Autor: Garrigues y Díaz Cañabate, Antonio. 
   El doctor Erhard y el neoliberalismo     
 
 ABC.    03/06/1961.  Páginas: 1. Párrafos: 17. 

EL DOCTOR ERHARD Y EL NEOLIBERÁLISMO

EL doctor Erhard ha dado vida, ha dado realidad a sus ideas, cosa que con las ideas sucede raramente. Y

su hacer, su hazaña, ha consistido en salvar a un pueblo del caos, de la dependencia y mediatización y, en

suma, de un estado de profunda, crisis no sólo material, sino también moral. Todo acto de salvación es, en

efecto, un milagro, y el doctor Erhard ha sido el principal artífice de ese milagro.

El mayor tributo que´ se puede rendir a un hombre así es tratar de entender su obra. Lo cual nace de una

idea o, mejor, de un conjunto de ideas sencillas y claras llevadas a "la práctica con una gran decisión, con

una gran fe. Todo esto "a posteriori" parece" fácil, pero en verdad nada más difícil que tener ideas claras y

sencillas, y más en ,una situación caótica como la de la Alemania de la posguerra; nada que necesite más

esfuerzo y coraje, en esas mismas circunstancias, que el llevarlas a la práctica, el imponerlas. Cuando él

se decidió & actuar era la gran época del dirigismo, del intervencionismo, que en la Alemania ocupada

resultaba un sistema todavía más complejo e intrincado que en países políticamente normales. El doctor

Erhard, de la noche a la mañana, acabó con todas esas prácticas tan. extendidas, declarando libré la

circulación de mercancías mediante el restablecimiento de ¡a vigencia de la ley de la oferta y la demanda;

es decir, la ley que da vida a una economía de mercado.

Y -el resultado, contra todos los augurios, no fue el paro, ni Ja escasez, ni el alza especulativa de los

precios, ni el empobrecimiento;, sino, al contrario, la abundancia, y no ya el pleno empleo, sino el

superempleo, el endurecimiento del marco, la elevación inverosímil del nivel de vida.

Estos son hechos, y ´hechos notorios; pero ¿cómo interpretarlos: como Una victoria del liberalismo sobré

las tendencias socializantes y planificadoras?

El liberalismo y el socialismo coinciden en lo fundamental. Tanto uno como otro tienen la misma fe en el

hombre, en su poder y capacidad ilimitadas, pero no ya cómo un^ser religado, sino desligado de Dios. A

ese poder y capacidad lo que más se opone, lo que le hace más resistencia y desafío es el estado de

indigencia y de menesterosidad en que viven los más de los hombres: Tanto, que para el marxismo esta

peculiar situación "económica" del hombre constituye la primera forma de alienación, la mas radical, la

que le priva del señorío sobre sí mismo, la que lo esclaviza a la .naturaleza, animalizándole, privándole de

su racionalidad, de su libertad.

Frente a este problema, tan antiguo como el hombre mismo, el liberalismo: y el socialismo adoptan un

enfoque nuevo: el de resolverle)´ colectivamente, no para unos pocos privilegiados, corrió ocurría desde

siempre´ sino prácticamente para ]a inmensa mayoría, para´todos. Lo que difieren son las vías, los

caminos, El liberalismo es individualista, y hasta cierto punto anarquista. Pero no porqué renuncie o

prescinda ´del bienestar colectivo y de la necesidad de un orden público, sino porque cree que para

alcanzar una y otra cosa el mejor camino y el más eficaz es el que se basa en. la iniciativa y acción

individual dejada a. su propio libre juego; es decir, interferida o mediatizada lo menos posible por la

acción del Poder político. El marxismo parte, por el contrarío, de una acción colectiva y planificada para

llegar a la libertad del hombre en el "status" de la sociedad sin clases, en la que el poder y la coacción del

Estado deja de tener asimismo razón de ser una vez destruido el pecado original de la propiedad privada,

caus^ primera de todas las formas del desorden social.

El liberalismo es, como se sabe, cristianismo secularizado, sobre todo en su forma protestante: la

salvación, problema de .conciencia individual que libremente, y no autoritariamente, interpreta el mensaje

cristiano. El marxismo es Antiguo Testamento. La salvación no es individual, sino para el pueblo de

Israel como un todo; es decir, para el pueblo de los desheredados, de los desposeídos, de los pobres, los,

que están circuncidados, por así decirlo, de la riqueza individual, que no puede, ser más que usurpación,

despojo.

Entre estos dos extremos, y siempre con la misma´ mira de encontrar la puerta o paso que conduzca de la

tierra maldita que produce espinas´y abrojos a la tierra prometida que mana leche y miel, la Humanidad

actual busca una "tercia vía",´ siempre la más verdadera, la más humana.

Los fascismos, los corporativismos, tanto los socialismos nacionales como otras variadas formas y

matices de socialismo; el nuevo "deal" de Roosevelt, la "nueva frontera" de Kennedy, y principalmente la

economía social de mercado del doctor Erhard, no son más que variaciones sobre este tema de la "tercia

vía", bien que algunas de estas vías hayan constituido -a su vez, en sí mismas, una desviación todavía más

radical e inhumana que aquello mismo que querían combatir.

Fijemos nuestra atención en la economía social de mercado. La actuación u operación del doctor Erhard

no tiene, natía que ver con una pura vuelta al liberalismo. Porque ciertamente suprimió controles e

intervenciones que son prácticas antiliberales típicas, pero esto.lo hizo al mismo tiempo que respetaba

tina, estructura económica que nada tiene de liberal. A saber: un fuerte movimiento obrero sindical ; la

cogestión; una presión fiscal que no sólo mira al levantamiento de las cargas públicas, sino a la

redistribución de la renta nacional; una dirección y ordenación del crédito; regulaciones

antimonopolístícas; diversas formas de proteccionismo´sobre la agricultura, sobre el comercio exterior;

construcción de viviendas protegidas, juntamente con otras formas de paternalísmo de Estado etcétera,

etc.

En suma, lo que el doctor Erhad ha respetado han sido las´reglas del juego. Y las reglas del juego

económico son como las de todo juego: que, haya y se mantenga lo más posible una igualdad básica, un

equilibrio de fuerzas entre los factores en presencia. Una igualdad, un equilibrio; es decir, -una justicia.

Todo lo cual, a su vez, comporta un juez de campo, un arbitro.

Esta doble exigencia la desconocía la doctrina del "dejar hacer, dejar pasar". Y la desconocía, porque

erfatja imbuida de una de las doctrinas que más han contribuido a la formación de la mentalidad moderna:

la de lucha por la vida y la selección natural. Ahora bien: ciertamente hay lucha por la vida, pero no hay

ni puede haber selección natural. La naturaleza, "naturalmente", no puede más que eliminar, pero no

puede seleccionar. No hay selección sin seleccionador; es decir, sin una inteligencia que sopesa y elige.

Los agentas o fuerzas físicas, en cuanto tales, son ciegos (las aguas° del diluvio hubieran arrastrado

también a Noé, no obstante que él era justo); y sólo pueden dejar de serlo en cuanto instrumentos de una

conciencia ^personal. En otras palabras, la selección natural únicamente puede tener sentido si es

sobrenatural. Pues bien: la misma arbitrariedad y la misma injusticia presiden, un juego económico sin

regías y sin arbitraje.

Tiene que haber una ecuación entre los que. poseen y los desposeídos; entre las cargas y exigencias

públicas y los obligados a levantarlas; entre los que disponen y los que necesitan´ del crédito; entre el

sector público y el privado de la economía-; entre la economía nacional y las exteriores, etc., etc., etc. Es´

decir: tiene que haber una justicia que es el entramado o esqueleto que sostiene una sociedad de hombres

libres.

Claro que antes de igualar o equilibrar términos o factores en presencia tienen que existir éstos. En

economías raquíticas también cabe la justicia, pero será una justicia raquítica. Mas éste de crear o levantar

una economía sí que es hoy un problema técnicamente resuelto. Con disciplina, determinadas ayudas

exteriores y una mezcla dosificada de libertad y coacción, esto se produce en un tiempo

sorprendentemente corto.

Hace falta además, por supuesto, fe y entusiasmo. Pero lo que hay que despreciar es una mística del

trabajo, una mística de la prosperidad, de la tierra prometida, de la sociedad humana "evolucionada",

seleccionada, sea por vía ´liberal o planificada, que no es más queja mística de la necesidad y la estulticia

humanas.

No hay más mística, ´no hay más> misterio que el de Cristo. Mas el cristianismo no.es un hecho, sino Un

hacer insondable y maravilloso. Y si la sombra del materialismo, sea cualquiera su signo, ha sen-ido y

está sirviendo como de candelabro "y pantalla de esa gran luz´ verdadera, entonces podemos decir:

bienvenido sea el-"hermano" materialismo.

Antonio GARRIGUES

 

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