzalo Fernández de la Mora («Pensamiento

español 1968»).

Decir que el general Berenguer «presidió casi todas las elecciones del víacrucls patrio hasta el

14 de abril, víspera de la tragedia» («El error Berenguer»). es históricamente falso; lo cual no

pasaría de lo académico y no habría motivado nuestros editoriales, si no fuera porque se quiere

identificar ese supuesto «vía crucis» presidido por Berenguer con el intento aperturista con que

éste pretendió superar la crisis nacional que recibió del régimen primorriverista. Veámoslo a

través de dos testimonios autorizados.

En «Así cayó Alfonso XIII», Miguel Maura se pregunta «el porqué de Berenguer», y afirma:

«Porque «el Rey era el máximo responsable de la violación constitucional y del advenimiento

de la Dictadura; porque la había alentado y sostenido con calor y entusiasmo durante los seis

años de su duración-, porque nada quedaba ya en pie de la Constitución de 1876; porque

nadie, ni los .más conspicuos miembros de los partidos tradicionales de la Monarquía, creía

posible su resurrección, aventados sus organismos tras los seis años de marasmo ciudadano

Impuesto por la Dictadura; porque esas cuatro ficciones, en las que el Rey apoyaba su

conducta, producían la indignación popular, el Soberano estaba solo, completamente solo en

enero de 1930, y no podía sino apelar a uno de los generales incondicionales suyos.»

Y más adelanta añade Miguel Maura: «Para que la salida de la etapa dictatorial no acarrease

males definitivos a la Institución, habría sido menester que. en esa hora solemne, el Rey

tuviese expedito el camino de la colaboración con elementos de los partidos de Izquierda y

también con las organizaciones obreras dotadas de autoridad moral y material entre las masas

populares, sin contacto ni dependencia con las, antiguas oligarquías causantes del

desmoronamiento del régimen parlamentario.»

Por su parte, Carlos Seco (•Alfonso XIII y la crisis de la restauración»), al estudiar «la situación

en que se encontraban las fuerzas políticas sobre las que podía Intentarse la reconstrucción del

sistema parlamentario» (tras la calda de Primo de Rivera), destaca tres hechos básicos: «Por lo

pronto, la izquierda socialista se apresuró a abandonar la nave da la Monarquía...» En segundo

lugar, «que daban los restos de los viejos partidos dinásticos: las dos figuras que podían

polarizarlos a Izquierda y derecha se habían convertido, por obra y gracia de la Dictadura, en

personales enemigos del Rey» (se refiere a Sánchez Guerra, el jefe de los conservadores, y a

Santiago Alba). Por último, dice Seco: «Los otros políticos • dinásticos —Pomanones a

sufrente— hacían lo, posible, entre tanto, por obstacularizar el programa político de

Berenguer.»

Berenguer intentó restablecer la Monarquía constitucional y la libertad política. Intento viable y

honesto, que fracasó. Pero la responsabilidad de la frustración final recae, en primer Jugar,

sobre la Dictadura que le precedió, que careció de capacidad de Integración y que alejó de la

Monarquía alfonsina a los principales políticos de la época. Primo de Rivera olvidó que la

pervivencia de cualquier régimen dependa de su incorporación a la conciértela pública.

Apenas hace dos meses (23-3-74}, don Gonzalo Fernández de la Mora se refería a «la gran

operación histórica que, sin duda, hubiera I (evado a cabo a feliz término el almirante». Y

agregó, como demostración de la viabilidad de aquélla: «Sólo citaré dos ejemplos actuales y

próximos: Pompidou es el gaullismo después de De Gaulle, y Caetano, el salazarismo después

de Salazar.» Permítanos el señor Fernández de la Mora no confiar mucho en sus ejemplos

históricos. Y esperamos que comprenda nuestras reservas cuando recurre a ejemplos del

pasado para sostener sus ideas sobre el futuro. En otra ocasíón (A B C, 1R-7-72), equiparaba

Salazar —en Portugal— al Augusto fundador de un Imperio de cinco siglos; a la Constitución

americana de 1789, que aún perdura; a los documentos de la Revolución Francesa, aún

vigentes en la conciencia.

El señor Fernández de la Mora «no cree en el contraste de pareceres a nivel de masas». Cree

que el Estado se hace «para establecer el orden, para promover el desarrollo y paia distribuir

las rentas-. Que la política la hscen sólo los expertos. El señor Fernández de !a Mora elude la

batalla de las Ideas, Como si la Historia no fuera en ultimo termlno la historia da la libertad,

movida por el motor >!e las Ideas, sino las estadísticas de las obras públicas, y como si la

libertad y el progreso de los pueblos vinieran definidos por la posibilidad de circular a 150 [si no

hay restricciones) por las autopistas

Nos parece que aquella mentalidad política no conviene al pueblo español. El desarrollo no

puede ser obra exclusiva de unos gobernantes o de unos técnicos. La política tecnocrática la

hacen sólo los expertos, pero la política democrática na de contar con formas eficaces de

participación y de representación, basadas en el libre consenso. La pervivencia de cualquíer

régimen depende de su Incorporación a la conciencia pública. El carácter representativo del

orden político es principio básico de las Instituciones públicas. Quienes han llegado a creer que

pudiera bastar para el Gobierno de los pueblos una buena y recta Administración, olvidan que

la politica, la noble política, es precisamente el arte de gobierno de los pueblos; que el hombre

es un ser sociable con un pensamiento politico que si no se le llena con la verdad, otros

acabarán llenándolo con la mentira.

«Orden, Justicia y desarrollo». Insiste don Gonzalo Fernández de la Mora. Pero ni estos

pueden ser los Unes únicos del Estado ni aceptamos que se puedan entender tan

absolutamente qua la eficacia para lograrlos sea el Indicador al cual se subordinen dos

aspectos esenciales: el control del Estado por )a sociedad y el ejercicio democrático del poder

Entre el Estado y el ciudadano está la sociedad, no el Instituto Nacional de Estadística. Y con

las estadísticas en las manos, el Estado soviético podria demostrar que en (a U. R. S. S. hay

mucho orden, que la renta nacional está bastante repartida y que fa producción de acero, de

energía, etcétera, crece más rápidamente qua en otros muchos países.

No, el tínico dogma político no es la eficacia, y e! único indicador para medir e un Estado no es

boletín de estadísticas. Ese camino nos conduciría el estatismo más absoluto, porque el Estado

siempre justificará su apetencia natural de poder sin controles, en la necesidad de acentuar su

eficacia. Y ya sabe el señor Fernández de la Mora aquello de que el poder absoluto corrompe

absolutamente.

Al aplicar su teoría «empírica- a las distintas situaciones, don Gonzalo Fernández de la Mora

sería republicano si viviera en Chile (como dijo en una ocasión) y, suponemos, maoísta si en

China Continental, partidario de Chiang Kalchek sí en Taípeh. soviético si en (a U. R. S. S.,

etc., porque en todos estos Estados el poder se ha mostrado eficaz para mantener el orden,

promover el desarrollo y distribuir la renta. Lo que no cabe duda es que el «empirismo racional»

permite siempre estar cerca del poder constituido.

Regímenes no precisamente basados en el liberalismo han buscado en alguna medida

Importante su justificación histórica en la eficacia y" en la capacidad para crear riquezas,

distribuir la renta y mantener el orden... Y no es que todo Estado no deba perseguir esos fines,

sino que no podemos ser indiferentes a los metodos ni confundir la libertad con la

productividad. En una sociedad desarrollada no es admisible una política para el hombre pero

sin el hombre.- El desarrollo de la persona humana precisa satisfacer tas necesidades; el

desarrolla económico, científico y técnico tiene signo liberador, pero ha de ir acompañado por

métodos y fines de libertad personal y social.

Puede qua todo eso te parezca al señor Fernández de la Mora a doctrina, a apriorísmo opuesto

a su concepción empírica del Estado. Pero es lo que pensamos. El ciudadano se esfuerza por

mejorar su condición económica, paro los pueblos-no se movilizan unicamente en una tarea

colectiva para subir unos enteros´ la renta «per capita» o para construir una carretera. Y, al fin y

al cabo, también los más eficaces en lo material son los sistemas políticos con sociedades

fuertes y organizadas y con ciudadanos libres. ¿Ha oído hablar el señor Fernández de ía Mora

de la eficacia creadora de la libertad? Cuando era ministro y tomaba la decisión de construir tal

o cual trasvase o carretera tras navegar en tas Informes técnicos, ¿operaba como un experto o,

por el contrario, tomaba decisiones políticas que afectaban a Intereses de colectividades e

Individuos? Y las decisiones políticas, por tales, son discutibles, cuestionables y controlables.

Ha escrito don Gonzalo Fernández de la Mora que «el Estado ha de adaptarse empíricamente

a las circunstancias de cada sociedad». Pero para ser consecuente con ese principio, que nos

parece válido, tendría que -admitir que el cambio radical que la fisonomía de la sociedad

española ha experimentado en estos ultimos diez años debería Impulsar una renovación del

Estado, y que la participación popular puede llegar hoy, en la madurez del pueblo español,

donde los agudos contrastes de otras épocas hicieron fracasar intentos democratizadores.

Lo que caracteriza a Occidente es la búsqueda por medios democráticos de una síntesis de

libertad, justicia y desarrollo materiel. Para que este último no sea simple materialismo, hay que

encuadrarlo. Todas las obras públicas y progresos materiales realizados por el Régimen, que

no son poces ni superficiales, no le justificarían si no fuera porque ha permitido que ta sociedad

española tenga un rostro más moderno y pacifico y esté hoy en condiciones de plantear un

provecto democratizador.

 

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