Autor: Garrigues y Díaz Cañabate, Antonio. 
 El área del poder. 
 Los partidos políticos     
 
 ABC.     Páginas: 1. Párrafos: 16. 

EL AREA DEL PODER LOS PARTIDOS POLÍTICOS

LA gran pasión del hombre es la del Poder. Es la suprema tentación. Fue ana de las altas tentaciones del

Señor en el desierto cuando el diablo le mostró y le ofreció todos los reinos del mundo y su «loria si le

adoraba. El que da cabida en su corazón a ese susurro de las brujas de Macbeth, «tú serás rey», enloquece.

Por eso los caminos y los accesos del Poder han estado tantas veces manchados, en ocasiones empapados,

de sangre. La sucesión pacífica en el Poder y la capacidad de cambio y renovación en la continuidad son

el banco de prueba de un sistema político.

Para que esa pasión se ennoblezca y glorifique al que lo encarna se ha de ejercitar con justicia, con

equidad y con piedad, como un servicio comunitario, que es para lo que ha sido concedido el Poder a los

hombres. Una comunidad en la que falte ese nexo de unión se disgrega. El que va al Poder por el Poder,

lo envilece y se envilece.

Servir a la comunidad es servir al bien común. Pero el bien común tiene que tener un contenido concreto,

aquí y ahora, porque el bien genérico no sirve más que de pura referencia. Y ese contenido, por no ser

único, sino diverso y cambiante, está entregado a las disputas de los hombres. >El juego apasionante de la

política es precisamente un juego, porque existe esta diversidad de opciones con su correspondiente

riesgo y ventura.

lia política es una actividad moral, porque el bien, sea individual o común, es un ente moral. El decidir

sobre la paz o la guerra, sobre las relaciones internacionales o la relación Iglesia-Estado, sobre la

estructura social, la ley del matrimonio, el sentido de la enseñanza y de la educación, la forma de la

propiedad y de la herencia o la negación de ambas cosas, la distribución de las cargas tributarias, la

organización del Poder y de la libertad y de sus respectivos controles y límites y. en general, sobre los

derechos y deberes humanos, presupone el ejercicio constante de un juicio moral sin el cual la política

decae en una pura técnica de gestión.

Todo el que aspira al poder ofrece a los hombres —en el fondo aunque no en la forma— siempre lo

mismo. Ofrece lo que el hombre no tiene: la felicidad mediante la liberación de los males presentes. Es lo

que Moisés ofreció a los Israelitas esclavizados por los egipcios: conducirles a través de un desierto, es

decir, de un esfuerzo, de un sacrificio, de un purgatorio, a una tierra que manaba leche y miel, a una tierra

de promisión, a un paraíso. La nueva tierra de promisión, el paraíso desmitificado, se llama hoy

desarrollo, alto nivel de vida, justicia social, igualitarismo y otras denominaciones que, desorbitadas,

empiezan claramente a mostrar lo que tienen de míticos y artificiales estos nuevos paraísos. Se está en el

tránsito del consumismo a la ecología, del despilfarro a la conservación, da la contaminación a la

purificación.

En ese anuncio de una «tierra de promisión», en el que convergen las políticas más diversas, hay do*

posiciones claves: la de los que la sitúan «detrás» del acontecer humano y la de los que la sitúan

«delante». Para la primera posición, el hombre, cuanto más avanza más se aleja del paraíso: para Ja

segunda, cuanto más progresa más cerca está de alcanzarlo. Los primeros tienen nostalgia del punto de

partida: los segundos, la esperanza del punto de llegada.

En lo temporal —los fenómenos temporales son siempre el reflejo de la profunda realidad religiosa del

mundo— esa doble actitud se corresponde con lo que se llama la «derecha y la izquierda», que es una

dualidad que se aplica a muchas formas del pensar y del quehacer humanos, pero más específicamente a

la acción política. Y aunque en esta última sea una terminología muy reciente —nace de la localización

material de los representantes en la Asamblea francesa en 1789—, esas dos actitudes de mirar atrás o

adelante, de conservar o de renovar, son consustanciales a la política desde que ésta existe.

En Grecia y en Roma, cuya vida política se conoce a través de sus historiadores y escritores mucho mejor

que la de los siglos oscuros de la Edad Media, la derecha y la izquierda utilizaban la eterna tensión entre

ricos y pobres, entre poseedores y desposeídos, entre el «establishment» y la periferia. La utilizaban como

se ha utilizado y se utiliza tantas veces, instrumentalizándola, porque en verdad las tesis revolucionarias

nacen en el seno de las clases dirigentes mientras que las gentes humildes son básicamente conservadoras.

Otras formas semejantes de.bipolarismo como: reacción y revolución, integrismo y progresismo,

inmovilismo y evolucionismo, totalitarismo y pluralismo, autoritarismo y liberalismo, orden y justicia

(Goethe decía que prefería la injusticia al desorden), etcétera, son semejantes pero no equivalentes. El

totalitarismo, por ejemplo, lo mismo puede ser de derechas que de izquierdas, y las revoluciones pueden

cristalizar en puro inmovilismo. Y, sobre todo. esas otras bipolaridades. por la radicalidad y el

antagonismo de los términos que las componen, que se enfrentan y se repelen, acarrean una división, una

fractura, que representa justamente lo contrario de esa complementariedad que, como las manos en el

cuerpo humano, tiene que ser la esencia de una verdadera derecha e izquierda políticas.

Cualquier forma de desarrollo, de progreso de la Humanidad, requiere de esos dos momentos: un tránsito

de lo viejo, lo caduco o lo muerto, a lo nuevo, a lo vivo, y, una conservación de lo permanente, lo

perenne, lo Inmutable. El punto es que lo nuevo no venga a destruir lo viejo, sino a renovarlo, a

vivificarlo. El Nuevo Testamento no viene a destruir, sino a confirmar y a dar cumplimiento al Viejo, es

decir, a la ley y a los (profetas, que tiene que cumplirse hasta la última jota.

Este equilibrio y complementariedad entre conservación y renovación es lo que da. tanto consistencia y

estabilidad como dinamismo y vitalidad a un régimen político. El suplemento básico que hace esto

posible es la aceptación por ambas tendencias de unos mismos principios de tolerancia y convivencia. ¡El

comunismo ruso no es totalitario porque rechace una economía libre, sino por aplastar la «primavera de

Praga» que no renegaba el sistema, sino su monoteísmo.

Aplicado este esquema a la teoría de los partidos políticos, un régimen de partidos no puede funcionar

más que si en el bipartidismo o en el pluripartidismo la derecha y la izquierda coinciden en las bases de

convivencia y discrepan en aquello que no afecta o no amenaza a ese fundamento. Cuando, por el

contrario, estas dos tendencias se hacen antagónicas e incompatibles se pasa del «status» de partidos

políticos al de guerra civil, potencial o actual. No hay alternación o turno posible entre partidos que

representen sistemas políticos o sociales o económicos —y, hasta hace poco, religiosos— que sean

radicalmente antagónicos. Cuando existen de hecho estas situaciones son meros interregnos de

coexistencia de los regímenes, que no partidos distintos, de los-que uno está en el Poder y otro frente a él.

La derecha y la izquierda no son términos absolutos, sino relativos y correlativos, como el norte y el sur

en los países fronterizos en el sentido de los meridianos: el sur es el norte del país vecino y viceversa. El

comunismo, que es la izquierda del capitalismo, queda a la derecha del «maoísmo» y, en general, del

«gauchismo»; y en los grandes partidos americanos la derecha y la izquierda, en gran parte, se solapan.

Además, el mero curso del tiempo y el acontecer histórico desplazan constantemente estas posiciones

relativas. César era un hombre de izquierda —la Izquierda de su tiempo— que fue asesinado por el

Patriciado tradicionalista apegado para gobernar el mundo mediterráneo, ya en gran parte conquistado, a

las instituciones municipales de la Roma republicana. Pero de la simiente enterrada de César nace el

Imperio Romano, la más grande construcción política de «orden» de imperio del derecho que haya

existido nunca.

Con todo, la sustancia de los conceptos de derecha e izquierda permanece siempre. Representa la tensión

generacional entre la juventud y la madurez, la tensión entre realismo e idealismo, entre la objetividad del

«ser» y la subjetividad del «deber ser». Son dos actitudes existenciales, vitales, que el legislador no puede

suprimir ni ignorar. Hasta teológicamente —con expresiones que no pueden tomarse al pie de la letra— la

derecha y la izquierda están consagradas.

No se puede hacer una política que no sea de derechas o de izquierdas.- es decir, que ni sea de derechas ni

de izquierdas. Esa política es la «no política», la pura gestión. El eje central equidistante de esas dos

tendencias corresponde en un sistema político a las instituciones que no deben hacer, «que no se deben

meter en política», tales como la Jefatura del ´Estado, determinados Altos «Consejos», un Tribunal

Constitucional o ´instituciones semejantes. En lo que sí cabe una posición centro y las máximas

gradualidades es en el seno de una u otra de esas tendencias.

Son dos actitudes que no tienen necesariamente que expresarse y encarnarse en partidos políticos y menos

en un partido único, porque los partidos son de ayer, mientras que- esas actitudes han- existido siempre y

seguirán subsistiendo cuando la fórmula, de los partidos políticos sea un recuerdo. Pero, precisamente por

esa subsistencia, porque son Insoslayables, tienen que encontrar una solución política en el contexto

nacional * internacional de la hora presente que salvaguarde y refuerce la sustancia de la unidad nacional

y coadyuve a una mayor Integración internacional, porque lo uno y lo otro son cuestione! de ser o no ser.

 

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