Autor: Millán-Puelle, Antonio. 
   En torno a un artículo de Antonio Garrigues     
 
 ABC.     Páginas: 1. Párrafos: 15. 

EN TORNO A UN ARTICULO DE ANTONIO GARRIGUES

AN TONIO Garrigues, embajador de España, es, ante todo y fund amemtalmente, un generoso y cordial

hombre de bien. Además de ello, es uno de nuestros más eminentes hombres públicos no sólo por el

prestigio conseguido en diversas misiones oficiales de muy delicado empeño, sino también por su

continua y lúcida atención -a los más vivos problemas de la sociedad contemporánea universal y

española. Buen ejemplo de ello son precisamente sus artículos en esta tercera página de A B C.

Como asiduo lector de esos artículos, me gustaría verlos agavillados en un libro, donde quedaría más

perceptible la latente unidad del pensamiento que en común los inspira: un pensamiento tan sereno y

lógico, que casi siempre convence, incluso cuando se adentra en las más arduas cuestiones.

Pero no es ahora mi propósito el de limitarme a hacer constar mi admiración a Garrigues y mi esencial

solidaridad con las ideas que aquí ha ido expresando. Sobre esta base, puede tener también algún sentido -

|-dialogable y civil— que yo exponga mi discrepancia respecto a alguna de las afirmaciones contenidas en

un importante artículo del mismo autor. Me refiero, concretamente, al que lleva por título «La

reconciliación y ¡a Cruzada», publicado en el A B C del día 3 de junio.

Porque es el caso que sólo a medias entiendo lo que el autor de ese artículo sostiene cuando, después de

haber reproducido algunas frases de un claro documento conciliar, hace estas deducciones:

«Por consiguiente, los cristianos podrán ser tradicionalistas, pero no en tanto que cristianos, sino en tanto

que tradicionalistas; podrán ser carlistas o, en geñeral, monárquicos, pero en cuanto tales, no como

cristianos; podrán ser demócratas, pero no por cristianos, sino por demócratas; podrán ser socialistas, pero

como socialistas; podrán ser incluso comunistas en cuanto a la propiedad comunitaria. no privada, de los

bienes productivos, aunque no respecto a la filosofía arreligiosa del comunismo, si son verdaderos

cristianos. Los cristianos que participan en esos movimientos aportan «su» cristianismo, pero no «el»

cristianismo ni la Iglesia, cosas que no se pueden capitalizar con fines políticos-»

La idea más fundamental de este largo texto —aunque no todo lo que en él se afirma— resulta

perfectamente inteligible, y sería muy difícil expresarla mejor. Indiscutiblemente, el cristianismo y la

Iglesia son cosas que no se pueden capitalizar con fines políticos. Pero, en cambio, es dudoso que la

claridad de esta tesis pane algo con la distinción que Antonio •Garrigues hace, entre el cristianismo en

general y el propio o particular de cada cristiano. Ante esta distinción yo me pregunto: ¿en qué sentido se

puede hablar —y se habla aquí— de ese personal cristianismo?

Mi pregunta se justifica por el hecho de que actualmente, incluso entre los católicos, hay quienes creen

estar en el derecho de disminuir o deaumentar el mensaje cristiano, concibiendo, de esta manera, •su»

personal cristianismo, como el resultado de esa resta o de esa adición. Y también es un hecho, y no poco

frecuente, que esas operaciones, digámoslo así, «teológico-matemáticas», sean llevadas a cabo para

adaptar y acomodar el cristianismo a la concreta ideología política de las personas que las ejecutan.

Bien sé que Antonio Garrigues es ajeno a esas manipulaciones; y sería abusivo, por mi parte, aprovechar

la ambigüedad de unas palabras para hacerle decir lo que no piensa ni siente. Pero es verdad que esas

palabras suyas son ambiguas, no en la intención que en él tienen, sino en la que ellas tienen en la actual

situación. Así, pues, y sin ánimo alguno de polémica, demos ahora otro paso y pregúntemenos: ¿qué es lo

que puede aportar a un movimieníto politico un ´cristiano precisamente en razón de «su» personal

cristianismo y entendiendo este «su» de tal manera que no desvirtúe ni adultere la enseñanza cristiana?

Sólo veo una forma de responder correctamente a esta pregunta: distinguir entre los contenidos

ideológicos y la forma o el modo de aplicarlos, diciendo seguidamente que, respecto de lo segundo,

lo,que un cristiano en cuanto tal podrá aportar es la eficacia ´de las virtudes morales —sobrenaturales y

humanas— que él posea (y claro está oue en la medida en que las tenga). Porque es patente que ningún

cristiano puede entrar en un movimiento político aceptando la condición de prescindir de esas virtudes

morales, ni haciendo él mismo abstracción de las exigencias prácticas que implican.

¿ Y qué aportaría un cristiano «en cuanto tal» a los contenidos ideológicos de un movimiento politico? Lo

diré sin rodeos: absoluta y sencillamente nada. Porque una de dos: o en la doctrina de ese movimiento no

existe nada que atente contra el dogma o la moral del cristianismo, y entonces tampoco tendrá el cristiano,

por el hecho de serlo, que sustraerle ni añadirle nada, o hay en esa doctrina algún elemento anticristiano,

en cuyo caso no le será lícito a ningún cristiano participar en ese movimiento mientras en él se dé ese

coeficiente.

Viene ello a propósito de otra de las afirmaciones que Antonio Garrigues hace : la d´e que los ´cristianos

«podrán ser incluso comunistas en cuando a la propiedad comunitaria, no privada, de los bienes

productivos, no respecto a la filosofia religiosa del comunismo».

Vayamos por partes. Ante todo, ¿ de qué comunismo se trata? Porque, sin duda alguna, es un comunismo

el propuesto por Carlos Marx, cuya filosofía no se define, por cierto, como exclusivamente antirreligiosa,

sino como antirreligiosa, y no sólo accidentalmente, sino de un modo esencial: ni más ni menos que

porque dice su autor que la negación~de Dios es necesaria para que el hombre se afirme como hombre,

dejando de enajenarse o alienarse en la adoración de Aquél.

Pero queda todavía la otra parte: ¿ puede admitir un cristiano la negación de la propiedad privada de todos

los bienes productivos? Naturalmente, lo que así se interroga es si los cristianos pueden admitir la

propiedad comunitaria o pública como la única y sola forma de propiedad para esa clase de bienes. Y

desde luego no se responde a_esta cuestión por el socorrido expediente de aludir a las tan traídas y

llevadas «oornuntcl^idets de cristianos primitivos», porque estas comunidades no forzaban a nadie a

¡entraír en ellas, ni la Iglesia las inducía a negar el derecho de la piroipisdad privada de tas bienes de

producción.

Sobre este asunto no me veo en el caso de tener que arriesgar mis propias opiniones personales. La Iglesia

se ha pronunciado sobre el tema. Y lo que la Iglesia dice a este respecto es que la propiedad privada de

los. bienes de producción constituye el objeto de un derecho, no incondicionado o absoluto, pero sí

ciertamente natural. ¿Es que acaso la Iglesia se mete donde no debe, injiriéndose en un asunto meramente

político? No seré yo quien lo diga. Y a esto puedo añadir que _ ni ese asunto es meramente eolítico, sino

de derecho natural (aunque no sea de derecho natural la concreta manera en que la propiedad esté

distribuida), ni tampoco la Iglesia se restringe a los valores sobrenaturales, sino que es. además, custodia

de los derechos naturales de los hombres (por la misma razón por la aue la gracia, que perfecciona a la

naturaleza, supone a ésta y la implica).

Dada, por otra parte, la positiva sensibilidad de. nuestro tiempo a las instancias de la libertad, me parece

oportuno reproducir aquí las siguientes palabras de Juan XXIII: «La historia v la experiencia atestiguan

que, en los regímenes que no reconocen el derecho de propiedad privada, incluso de los bienes

productivos, son oprimidas y sofocadas las expresiones fundamentales de la libertada (Encíclica «Mater

et Magistra», num. 109.)

Tal vez haya, no obstante, quien me diga que aquí no se tiene en cuenta el llamado «socialismo liberal».

A esto respondo que quiero ocuparme de él especialmente. Pero ya este artículo es muy largo. Dejemos,

pues, ese tema para otra ocasión, todo lo próxima que resulte posible.

Antonio MILLAN-PUELLE

 

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