Autor: Fernández de la Mora y Mon, Gonzalo. 
   El estado de nuestro tiempo     
 
 ABC.    14/08/1974.  Páginas: 1. Párrafos: 14. 

EL ESTADO DE NUESTRO TIEMPO

EL Estado demoliberal es uno de los multiples modelos constitucionales ensayados por el hombre. Nace

al filo de la Revolución Francesa y reviste variadas formas, según los lugares y tiempos. Su área de

dominante aplicación se limita a una parte del Occidente, y sus manifestaciones más plenarias

corresponden al primer tercio de este siglo. Entonces sus rasgos tendenciales fueron el pluralismo, el

parlamentarismo, el liberalismo económico, la politización y la minimización y colectivización del poder

ejecutivo. Analicemos quintaesenciadamente estas notas que ya pertenecen a un ideal pasado.

Pluralismo. Todas las opiniones han de participar en la configuración de la voluntad general. El

procedimiento electora] adecuado para que también tengan representación las minorías es el sufragio

proporcional. Ello da lugar a la existencia de múltiples partidos políticos y a la formalización del

fraccionamiento de las masas y de la minoría dirigente.

Parlamentarismo. La voluntad popular se expresa en la Cámara de representantes mejor que en ninguna

otra institución; allí se refleja más matizadamente que, por ejemplo, en el referéndum. Por este título el

Parlamento se convierte no sólo en el órgano legislativo y fiscalizador. sino en el verdadero señor del

Gobierno puesto que lo mantiene y lo derriba a su antojo.

Liberalismo económico. El Estado debe intervenir lo menos posible. La producción, los precios y los

salarios los determinan la oferta y la demanda. La soberanía económica corresponde a la iniciativa

privada.

Politización. El poder es para los más hábiles en el manejo de la? urnas, de la Prensa y del Parlamento

porque sólo ellos ostentan la legitimidad democrática. Se considera deseable, la permanente activación

del pueblo para promover su participación en los asuntos públicos.

Minimization y colectivización del poder ejecutivo. Para evitar todo riesgo de absolutismo el Gobierno

debe disponer únicamente de los poderes indispensables. Para ello no sólo se le envuelve en una red de

limitaciones jurídicas, sino que se le tiene casi exclusivamente ocupado en conservar la confianza •

parlamentaria, clave de la supervivencia. Las personalidades sobresalientes pueden caer en la tentación

del despotismo, por lo que, tanto en el seno de los gabinetes como en el de las direcciones de los partidos,

se tiende a promover el mando colegiado para que los más destacados se anulen mutuamente y

prevalezcan el hombre medio y las soluciones de compromiso.

Así era, esquemáticamente, lo que debería llamarse la «paleodemocracia». La • democracia actual, la de

la última posguerra, es tan distinta´que los rasgos tendenciales son casi opuestos: dualismo,

persidencialismo, planificación, tecnificación y .robustecimiento del poder ejecutiva. Analicémoslos

también muy sucintamente.

Dualismo. El pluripartidismo acarrea la impotente heterogeneidad de la coalición gubernamental y, en

consecuencia, la inestabilidad. Tales efectos aconsejan sustituirlo por el dualismo de dos partidos

dominantes, en torno a los cuales forzosamente han de ir cristalizando las demás opiniones. El

procedimiento electoral que favorece esta bipolarización de los votos es el escrutinio mayoritario. Con

ello las minorías quedan prácticamente anuladas y sin representación. También puede acontecer, como ha

ocurrido reiteradamente, que el partido que ha obtenido más votos sea el que tenga menos diputados. En

rigor, a los electores no se les ofrece un amplio repertorio de posibilidades, sino una alternativa a veces

simplicísima y escasamente diferenciada. Se minimiza la representatividad: pero se obtiene un dualismo

que permite gobernar.

Presidencialismo. El poder preponderante deja de ser el parlamentario y pasa al presidente de la

República o al primer ministro. Como lo habitual es que uno u otro dispongan de la mayoría en la Cámara

de diputados, ésta pasa a ser un instrumento en manos del poder ejecutivo. Al contrario que en la

paleodemocracia, el Parlamento se difumina. Y como las mayorías absolutas suelen ser muy cortas, el

presidencialismo implica la práctica anulación política de masas que frecuentemente se acercan a la mitad

de los votantes. El poder lo ejerce el jefe del partido mayoritario; los- minoritarios apenas cuentan.

Planificación. El Estado se convierte en el primer empresario y en el ordenador de toda la vida

económica. Controla la política monetaria, los precios, la producción, los salarios y la inversión. Las

empresas privadas, tanto más cuanto de mayor envergadura, se transforman en agentes interinos del

Gobierno. La autodeterminación de la iniciativa privada se´ va tornando minúscula.

´Tecnificación. El Estado, como las grandes empresas, depende, cada día más, de lo que Galbraith llama

la tecnoestructura. La administración pública se puebla de expertos y se asesora de técnicos. Se reduce el

número de políticos puros porque su función se va limitando a elegir cuando la tecnoestructura duda entre

dos alternativas. Hay, por tanto, una despolitización generalizada de la administración y un creciente

descrédito del político a la antigua usanza. También hay una relativa despolitización de las masas, más

interesadas, como los accionistas de las empresas privadas, en participar en la fiscalización y en los

beneficios que en las decisiones y en la gestión.

Liderazgo. El nuevo sistema requiere personalidades prominentes en las que se acumulan grandes

poderes. Churchill, Adenauer, De Gaulle, Kennedy son arquetipos próximos. Se robustece el poder

ejecutivo para garantizar la estabilidad, el dinamismo, la agilidad y la preponderancia de los intereses

generales sobre los de las grandes empresas. La legitimidad democrática de estos líderes no consiste en

que sean representativos de toda la opinión pública, sino únicamente de una cierta mayoría estricta.

Llegan al poder por procedimientos análogos al referéndum. Lo que se propone a los electores suele ser

algo así como «lo toma o lo deja». Luego, la televisión, la Prensa y la radio tratan de darles un halo

carismático. Estos hombres son la clave del nuevo Estado demoliberal. una forma política que sin

renunciar a su nombre y á su filiación ruspniana se ha convertido, como ya lo hizo Bonaparte, en

cesarista. A este tipo de gobernante lo llamó Benemy «monarca electivo» en su obra «The elected

monarch» (1967), expresión que repite Duverger («pseudo-roi ¿tu») en su libro «La monarchic

republicaine» (1974).

El Estado demoliberal de nuestro tiempo ya no es pluripartidista, parlamentario, liberal, politizado y

despersonalizado, sino bipolar, cesarista, intervencionista, tccnificado y carismárico. Y a los que no son

demoliberales, como las dictaduras marxistas, se les podría aplicar todos esos epítetos salvo el de la

bipolaridad. El fabuloso incremento de las responsabilidades públicas ya no permite suscribir la cínica

sentencia de Anatole France: «No importa que la República gobierne mal, porque gobierna muy poco.»

El Estado del 18 de julio no sólo está a la altura del tiempo, sino que se encuentra en su línea tendencia!

constirucionalista y, por lo tanto, en el futuro. Sólo una ignorancia verdaderamente supina explica que

haya quienes hoy pretenden sustituir ese Estado, que es el más eficaz que hemos tenido en la edad

contemporánea y el mas actual en términos de historia universal, por la paleodemocracia pluralista,

parlamentarizada, discutidora y anémica que sólo algún que otro país occidental arrastra todavía como un

mito trágico. ¡Paradoja insigne la de propugnar un desarrollo hacia atrás, una retroevolución al fósil!

Gonzalo FERNANDEZ DE LA MORA

 

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