Autor: Fanjul Sedeño, Juan Manuel. 
   Elecciones municipales y política     
 
 ABC.    13/11/1963.  Páginas: 1. Párrafos: 7. 

ELECCIONES MUNICIPALES Y POLÍTICA

CON el certero título de "Popularidad política" ha publicado recientemente "Pueblo" un sugerente

editorial. Refiriéndose principalmente a las Cortes y a los Municipios,-destaca la exigencia de

´"popularidad en las instituciones por las que el pueblo se hace oír" como receta de su continuidad y razón

de su ´éxito.

Ello es exacto. El hombre de la calle se desentiende, en general, de la convocatoria y la labor de estas

instituciones por una impresión subconsciente de su esterilidad política, o mejor diríamos, de su

esterilización política. Debe reconocerse que las sesiones de trabajo en comisiones y ponencias a. puerta

cerrada son técnicamente más fecundas, y que en las discusiones plenarias prevalecen afanes de

justificación o proselitismo políticos.

Ahi está el "quid" de la cuestión: La despolitización de las instituciones (aun con la loable intención de

alcanzar mejores zonas de eficacia para el trabajo) reduce su índice de popularidad y apareja la

indiferencia del pueblo. Este se mueve, vibra y se impacienta en tanto en cuanto comprueba directamente

la eficacia de su impulso, el ejercicio de- su opinión y la velocidad de transmisión de sus necesidades.

Yo recuerdo que hace casi veinte años, las Cortes, en sesión plenaria, sisearon o abuchearon a un

personaje; al día siguiente, recogiendo el sentir de la calle, pregunté a un destacado político sobre el cese

del caballero abucheado. "No—me dijo con extrañeza—, no creo que haya nada; porque eso significaría

que se iba por lo ocurrido ´ayer en las Cortes." Lo que a unos hubiera parecido lógico, para otros era una

peligrosa anormalidad.

Pues esa impresión de intrascendencia política alcanza al hombre de la calle y se traduce en la sensación

de impopularidad que refleja agudamente "Pueblo". Las gentes, quizá por ignorancia del propio juego

interior de las instituciones, llegan a la consecuencia de su falta de "vigor político para transformar en

´clave de ley o de gobierno el sentir popular, o al menos el de sus mismos componentes, y, lógicamente,

se desentienden de sus tareas. Se encierran en sus profesiones, en sus trabajos o en sus negocios en pasivo

acatamiento a la norma administrativa y técnica que emerge de la tarea legislativa y agitándose—en

último extremo—, no para que esa fría norma resulte más fervorosa para el pueblo, sino para que se

incline hacia la conveniencia económica o social del grupo, la clase o la apetencia personal.

Demasiada política es mala porque, como muy bien alertó José Antonio, se desperdician los mejores

esfuerzos y las más prometedoras iniciativas en la competencia de los grupos; pero "ninguna política" es

catastrófica porque corta esas alas de ilusión que brotan en muchos hombres—esencialmente en los

jóvenes—por hacer más felices a sus semejantes. Cuánto hemos trinado en nuestros años mozos contra el

"Alcubilla", para venir a parar en pura administración; y el Derecho Administrativo nunca ha promovido

calor de multitudes.

Si queremos volver a sacar de sus casas a los hombres, si conviene que vuelvan al agora los que puedan

aportar a la cosa pública la ilusión que otrora les moviera, el bagaje de sus creaciones o el reposo de sus

experiencias, es indispensable que esas instituciones vibren y arriesguen (¿qué se ha hecho de España sin

riesgo?) hasta que se forme en su derredor el clima de popularidad política que pide "Pueblo". La

administración y la técnica (evidentemente imprescindibles) no pueden ocupar, en los niveles de mando,

el lugar que, por antonomasia, corresponde a la política.

Juan Manuel FANJUL

 

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