Autor: Garrigues y Díaz Cañabate, Antonio. 
   Lo que sabemos y lo que conviene que sepamos     
 
 ABC.     Páginas: 1. Párrafos: 21. 

LO QUE SABEMOS Y LO QUE CONVIENE QUE SEPAMOS

SABEMOS que nuestra economía está falta ce capitales y que estos capitales no pueden venir mas que o

de disponer de ahorro actual o de comprometer el ahorro futuro, es decir, de tomar capitales a presume.

Sabemos que la fuente de ahorro en nuestro tiempo no tiene que consistir tanto en consumir menos como

en producir más no en un subconsumo, sino en una sobreproducción, ya que el subconsumo y el

atesoramiento codicioso pueden ser para el proceso de capitalización más perniciosos que el despilfarro.

Sabemos que las inversiones de capital extranjero y las ayudas o´ donativos son una fuente ideal de

capitalización y en el estado actual de nuestra economía una fuente más que necesaria, indispensable,

pero, también, que sería imprudente e ilusorio atribuirlas otra misión que la de complementar y sobre todo

potenciar y fecundar el ahorro nacional; porque es ilusorio pensar que alguien hará por nosotros lo que

nosotros no hacemos, que alguien dará algo por nada.

Sabemos que a falta de convertibilidad no basta con capitalizar en la moneda nacional, sino que hay que

capitalizar en otras monedas; es decir, que hay que exportar más de lo que se importa, y en suma, generar

más recursos exteriores que obligaciones de esa misma naturaleza.

Sabemos que producir, exportar más, supone entrar en un círculo vicioso, porque el aumento de la

productividad, y de la capacidad exportadora como fuente de nuevos capitales, es, al menos en parte,

función ya de estos nuevos capitales, cosas o servicios; pero sabemos, porque lo hemos hecho nosotros y

lo hemos visto hacer a otros, que no hay círculov vicioso de que el hombre no pueda zafarse con

inteligencia, con esfuerzo, con sacrificio.

Sabemos que este ahorro, actual o futuro, interior y exterior, es la única fuente "real" de capitalización y

que, por consiguiente, las inversiones, tanto públicas como privadas, tienen necesariamente que

atemperarse a él.

Sabemos que la inflación, la creación de dinero desligada de la producción de bienes y servicios, no

puede, en principio, ser fuente de capitalización y que su terapéutica para el cuerpo social es tan funesta

como la morfina para el organismo humano.

Sabemos que esa leva sobre ciertas formas de capital y ciertas clases de rentas, tanto de trabajo como de

capital, en que se traduce la inflación, actúa como agente profundamente desmoralizador de cualquier

sistema económico y que su acción todo lo envuelve, empezando por el mismo Gobierno que la desata.

Sabemos, que sin un mínimo de estabilidad monetaria, las mejoras sociales son un puro engaño y que así

aumentar los salarios y en general las retribuciones de trabajo, fin último de todo sistema económico, si

no ha de ser en base a un efectivo aumento de productividad (aparte el problema de la justicia en la

retribución del trabajo, aparte los reajustes ineludibles que el movimiento del tiempo impone aun en las

economías mar, estales), no tiene más efecto que el de poner en marcha un proceso inflacionario.

Sábemes que España tiene que salir de un sistema económico, en buena parte autárquico, impuesto por

circunstancias de todos conocidas, para entrar en la medida y en el momento adecuados, en un sistema de

intercambio y de convertibilidad, y sabemos el reto que ello significa, y su riesgo y su peligro, así como

también el riesgo y peligro de no recoger, de no levantar ese reto.

Sabemos que la paridad de nuestra moneda con otras monedas, y sobre todo con aquellas que sirven como

de patrón monetario internacional, mientras no se llegue a una convertibilidad más o menos plena, debe

establecerse lo más cerca posible de la paridad real, ya que la función específica del dinero es la de

favorecer e! intercambio y no la de ser un instrumento de ila política comercial o industrial del país, para

la que deben usarse los medios directos y específicos del caso, tales como los aranceles, los contingentes,

los fiscales, etc., pero sin poner en juego una de las funciones específicas del dinero que es la de ser la

medida del valor de las cosas.

Todo lo que antecede lo sabemos o lo podemos saber porque pertenece al sentido común, que es, según

Descartes, y bajo su responsabilidad, la cosa mejor repartida de este mundo. Pero lo que tenemos que

saber es lo que todo eso exige, lo que todo eso cuesta.

Por encima de las diferencias y ^antagonismos de los hombres que viven las diferentes épocas de la

Historia, cada una de éstas aparece con un sello definido inconfundible, con una profunda unidad. Uno de

los signos unitarios de la nuestra es esa preocupación por levantar el nivel medio material del hombre.

Cada día es más Un insulto la riqueza individual en un medio social empobrecido. A la riqueza se le pide,

se le exige un título de legitimidad; a la riqueza se le pregunta como Lenin a la libertad, ¿riqueza para

qué?

En ese esfuerzo por construir un mundo material mejor, el comunismo y .el capitalismo coinciden en dos

cosas: en que trabaja todo el cuerpo social, no hay clases, no hay sexos ociosos; en que el hombre trabaja

cada vez más para la comunidad y cada vez menos para sí mismo. En esta doble coincidencia el espíritu

de época se impone sobre el antagonismo mortal de esos dos sistemas.

Hacer trabajar a todos y hacer trabajar más para los otros que para uno mismo, es una movilización, es

una puesta en pie de guerra, siendo la guerra la forma de máxima dación, de máxima entrega del hombre

a la comunidad. (En China se está llgando al extremo insensato y muy digno de meditación como caso

límite no sólo de movilizar, sino de encuadrar a los hombres y mujeres, desmontando los hogares que son

el reducto de la paz, pera arrastrar a la inmensa población china en forma regimentada, a ese salto o,

mejor, a ese asalto a la moderna civilización industrial.)

Pues bien, para Esta lucha, para esta guerra de nuestro tiempo, ¿cómo vencer.

cómo mover la apatía y la insolidaridad españolas? Esa cantidad de hombres y sobre todo de mujeres

ociosos y semiociosos, la anarquía, la falta de rendimiento, de sentido de responsabilidad, de pasión por la

obra bien hecha; la dispersión de los que trabajan y, sobre todo, la dificultad casi invencible para trabajar

juntos, para trabajar aunados.

No puede ´haber movimiento, movilización, sin que haya algo que nos mueva, que nos atraiga. Esa

atracción no es una cosa mágica. Para que en un país empiece a amanecer lo primero que hace falta es que

amanezca cada día. Eso es lo que hay que saber: que después de vencer a los enemigos queda un largo

desierto hasta la tierra de promisión, el largo desierto de vencerse a sí mismo, de hacer buenat de

justificar, la victoria sobre el enemigo con la victoria sobre uno mismo.

Una victoria de esta clase es la que se impone a las clases dirigentes «españolas., Su gran misión es la de

encabezar, la de poner cabeza en el curso de nuestra historia (la ´productividad en el trabajo sólo;, es eso,

poner cabeza donde antes sólo se ponían manes). Pero, ¿poner sólo cabeza» Los ideales, los sistemas, las

doctrinas políticas ya no mueven a los hombres como los movían en el siglo pasado. Lo que mueven son

ciertos valores superiores cuando se ven encarnados, vividos, Lo que mueve son ciertas formas de

ejemplaridad (la Monarquía sólo es, y debe ser eso: la encarnación de los valores más altos, más

sustantivos .del cuerpo social).

Las clases dirigentes españolas están llamadas en esta hora a grandes sacrificios, a grandes renuncias, A

renuncias sobre todo en el terreno económico, como está aconteciendo en casi todos los países del mundo

occidental. Realmente, el único privilegio que para estas clases es irrenunciable es el privilegio de servir,

el privilegio de dar ejemplo..

Todo esto es lo que tenemos que saber, pero mucho más lo que tenemos que hacer. El tránsito, el paso del

saber al hacer, de hacer posible lo necesario, es lo que se llama gobernar. Cuando las cosas que se

gobiernan están quietas no hace falta de mucha autoridad porque, en general, no es bueno mover las cosas

que están_ quietas. Pero cuando, como en la España actual, entran en movimiento; cuando han de ser

cambiadas, entonces para gobernar su mutación, su movimiento, hace falta, por el contrario, una gran

concentración de autoridad.

Maquiavelo se preguntaba cuál era mejor fundamento de la autoridad, si el amor o el temor. En verdad,

todas las cosas que se gobiernan en este mundo se gobiernan por el amor, del cual el temor es sólo su

sombra. Esto cuando se gobierna para el hombre, claro. De otra manera. la productividad, la elevación del

nivel material de vida, las técnicas de racionalización, etc., no son más que pura zoología, más que el

sueño monstruoso de la razon de´los déspotas, de los autócratas de todos les tiempos. En esa línea de

respeto a la libertad del hombre tiene que seguir moviéndose la aportación da España al despertar de esta

nueva época que "stá surgiendo ante nuestros ojos.

Antonio GARRIGUES

 

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