Autor: Fernández de la Mora y Mon, Gonzalo. 
   Tomando tierra     
 
 ABC.     Páginas: 1. Párrafos: 8. 

TOMANDO TIERRA

DESDE que la tecnología permitió acelerar el desarrollo, la política pura o deseo de participar

en el Poder ha ido siendo desplazada por la política económica o deseo de bienestar. No hace

muchos años un equipo de sociólogos, ajenos al prejuicio marxista. llegó a la conclusión de que

más del 80 por 100 de las decisiones de un Estado moderno eran de carácter económico y que

el porcentaje iría en aumento. Hoy, casi todas las decisiones de la Administración de una

nación avanzada son cifrables. Rarísimo es el expediente cuyo meollo no sea dinerario.

La política exterior de prestigio ya no es, como en otros tiempos, un fin; es uno de los medios

que conducen a los objetivos diplomáticos por excelencia: la colaboración financiera y el

intercambio comercial beneficioso. La más moderna de las instituciones internacionales, la

Comunidad Económica Europea, es principalmente un mercado supranacional. Los viejos

imperialismos territoriales están siendo reemplazados por los económicos, y las multinacionales

sustituyen a los ejércitos. La diplomacia está en trance de convertirse en aritmética.

También la política interior se centra sobre dos objetivos contables: el incremento de la renta

nacional y su distribución entre los ciudadanos. El Estado moderno es, simultáneamente, una

gran empresa promotora y creadora de riqueza, y un tribunal dador a cada uno de lo suyo, es

decir, de lo que es debido. Pero como repartir la miseria resulta una caricatura de la equidad,

toda política social efectiva necesita de una economía próspera. El gran posibilitador de la

justicia distributiva es el desarrollo; sin él, tanto en el Este como en el Oeste, los socialismos

son poco más que palabras, a veces excitantes, pero nunca nutritivas.

Cuando fracasa la política económica fracasa casi toda la política de un Estado moderno. El

gran señor de la gobernación actual son los números. Y, por eso, una de las más patentes

señales de alarma es la que funciona cuando el producto nacional no crece razonablemente.

Pero todavía hay una más estruendosa: la que suena cuando la extrapolación de los datos

revela que la inversión y la productividad tienden a disminuir; porque ello significa que el país

no se encuentra en una crisis momentánea, sino que camina hacia el empobrecimiento.

Nuestro ministro de Hacienda, arrostrando ¡3 impopularidad de quien porta ingratas nuevas, ha

dado reiteradamente le sena/ de alarma. Los datos revelan inequivocamente las dimensiones

de la cris. La balanza de pagos, que había sido positiva hasta 1973, arroja en el bienio 1974/75

un déficit de seis mil millones de dólares, del que unos dos tercios son imputables al alza del

precio del petróleo. Las reservas en divisas representan sólo un 60 por 100 del endeudamiento

exterior. En 1975 el consumo ha aumentado y la inversión ha disminuido, contrariamente a la

tendencia ahorradora del pasado. Durante 1975 la inversión industrial ha descendido casi un 10

por 100 frente a una tasa de crecimiento del 14 por 100 en 1972. La inflación en el bienio

1974/75 ha sido el doble de la del bienio 1971/72. Y hay una circunstancia agravante: en 1974

un tercio de nuestra inflación procedía del extranjero, pero en 1975 sólo el 10 por 100 era

Importada. En los dos últimos años la Bolsa ha perdido un tercio de su valor en pesetas

constantes. En el semestre que acaba de transcurrir el paro no ha cesado de aumentar hasta

alcanzar niveles no conocidos en las dos últimas décadas. En las diez primeras semanas de

1976 se han perdido casi cincuenta millones de horas de trabajo, es decir, casi el doble que en

el bienio 1974/75; y mucho más que en el decenio 1958/68. Como acaba de afirmar el exiliado

líder del partido comunista, «en España ha habido el mayor número de huelgas de Europa en

estos meses». Y la renta por habitante en 1975 ha sido inferior a la del año anterior, situación

que no se producía en nuestro país desde hace un cuarto de siglo. Estos son algunos de los

parámetros que definen la coyuntura.

Tomar conciencia de estas realidades es tomar tierra política y dar el primer paso para

despegar con buen rumbo. El problema español se Inserta en el contexto de un desequilibrio

que afecta a una buena parte del Occidente y que tuvo su factor desencadenante en la

multiplicación del costo de la energía. Pero ni los paralelismos contables nos resultan ya

alentadores, ni las dificultades extrañas nos eximen del Imperativo de superar las propias.

¿Cómo lograrlo? ¿Con reformas. políticas o con planes técnicos?

La economía es una ciencia bastante elaborada que brinda soluciones para los

diferentes problemas. Pero acontece muchas veces que por razones no técnicas, sino políticas,

el Estado es incapaz de aplicar las terapéuticas que recomiendan los expertos. Para afrontar

una crisis económica hace falta un Poder robusto, autoridad efectiva. Este es un axioma

fundamental. Inversamente, al flaquear el Poder se acelera el deterioro económico. La

inestabilidad institucional crea una inseguridad que retrae a los inversores nacionales y aleja a

los extranjeros; y, consecuentemente, al disminuir la inversión baja la productividad y aparece

el paro. Por otro lado el debilitamiento del Poder relaja las relaciones jerárquicas y aumentan

los desórdenes públicos y las huelgas, con lo que se asesta otro golpe a la producción. A su

vez, si la renta por habitante decrece se produce un malestar general, sobre todo allí donde las

gentes estaban ya habituadas a elevar constantemente su nivel de vida. Este malestar es un

fulminante de los conflictos laborales que acentúan el empobrecimiento colectivo. Cuando se

desencadena este proceso la crisis económica se agudiza por autoalimentación. Cuanto más

se avanza por tan diabólico>camino, menos eficaces resultan los regímenes dietéticos y más

imperiosa se torna la cirugía.

Los problemas económicos tienen un tratamiento económico; pero como el que los aplica es

siempre el Estado, la condición previa es la existencia de un Poder en forma. Todo lo .que

produce inseguridad institucional, vacío jurídico o debilitamiento gubernativo es pésimo en

momentos de crisis. Por eso ninguna ocasión es menos propicia para los. reformismos

constitucionales que aquella en la que suenan las alarmas económicas. La experiencia

demuestra que, abriendo procesos constituyentes, jamás se ha saldado un balance nacional

deficitario y regresivo. Más bien al contrario. Entre decenas de ejemplos contemporáneos

recordemos el autóctono: la epilepsia constitucional que padecimos hasta 1876 fomentó

nuestra inestabilidad social y nuestro subdesarrollo. En cambio la estabilidad política del Estado

del 18 de Julio hizo posible nuestro milagro económico. ¿Una o dos Cámaras? ¿Sufragio

universal o censitario? ¿Escrutinio mayoritario o proporcional? ¿Libertad de reunión al aire libre

o sólo bajo techado? ¿Jurisdicción plural o unitaria? ¿Descentralización provincial o comarcal?

Estas y otras alternativas, que hicieron las delicias de nuestras tertulias decimonónicas, son en

si mismas interesantes y deberán ser contempladas; pero en las actuales circunstancias, ¿no

serán tan inadecuadas como las controversias que sobre el sexo de los ángeles sostenían los

teólogos bizantinos durante el asedio de Constantinopla?

Gonzalo FERNANDEZ DE LA MORA

 

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