Autor: Garrigues Walker, Joaquín. 
   Los perros y los collares     
 
 ABC.    05/05/1975.  Páginas: 1. Párrafos: 14. 

LOS PERROS Y LOS COLLARES

CUANDO algunos españoles hablamos de una nueva etapa constituyente no estamos diciendo nada

heterodoxo, aunque pueda parecerlo. En política, la única heterodoxia consiste en negar la evidencia e

ignorar la realidad. Sin ir más lejos, los franceses desde la pegunda guerra mundial han vivido diversas

etapas constituyentes hasta la V República. ¿Podemos los españoles rechazar esa hipótesis en nuestro

horizonte político?

Pensando precisamente en esa nueva etapa pedía Areilza que se organizase con urgencia la derecha. Y lo

pedía con argumentos que suscribo en su totalidad y con la brillantez que en él es habitual. Pero ¿es sólo

la derecha quien tiene que organizarse? Desde el sector conservador del país se argumenta que la

izquierda sabe de antiguo organizarse en la clandestinidad. Que está ya organizada a extramuros del

Régimen y que surgirá a la superficie, fuerte y unida, cuando cambien las cosas. Y cabe preguntarse:

¿cómo es posible que en el contexto de un Estado de autoridad, sin medios de comunicación, silenciadas

y (perseguidas, hayan podido organizarse las fuerzas de izquierda?

Ya tiene mérito que esas fuerzas hayan sabido organizarse —y hayan tenido que hacerlo— en la

clandestinidad mientras las derechas hemos sesteado, como dice Aréilza, «al abrigo de largas situaciones

excepcionales». Ya tiene mérito, digo, que después de casi cuarenta años seamos las derechas las que

necesitemos tiempo y protección para organizamos de cara al futuro.

Pero es precisamente este «sólido» argumento el que se utiliza para pedirle a las fuerzas de izquierda que

estén tranquilas, que ya les llegará, su hora. Este es el argumento de los «asociacionistas» para organizar

primero la derecha y según dicen, dar entrada después a la izquierda de verdad. Cuando no haya más

remedio. Pero lo que se está consiguiendo con este intento es precisamente el doble efecto contrario: por

una parte, fraccionar las fuerzas de derecha en numerosos grupos que se autocalifican de «demócratas»,

de «izquierdas» y «sociales», quizá porque piensan que el barco escora a babor. Y, por otra, radicalizar a

las auténticas fuerzas de izquierda.

La filosofía política detrás del Estatuto de Asociaciones descansa en el supuesto de que la democracia se

puede organizar en pequeñas dosis. Los profesores Duverger y Linz han negado recientemente en Madrid

la viabilidad de esta tesis.

Este régimen político no ha´evolucionado ni puede hacerlo por los llamados cauces orgánicos. Los

puristas del sistema tienen razón. Desde las actuales instituciones no hay evolución posible si por tal se

entiende su transformación en un Estado democrático. Lo que ocurre es que el país se manifiesta con

mayor libertad e intensidad al margen de esas instituciones que siguen su vida rutinaria de costumbre. Son

las asociaciones de vecinos, las amas de casa, los estudiantes y trabajadores, los colegios profesionales,

los P. N. N., los empresarios y un larguísimo etc., los que protagonizan la vida pública de esta hora al

margen de las instituciones del Estado. ¿ Qué síntomas de esa famosa evolución hay en las Cortes?

¿Cuáles en el Consejo Nacional? ¿Qué hay de nuevo en el Consejo del Reino? ¿Qué ha cambiado en la

Organización Sindical? Nada de ´nada. Esas instituciones siguen siendo lo que eran cuando se fundaron.

Y así ocurre que el país vive una vida. El Estado y sus instituciones, otra. Es lo que se ha llamado la

España oficial y la real.

Esta situación tan artificial se mantiene, entre otras razones de peso, por la presencia de Franco y por la

propia inercia de las cosas. ¿Hasta cuándo es posible este divorcio? ¿Mañana? ¿Pasado mañana ? En

cualquier caso, muy pronto. En el campo de la teoría caben únicamente dos soluciones: p se fuerza

coactivamente y sin eufemismos al país para que entre por el aro dé las instituciones vigentes o se

construyen —construimos— unas instituciones donde quepa el país. ¿Es razonable la primera solución?,

¿es posible?, ¿por cuánto tiempo? Por la segunda vía se entra, llámese como se quiera, en una etapa

constituyente. Es el camino de la democracia, un camino difícil y complejo, pero un camino conocido que

tiene sus inconvenientes y sus innumerables ventajas.

Los teóricos del evolucionismo se niegan en redondo a esta nueva etapa constituyente y defienden sus

razones con un argumento que tiene diversas expresiones: «no más traumas», «hay que negarse a. partir

de cero», «hay que evitar el borrón´y cuenta nueva». ¿Es que acaso los que hablamos de una nueva etapa

constituyente queremos traumas?

El Estado que nace Como consecuencia de la guerra civil sigue el proceso clásico de todos los sistemas

políticos basados en la autoridad de una persona. Se conquista el poder ejecutivo y desde ahí se

construyen las instituciones que no son otra cosa que la vestimenta de ese poder. Basta repasar nuestra

historia contemporánea para comprobar que la construcción del Estado español arranca desde la Jefatura

del Estado. Y sólo después, en fechas sucesivas que llegan prácticamente hasta nuestros días, se va

construyendo el aparato institucional. Y así tenemos que la Organización Sindical nace en 1938, que las

Cortes aparecen en 1942, que no se establece un mecanismo sucesorio hasta 1947 y que las asociaciones

adquieren carta de naturaleza en el «Boletín Oficial» en 1975. Dicho de otra forma, es el poder ejecutivo

el que crea las instituciones del Estado español. A este respecto las Leyes Fundamentales son

inequívocas; el sistema institucional del Estado, dice la Ley Orgánica, responde a los principios de unidad

de poder y coordinación de funciones.

El proceso de creación de cualquier estado democrático es exactamente el inverso. Se empieza por

construir la base de la pirámide para llegar hasta el vértice. Los evolucionistas pretenden ahora conectar el

vértice del Estado español con la base por la vía de las asociaciones, pero ya se, íntuye que este proceso

no es viable y que si lo fuera, es decir, si las asociaciones fuesen capaces de conectar con la base

acabarían imponiendo la transformación de las instituciones o, lo que es lo mismo, acabarían exigiendo

una etapa constituyente que es, paradójicamente, lo que se intenta evitar.

Todo esto parece una disquisición teórica propia de expertos en Derecho político. Pero, claro está, lo que

anda en juego cuando se acepta o se niega la proximidad de una nueva etapa constituyente es algo mucho

más profundo, más real y concreto. Ni más ni menos que la modificación de las estructuras del poder

político y económico. Aquí radica el quid de la cuestión, y por ello todo este lenguaje constitucional que

utilizamos unos y otros para justificar una y otra tesis no hace sino enmascarar -el verdadero problema.

Aun cuando bien es verdad que nadie se engaña. Ni los expertos del tema constitucional ni los políticos

que se mueven hoy en defensa de una u otra concepción del Estado, ni los trabajadores ni los empresarios

ni la burguesía ni el país entero tienen la más mínima duda de que lo que está en juego es precisamente

eso, la estructura del poder o, sin rodeos, el poder mismo.

La construcción de un nuevo Estado desde la base, es decir, desde las ideologías que se manifiestan por el

voto y el sufragio, transformaría sustancialmente los esquemas vigentes del poder. Para que no haya

dudas: podrían ser otros los que mandasen, ese poder tendría unas fuentes distintas, los

condicionamientos en el ejercicio del poder serían diferentes y los mecanismos para alcanzarlo y perderlo

no serían los mismos que hasta ahora. Es decir, el cambio de las reglas del juego, la etapa constituyente,

pone_en peligro el «statu quo» durante tantos años inamovible. No se trataría, en el lenguaje coloquial, de

los mismos perros con distintos collares, sino de la posibilidad de que cambiasen los perros.

Y aquí la paradoja: sólo arriesgando la posibilidad de estos cambios, sólo aceptando desde el poder esta

etapa constituyente podría, en cierta forma, controlarse el cambio. En otro caso las fuerzas sociales que

presionan hoy sobre las instituciones del Estado acabarán como Ho Chiminh llegando a Saigón. Por la vía

de borrón y cuenta nueva.

Joaquín GARRIGUES WALKER

 

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