Autor: Garrigues Walker, Joaquín. 
   La democracia, en el horizonte     
 
 ABC.    04/08/1974.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 27. 

LA DEMOCRACIA, EN EL HORIZONTE

LA acumulación y concentración - de poderes en el Jefe del Estado es de tal naturaleza que no tiene

precedentes en la historia de España. Esta situación se debe a circunstancias históricas conocidas y a la

figura excepcional de Franco.

Porque, efectivamente, Franco es, por cualquier standard y por cualquier óptica que se juzgue, un hombre

fuera de serie. Esto, dicho ahora, en el contexto de un Régimen político en el que su figura no puede ser

juzgada y mucho menos criticada, tiene escaso valor. Porque el elogio sin la alternativa de la critica es

adulación.

Pero pienso que la Historia, sea cual sea el rumbee del país y el juicio favorable o adverso que sobre estos

años hagan las generaciones futuras, reconocerá unánimemente al juzgar a Franco que fue un hombre

fuera de serie.

¿Y el Régimen político y sus instituciones?

Algunas de las figuras más representativas del 18 de Julio, protagonistas y cogestores de este Régimen,

entienden que cualquier cambio en las estructuras del actual sistema es un crimen de lesa patria. Y, sin

embargo, esos cambios inexorablemente se van a producir con independencia de que sobrevivan o no

todas o parte de las instituciones del actual Régimen político.

Es decir, las mismas Cortes, el mismo Consejo Nacional, la misma Organización Sindical y hasta esos

mismos personajes de nuestro mundo político, económico y sindical actuarán y reaccionarán de forma

muy distinta cuando falte Franco. Las voces hoy unnimes se oirán variopintas. Muchas lealtades

incondicionales se convertirán en coyunturales.

Pero es que, además, el próximo Jefe del Estado, el Rey, en virtud de las propias Leyes Fundamentales,

tendrá unos poderes mucho más limitados que los que hoy detenta Franco. Y el presidente del Gobierno,

como recuerda el profesor Esteban, «adquirirá una importancia capital en el funcionamiento de las

instituciones».

Las Leyes Fundamentales no pueden impedir que la sociedad española abra nuevos cauces hacia la

democratización del país´, que es precisamente la meta de esta evolución.

Los grandes principios de nuestra Constitución son universales: «La ley ampara por igual el derecho de

todos los españoles»; «los españoles tienen derecho al respeto de su honor personal y familiar»; «todo

español podrá expresar libremente sus ideas»; «los españoles podrán reunirse y asociarse libremente»,

etcétera, son principios del Fuero de los Españoles que cualquier Estado de derecho podria suscribir casi

literalmente.

En otras palabras, el poder político en España, aun dentro del marco d_e las mismas instituciones de hoy,

estará más dividido, es decir, más compartido.

Claro está que todo esto no es suficiente. El vacío de poder que producirá en su día la ausencia de

Franco es directamente proporcional a la autoridad que ha ejercido durante tantos años.

Y aquí el problema no consiste en encontrar un sustituto a la figura de Franco. No se trata de encontrar la

persona que se subrogue en esos poderes. Si .fuera así, la operación técnicamente sería relativamente

sencilla y los candida-datos incontables.

Se trata precisamente de que los españoles colectivamente decidamos, por primera vez en nuestra

Historia, gobernar nuestro propio destino.

En este contexto lo que cuenta de forma primordial no es lo que quiera un Gobierno en abstracto, sino lo

que queramos los españoles en concreto. El marco institucional del Estado será el campo de juego; el

Rey, el arbitro de las reglas y el Gobierno, el órgano ejecutivo de las decisiones colectivas.. Esto es lo que

espera la sociedad española, más abierta y permeable, más madura que nunca, según demuestran los

últimos acontecimientos. Los universitarios y los trabajadores, los empresarios, los- profesionales, los

eclesiásticos y los funcionarios públicos exigen ya hoy, todos los días y cada vez con mayor intensidad,

un marco constitucional donde quepan todas las opiniones. Y simultáneamente pretenden ser

protagonistas de la vida política española, compartir los derechos y las responsabilidades de la sociedad

en la que viven y participar en la solución de los problemas que afectan a la vida comunitaria. La

tendencia en la vida política, cultural, religiosa, empresarial y laboral del país es hacia el diálogo y no

hacia el monólogo. El monopolio de la verdad pierde clientela.

De hecho, el actual Régimen político, sus_ hombres y sus actitudes han evolucionado ya

considerablemente durante estos treinta y cinco años de Historia. Un ministro se decidió a llamar

«huelgas» a lo que antes eran «conflictos colectivos». Otro ha pedido una España «faldicorta». Uno y

otro, ayer, hubieran caído en desgracia.

Todo esto es anécdota porque los cambios que exige el país no son sólo de terminología. Pero las

actitudes son siempre significativas. Lo dijo Marañón: «el liberalismo es una actitud». Y esa evolución

tímida y prudente es, como digo, consecuencia de la presión constante que ejerce la sociedad española1

sobre las estructuras políticas y las instituciones del país. Basta para comprobarlo comparar la Prens^

diaria de ayer y de hoy.

Las peculiaridades de nuestro sistema político —la Organización Sindical, la_s jurisdicciones especiales,

la representatividad de las Cortes, las elecciones, etcétera— pueden subsanarse en un próximo futuro

político. Es precisamente aquí, en la letra pequeña de la Constitución, donde las tesis se enfrentan, todavía

hoy, de forma irreconciliable. Es éste el terreno de juego en donde la clase política tiene que maniobrar en

los próximos tiempos.

Desde un sector, el sindicato vertical y único no es materia negociable. Desde otro, su transformación es

un requisito «sine´qua non». Con una deterrninada óptica las asociaciones no pueden convertirse en

partidos políticos. Para otros, sin partidos políticos, sin sufragio, no hay democracia. Y así sucesivamente.

Como ocurre con frecuencia en la historia de los pueblos, es la letra pequeña la que hace difícil el pacto,

imposible muchas veces. Es aquí donde nos aventajan los anglosajones, en su capacidad de compromiso,

en esa paciencia por negociar punto a punto, con avances y retrocesos.

El tránsito hacia la democracia desde la plataforma política de hoy es, pues, «per se», una operación

enormemente, compleja y difícil. Es, ha sido siempre, «mucho más difícil vivir libre que vivir esclavo, y

por eso los hombres renuncian tan frecuentemente a la libertad».

«La tradición viva —ha dicho recientemente Miguel Herrero— nunca es igual a sí misma y un sistema

legal tiene capacidades de transformación virtualmente ilimitadas.»

Y esa transformación en nuestro caso tiene como objetivo final la democracia. Ese objetivo que no

pudieron alcanzar sin trauma Grecia y Portugal.

Si nuestro actual sistema político tuviese la vitalidad de conseguirlo habríamos conseguido al final de ese

período de tránsito que no hubiera ni leales ni traidores, ni vencedores ni vencidos.

Wilson y Heath son tan leales a la Corona como Mitterrand y Giscard a la República. En la vida política

civilizada se ganan batallas parciales, pero nunca se gana la guerra.

¿Seremos los españoles capaces de realizar este tránsito pacíficamente? ¿Estará nuestra clase política a

la´altura de las circunstancias renunciando cuando sea el caso a las posiciones personales? ¿Sabrá la clase

dirigente renunciar a los privilegios de otra-época? ¿Sabremos los españoles superar la diferencias que

nos separan? ¿Estaremos, en definitiva, dispuestos a pagar el ´precio de la libertad?

Joaquín GARRIGUES WA´LKER

 

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