Autor: Garrigues Walker, Joaquín. 
   El fósil     
 
 ABC.    12/10/1974.  Páginas: 1. Párrafos: 20. 

EL FÓSIL

EL Estado de nuestro tiempo, por antonomasia, es el Estado democrático. Es la fórmula más moderna,

más evolucionada y perfecta «entre los múltiples nádelos constitucionales ensayados por el hombre» a lo

largo de la Historia.

Esta forma de Estado es el modelo que e copia en su instituciones, en sus mecanismos y formalidades por

todos gánelos otros Estados de nuestra época que lo cumplen sos requisitos. Y así vemos que los Estados

no democráticos transcriben literalmente las leyes constitucionales le aquéllos, copian en la forma, ya que

no en la sustancia, sus instituciones y luego, por último, se autoadjetivan democráticos. Es on hecho

patente que al los Estados autoritarios de izquierda o de derecha ni las dictadoras militares o de otro simo

pueden permitirse hoy el lujo de no adjetivarse democráticos. La conquista del poder por medios

violentos o su mantenimiento por la tuerta, se hace siempre en nombre de las libertades democráticas del

pueblo. Pero el hábito, claro está, no hace al monje.

La fórmula democrática ha demostrado, hasta hoy, ser la más eficaz en todas las estadísticas económicas

mundiales y a su vez la que garantiza un mayor marren de maniobra para las libertades de la persona. Es

también la más próxima a esa vieja aspiración humana que llamamos el Estado de Derecho.

Con todo esto no queremos decir, en modo alguno, que el Estado democrático sea perfecto. Por «1

contrario, esta fórmula de- organización de la vida política es todavía clasista, tolera la convivencia del

tajo y la miseria y las libertades individuales son con frecuencia violentadas. El sufragio universal no

garantiza tampoco el Gobierno de los mejores. La corrupción en los negocios privados y en la

Administración Pública A veces se convierte en un cáncer. Las huelgas producen pérdidas económicas

irreparables « inconvenientes de todo tipo para la convivencia diaria. Y aun así esta fórmula de

organización del ´Estado signe siendo hoy la menos mala de las conocidas.

La evolución del Estado democrático desde su comienzos hasta nuestros días ha sido muy considerable,

como era de esperar. Es la evolución que corresponde a la transformación de la propia sociedad durante

casi dos siglos de Historia. En ese tiempo todo ha cambiado y las instituciones creadas por el hombre han

tenido forzosamente que amoldarse a las nuevas modas y técnicas. Es I» ley implacable de la evolución;

quien no evoluciona, muere.

Pero este ´Estado ´ha conservado los mismos rasgos, las mismas notas o, más propiamente hablando, las

mismas características esenciales que el Estado que «nace ai filo de la Revolución Francesa». Ti así

vemos que tanto ayer como hoy el acceso al poder se canaliza por la vía del sufragio y de los partidos

políticos. Que en el Parlamento se discuten y aprueban tes leyes y se controla la acción del Gobierno. Que

los hombres que detentan el poder ejecutivo ´están limitados en el plazo de su mandato y en la esfera de

sn actuación. Que la oposición política está legalizad» y las libertades individuales garantizadas por las

leyes y los Tribunales.

´Estas características esenciales no han variado desde el origen del Estado democrático hasta nuestros

días. Y éstas y no otras son las que distinguen y diferencian a las democracias de las otras formas de

gobierno.

Pero si hablamos de evolución y cambio en «i Estado democrático de hoy, con respecto a su antepasado

histórico, examinemos brevemente dónde, cómo y por qué se- han producido estos cambios. Los tres

sectores fundaménteles de esta evolución han sido el Parlamento, los partidos y la economía.

El Parlamento ha dejado de ser, sensu estricto, el órgano legislativo. O mejor dicho, las leyes no nacen, en

la mayoría de los casos, por iniciativa de ios diputados, sino que, por el contrario, emanan del Poder

ejecutivo. Y aún cuando las leyes se siguen aprobando por los Parlamentos, los Gobiernos esquivan

siempre que pueden —y pueden a menudo— tos trámite de este órgano por medio de decretos, órdenes y

reglamentos. Pero es que. además, las leyes que se aprueban en los Parlamentos se elaboran por los

Gobiernos, que a su vez suelen contar con la mayoría parlamentaria. En la ciaste» distinción de poderes

—ejecutivo, legislativo y judicial— el ejecutivo del Estado democrático moderno, ha invadido la esfera,

de actuación propia del legislativo.

•Pero el Parlamento se ha convertido durante este proceso en el órgano de control y crítica del Poder

ejecutivo y en 1a plataforma de la oposición. Los Parlamentos de las democracias modernas no gobiernan

—que fue una tentación de la primera etapa—, pero sí controlan y vigilan la actuación del Gobierno. Esta

evolución ha sido, pues, objetivamente considerada, muy positiva.

Los partidos políticos, por su parte, han dejado de proliferar y se enfrentan en nuestro tiempo con el grave

problema de no perder contacto con la base. Pero el hecho de que no proliferen no quiere decir que las

leyes constitucionales limiten el número de partidos ni impidan la creación de nuevos. Lo que ocurre es

que con el transcurso del tiempo se han ido configurando en la mayoría de los países democráticos dos

grandes tendencias representativas de eso que en el lenguaje diario llamamos, para entendernos, la

derecha y la izquierda.

Y esto es así porque * medida que el reparto de los bienes se hace más equitativo, cuando las diferencias

entre las ideologías y ios credos religiosos se atemperan -y los enfrentamientos culturales o regionales

pierden virulencia, todas estas tendencias se polarizan en estas dos «petones. Porque, además, los grupos

minoritarios entienden, con razón, que la defensa de sus intereses específicos se hace más eficaz a través

de la maquinaria de un gran partido. Y. en efecto, los electores en la práctica sacrifican «el amplio

repertorio de posibilidades» ipara lograr una mayor eficacia. Ahora, bien, la democracia en este mundo

imperfecto consiste precisamente en contar con esa alternativa. Que no es, repito. una alternativa

impuesta por la Constitución o ¡por el Poder ejecutivo, sino una conveniencia práctica libremente

aceptada por los intereses de todo tipo en juego. La democracia como la libertad consiste en tener, cuando

menos, -ana alternativa.

Queda, por último, el tema económico, y» que la evolución de este sector ha sido verdaderamente

espectacular y consecuencia de un sinnúmero de circunstancias. El Estado neutro en el juego de los

intereses económicos privados es una reliquia del -pasado. Por el contrario, el Estado moderno se ha,

convertido en el mayor empresario en la totalidad de los sistemas democráticos. A través del Presupuesto,

de la Seguridad Social y de su actividad directa como empresario, los Estados democráticos modernos

controlan de hecho las economías nacionales.

Como recuerda el profesor Terceiro, el grado de penetración de la empresa pública —sin contar la

influencia del Presupuesto y de 1» Seguridad Social— es del 18 por 100 en Italia, del 11 por 100 en

Francia y del 10 por 100 en Inglaterra.

El intervencionismo del Estado moderno en I» Economía- (política fiscal, monetaria, precios, salarlos,

etc.) y su participación directa como empresario ha. sido motivada —anas veces acertada y otras

equivocadamente— por la presión de 1a sociedad para obtener un mejor reparto de la riqueza producida.

Porque el reparto de la riqueza es el talón de Aquiles del capitalismo.

Que por la vía de -las nacionalizaciones se obtiene, sin embargo, menor riqueza que la que produce la

iniciativa privada está hoy fuera de toda duda. Pero es incuestionable, a su vez. que a través de la fórmula

socialista se producen menos diferencias o, en otras palabras, se evita el contraste y la injusticia del lujo y

de la miseria. Para reducir estos contrastes, los Estados democrat icos-han perfeccionado el aparato fiscal

y han autorizado la sindicación obrera, que es el arma anas eficaz del mundo del trabajo contra posibles

excesos de los empresarios.

Estas son las líneas maestras de la evolución del Estado democrático hasta nuestros días. Si aquello de

antes era la paleodemocracia y esto de hoy la neodemocracia es intrascendente. Con este mismo criterio

podríamos llamar paleocatolicismo al anterior al Concilio Vaticano XL

En nuestro caso no se trata de sustituir el Estada del 18 de Julio por la paleodemocracia. Bastaría con que

el Estado del 18 de Julio evolucionase, como lo han hecho de las democracias, para que al final nos

pareciésemos «a algún que´otro país occidental» de esos que arrastran todavía la democracia «como un

mito trágico». ¿Están los países de Europa fosilizados? Pues si es así yo soy ano de los que propugno lo

que Gonzalo Fernandez de la Mora llama. «la retroevolución al fósil»,

Joaquín GARRIGUES WALKER

 

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