Autor: Ruiz Gallardón, José María. 
   Garantías para la participación     
 
 ABC.    24/04/1975.  Página: 5. Páginas: 1. Párrafos: 7. 

GARANTÍAS PARA LA PARTICIPACIÓN

No pude, bien a pesar mío, asistir a la conferencia que Juan Manuel Fanjul pronunció nace unos días en el

Club Siglo XXL Fero be tenido la fortuna de hacerme con un ejemplar multicopiado de la misma y he

creído interesante hacer sobre su contenido algunas reflexiones que el amable lector quizá, no considere

del todo inoportunas.

El título de la charla es ya de por sí supérente: «Garantías para la participación». Porque, en efecto, desde

hace muchos años, el gran problema que tenemos pendiente los españoles es organizar, a la altura del

pueblo, nuestra participación en las tareas públicas. De una o de otra manera, por unas o por otras

razones, desde que el 1 de octubre de 1939, Franco asumiera todos los poderes del Estado, los españoles

hemos descansado —a veces cómoda, a veces incómodamente— en su Jefatura, declinando, a término,

nuestro derecho y nuestro deber de responsabilizarnos directa y-colectivamente en las tareas de la

gobernación´ del Estado. Fero aquel término, "por la fuerza de la biología, toca su fin y nos encontramos

con qu« «se derecho y su correlativo deber vuelve a nosotros, que no somos sujetos pasivos del mismo,

sino que vamos a ser, estamos siendo ya, activos protagonistas de nuestro acontecer.

Y ocurre que si antes la participación era entendida como adhesión a una política previamente marcada,

por espccialísimas circunstancias de origen y personalisu titular, hoy ya es, tiene que ser, actitud dinámica

y constante en exsión y en intensidad» como afirmaba el nferenciante. Los ayer seguidores necesitan de

nuevos guías. Los antes espectadores empiezan a verse empujados por la Historia hasta la batería del foro

teatral de la política, en un cada día más intenso papel protagonice.

En seguida se habla de que «no estamos preparados», de que «cuarenta años son muchos y no se han

formado líderes». Algo de verdad debe haber en esas afirmacinoes cuando resulta que, salvo rarísimas

excepciones, los que apuntan para el desempeño de papeles estelares son viejas figuras, algunas de las

cuales alcanzaron su cénit en los años de la República. Pero, sea cómo´ fuera, lo cierto es que, con figuras

cuajadas o por hacer, el destino inmediato es nuestro y sólo nuestro. Y frente a este hecho —que Ortega -

llamaría ineluctable, con adjetivo muy frecuente entre los escritores de su generación— a los españoles,

sin proceder a un previo examen de conciencia, ni tan siquiera a un análisis profundo de la realidad en la

que vivimos y sobre la que tenemos que operar, lo que se nos ocurre es: o situarnos fuera del Régimen, o

encerrarnos monolíticamente en sus premisas (incluidas las ya superadas), o en actitud muy

peculiarmente nuestra esperar «y verlas venir».

Fanjul se refiere_ a estos tres grupos de una manera explícita, y eon anchuroso espíritu se dirige al tercero

de ellos, a aquellas «gentes dialogantes y razonadoras, situadas extramuros, intramuros, o sobremuros del

Régimen y cuya incorporación era la baza más interesante para facilitar la transición sin traif-tias». Pero,

permítame mi querido amigo, creo que en su conferencia deja el rabo poi desollar y el problema

irresuelto. No basta con «preconizar el cambio por el camino de la evolución y de la prudencia». No es

suficiente pedir un «estrechamiento de filas que asegure la transición y haga frente con paz y serenidad a

cualquier intento-de violencia y de revanchismo». La «alianza de transición» —a la que, desde-luego, me

sumo— necesita una más clara articulación, un repertorio más completo de soluciones. Sólo las ideas

claras y distintas penetran en las masas. Y sólo exponiéndolas repetidamente una y otra vez se logrará que

quienes pueden, quieran y lleven a la práctica lo que es necesario. Para mí, ahí está el verdadero

problema.

Entonces, ¿cómo solucionarlo? Por lo pronto, fijando la atención en el instrumento organizativo de esa

deseada participación. Se ha querido denominarlo con el disimulador nombre de asociaciones políticas.

Pues, en principio, aceptémoslo. Ahora bien, lo que me parece inconcebible es que se legisle para

fomentar esas asociaciones políticas precisamente poniendo muy serias dificultades para su constitución y

funcionamiento. Es un verdadero contrasentido o lo que es peor, una equivocación. Porque los que no

quieren la transición en paz, los que pretenden revivir los años angustiosos de la España dividida —estéin

de uno o de otro lado—, ¡ah!, esos no necesitan de ninguna «legalidad» para organizarse. Y así resulta la

paradoja de que los verdaderamente aptos, desde un punto de vista funcional, para la participación —

léase para hacerse con el Poder— son precisamente los que están fuera. ¿No está organizado el partido

comunista español? ¿No actúa? Y, en otro sentido, ¿no están organizadas las fuerzas que aún .quieren

hacer pervivir por encima de todo ideas totalitarias de tipo fascista? ¿Quiénes incendian —

organizadamente— librerías? Mientras tanto, los ciudadanos medios —usted y yo, lector, y el propio

señor Fanjul— tenemos mil dificultades «para apuntarnos % la moderación».

Ese y no otro es el problema esencial. Hemos visto —y quien esto escribe ha sido uno de sus más

decididos defensores desde sus primeros balbuceos— que el Estatuí» de Asociaciones no parece servir

suficientemente. Por eso no agrupa a la gran mas» de españoles que quieren paz, y orden, y justicia, y

respeto a sus personas. ¿Entonces? ¡Pues modifiquémoslo! ¡Marquemos claramente los límites —los

extremismos, todos los extremismos, pero sólo los extremismos— y dejemos que dentro del ancho campo

restante vuelvan a acampar, incluso con sus signos, banderas y símbolos tradicionales, quienes hicieron o

quisieron hacer una España mejor y más justa! Y sin olvidar —eso nunca— el pasado; sin dejarnos

engatusar por supuestos pacifistas (hoy de manos tendidas, ayer con sogas de verdugo en ellas); sin querer

mimetizar hasta la médula todo lo que existe por esos mundos de Dios —que no siempre es buen» ni

aplicable a España— abramos el futuro, facilitemos al máximo esas incorporaciones, con todas las ayudas

y estímulos necesarios y aun simplemente útiles, a los hombres que como Fanjul recuerdan las palabras

de Becket: «La única cosa que es inmoral, mi Príncipe, es no hacer lo necesario cuando es necesario».—

José María RUIZ GALLARDON.

 

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