Autor: Garrigues Walker, Joaquín. 
   "Los grandes temas nacionales"  :   
 La política (I). 
   31/10/1974.  Páginas: 1. Párrafos: 15. 

«LOS GRANDES TEMAS NACIONALES»

LA POLÍTICA (I)

¿ Por dónde empezamos? Tratemos hoy de saber si estamos de acuerdo en el punto de partida.

Primera afirmación.—No existen antecedentes históricos en nuestro país de un Estado democrático.

Todos los proyectos para construir esa clase de Estado, tanto en los períodos de la Monarquía

constitucional como en los dos breves paréntesis republicanos, fracasaron de forma notable. No existe,

pues, la experiencia histórica acumulada necesaria para asegurar que en el futuro seremos capaces de

gobernarnos democráticamente.

Secunda afirmación.—Tampoco existen indicios suficientes en la sociedad española actual que permitan

asegurar que seremos capaces de organizar un Estado democrático. Las circunstancias económicas´ y

sociales de la España contemporánea nos hacen suponer que contamos con los ingredientes para ello.

Pero no. existen pruebas ni argumentos concluyentes y definitivos. Y no lo sabremos hasta que nos

tiremos al agua.

Ahora bien, resulta que un país moderno, un país enclavado geográficamente en el continente europeo,

pero sobre todo un país que de forma tan decisiva como el nuestro ha contribuido a construir algunos de

los capítulos más espectaculares de la historia universal, no puede permitirse el lujo, en mi opinión, de ser

gobernado de otra manera. Sería tanto como reunciar a formar parte de esa «élite» de estados modernos

que, con independencia de su peso económico en el mundo, forman la vanguardia de la civilización y de

la cultura.

Por lo tanto, no se trata de que los españoles pretendamos alcanzar ese status democrático contra el actual

sistema político. Se trata, precisamente, de que lo intentemos entre todos y de que sea el propio sistema y

sus hombres los que comprendan que por muchas que hayan sido las conquistas y los objetivos

alcanzados •durante los años transcurridos* ninguna otra será tan importante, ninguna otra, en definitiva,

será más sólida de cara al futuro que esa evolución decidida y ya muy rápida hacia el Estado democrático.

Dicho de otra forma, la evolución del actual sistema político tiene que hacerse desde dentro. Desde fuera

no se puede hacer. Se puede únicamente presionar para que se haga, pero sólo el sistema puede

evolucionarse a sí mismo. Si no se hace desde dentro del sistema, ¿sería ilícita la actitud de quienes

quisieran cambiarlo todo luego desde fuera?

E1 objetivo no debería ser otro que el de la evolución. Pero_ ese objetiva se anuncia con mucha mayor

facilidad que lo que luego en la práctica cuesta conseguir. Hemos llenado los textos constitucionales a lo

largo de nuestros dos últimos siglos de Historia con las palabras democracia y libertad. Y el hecho es que

seguimos donde estábamos.

Hablamos de democracia, libertad y socialización de Ja riqueza y, como recuerda José Vidal Beneyto, los

españoles, para alcanzar esos objetivos, nos dividimos en tres categorías: los que pretenden la mayor

cantidad de cambio^ en el más breve plazo de tiempo y a, cualquier precio. Los que pretenden el menor

cambio posible, en el plazo más largo posible y a un coste muy reducido. Y, por último, los que pretenden

el mayor cambio posible, en un plazo v a un coste razonables. En esa clasificación el autor no incluye a,

los que no quieren que las cosas cambien. Pues bien dejemos dicho desde ya que el cambio no se puede

hacer a cualquier precio. Que los españoles tenemos que negarnos a empezar de cero. Que tenemos que

huir de esa tentación. Y al mismo tiempo digamos con igual énfasis que hay que cambiar muchas cosas

para que en este, país quepan todos los españoles.

¿Es esto posible? ¿Pueden las Cortes llegar a ser representativas de las tendencias ideológicas del piáis?

¿Puede el Consejo Nacional convertirse en el senado del futuro? ¿Pueden los Sindicatos dejar de ser

verticales? ¿Acabarán naciendo los grupos políticos y habrá sitio en ellos para todos? ¿Se pueden

modificar las Leyes Fundamentales sin que de hecho cambie el sistema político? Y si se puede hacer todo

eso, ¿por qué no se ha hecho antes?

Listas son las preguntas concretas que quedan hoy todavía sin respuesta. Pero sigamos ahora en el campo

de la teoría.

Hablamos de cambio de la situación actual, hablamos de plazo y de precio o costé de la operación. ¿Qué

se quiere decir con todo ello? Porque no se trata únicamente de alcanzar un mayor grado de libertad. Hay

también otro objetivo prioritario en la mente de una gran mayoría de españoles: el reparto equitativo de la

riqueza. A la pregunta de Lenin «Libertad, ¿para qué?» muchísimos españoles contestarían: «libertad para

conseguir una sociedad más justa, más igualitaria».

En esa dualidad de objetivos —libertad y mejor reparto de la riqueza— radica la dificultad de la

operación. Alcanzar ambos objetivos simultánea y aceleradamente podría ser un ideal maximalista. ¿Es

además realizable? O, en otras palabras, el precio de esa operación acelerada podría ser de tal entidad que

un amplio número de españoles se negase a aceptarlo. Por eso, para que luego no digamos lo que dijo

Ortega a destiempo, «no es eso, no es eso», cuando llegó la República en olor de multitud, tendríamos

que ser capaces ahora de organizar ese tránsito.

Porque usted, abogado, empresario, industrial, comerciante o propietario, es —vamos a ^aponerlo— un

hombre de esos que se llaman ahora de la «derecha civilizada» o del «centro moderado». Y como tal

acepta que en nuestra sociedad hay que abrir la puerta de la libertad. Y entiende usted también —aunque

aquí le gustaría que concretásemos mucho más— que en nuestro país las actuales diferencias económicas

de rentas y de salarios son inaceptables. Esto en el plano de los principios y de la formulación teórica.

Pero, ¿cómo se traduce al mundo de las cosas reales esa preocupación filosófica? ¿Cómo entiende usted

que esas diferencias pueden reducirse?

Eso implica, como usted no ignora, una completa transparencia contable en sus actividades económicas

empresariales y personales. Eso se traduce en dinero en efectivo que usted paga de más para que el

presupuesto del Estado tenga los medios de financiar la gran infraestructura del país, desde la educación

hasta las transportes colectivos. Eso se traduce, en definitiva, en que usted viva peor, con menos lujo, para

que otros muchos vivan mejor, con menos ahogos. Eso implica también que sus acciones y omisiones

como empresario estén sujetas a la crítica pública. En eso radica su responsabilidad. ES decir, el vivir en

ese clima de mayor libertad le exige a .usted un mayor grado de responsabilidad ciudadana. Un mayor

compromiso con el país, una menor ostentación, una mayor solidaridad con los problemas comunes.

Por su parte, el mundo del trabajo, los que ganan su salario en fábricas y empresas, los funcionarios

públicos y los empresarios civiles, tienen- derecho a exigir que su vez se otea en las instituciones políticas

y en los medios de difusión. Es decir, que tengan acceso a la misma audiencia que los empresarios y

propietarios. Que su voto sume los mismos puntos. Que su retribución responda a la realidad de la

economía de 1a empresa.

Pero también en este lado hay responsabilidades y obligaciones. Por el mundo laboral no se puede exigir"

a la empresa —a esa nueva empresa transparente en sus cifras— más de lo que la empresa es capaz de

generar, habida cuenta de la retribución lícita del capital. La huelga es un arma legítima no sólo de las

reivindicaciones económicas, sino de todo tipo de conquistas inalcanzadas todavía por el sector laboral.

Pero las huelgas no pueden convertirse en el instrumento para destruir el sistema político y económico

que mayoritariamente acepten los españoles.

Encontrar ese punto de equilibrio entre las fuerzas conservadoras del país y las progresistas, entre tos que

quieren el cambio a casi cualquier precio y los que lo quieren a un precio razonable no será fácil. Pero si

un sistema político no es capaz de integrar a esas dos Españas de una forma sólida y .permanente, ese

sistema tampoco será válido.

La conquista de la libertad y de ja justicia social han sido, son y serán siempre objetivos revolucionarios y

permanentes de la Humanidad. Pero ¡a qué precio!

AI único precio posible. Aquel que permita construir el futuro sin destruir el pasado y sin renunciar por

ello a cambiar todo lo que haya que cambiar. Porque, que nadie se engañe. Si se quiere cambiar todo a

cualquier, precio y caiga quien caiga es probable"que al final volviésemos al punto de partida. ¿Y el

inmovílismo? Esa es la vía inversa. La que de forma más segura nos conduciría a la revolución.

Vaya por Dios, se dirá usted ahora; ya empezamos la marcha atrás. El autor parecía liberal y se ha hecho

conservador. Parecía demócrata y ahora pone condiciones. Hablaba de libertad y hoy nos dice que ni los

antecedentes históricos ni las circunstancias actuales garantizan que podamos conseguirla. Quizá tenga

usted razon. Quizá también la tuviera un español ilustre, jefe en su día del partido socialista, cuando dijo

—hace ahora-más de treinta años— aquellas terribles palabras: «acaso en España no hemos confrontado

con serenidad las respectivas ideologías para descubrir las coincidencias que quizá fueran fundamentales,

y medir las divergencias, probablemente secundarias, a fin de apreciar si valía la pena de ventilarlas en el

campo de batalla». Ese español se llamaba Indalecio Prieto.

Joaquín GARRIGUES WAI.KER

 

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