Autor: Garrigues y Díaz Cañabate, Antonio. 
   Lo viejo y lo nuevo     
 
 ABC.    25/09/1975.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 13. 

LO VIEJO Y LO NUEVO

EL tener más conciencia de que lo que está pasando en la humanidad es el tránsito de un período histórico

a otro, ayudaría a vivirlo y sobrevivirlo mejor. No hay nada que hacer, nada que pueda evitarlo. Porque el

cambio no está fuera, en las cosas; está dentro, en los hombres. No son las guerras, o el hambre, o las

grandes epidemias, Q cualquiera de los traumas que azotan a la humanidad, o el mero pasó del tiempo y

de las generaciones que orgánicamente va cambiando el rostro del ser humano. Ahora lo que está

cambiando bajo una aceleración históricamente inédita son las normas interiores, los valares, las

creencias, los hábitos, las formas de convivencia que han venido rigiendo la vida del hombre, aunque

éste, «el hombre*, permanece inalterable en su profunda identidad a través de todos los posibles cambios.

Por lo siguiente:

El cambio no es la pura suplantación de lo viejo por lo nuevo. Eso no ocurre nunca en la historia. Ni lo

nuevo, es tan nuevo ni lo viejo tan caduco como creen los Innovadores. Lo nuevo envejece pronto, y lo

viejo, debajo de su hojarasca, tiene una consistencia cuajada y decantada por el curso del tiempo, que k

hace permanecer y perdurar a través de las sucesivas mutaciones históricas, aunque en una forma y figura

renovada y distinta.

Grecia romanizada ejerce su influjo mágico sobre las mentes romanas y sobre su religión y su filosofía y

su arte y su literatura, sus juegos, sus costumbres. £1 Imperio Romano de Occidente, que loa bárbaros

destruyen físicamente y 4 la Iglesia Católica «spiritualmente, tiene tal sortilegio, tal hechizo, que vuelve a

reencarnar, cristianamente bautizado, en la bella —y más simbólica que real— figura del Sacro Imperto

Romano. Y de la Revolución Francesa, que decapitó a una monarquía plurisecular en la persona del rey,

que era la «viva imagen de Dios», surgió el imperio napoleónico, la restauración borbónica, de nuevo la

napoleónica y no la definitiva forma institucional monárquica en la legítima rama del conde de

Chambord, porque se perdió el pleito en una asamblea monarquizante por un solo voto y por las

intransigencias-del puro espíritu legitimista del legítimo titular.

Usar de lo viejo y de lo nuevo es el arte de la política que merece ese nombre. La política no es una

tecnocracia, aunque haya de usar ésta instrumentalmente, sino una «virtud». Es decir, «tener un corazón

que entienda para juzgar y para discernir el bien del mal>. Para la mentalidad materialista dominante estas

cosas sonarán a pura oquedad. Pero Aristóteles, que sabía lo que decía —que en eso consiste la

sabiduría—, llamaba a la política «la más alta ciencia de los hombres» y hacía descansar en la «virtud»

del político esa señera ciencia y arte.

Lo viejo y lo nuevo, la decadencia y la exaltación, son dos caras de una misma moneda echada al aire de

la historia. Pero no es fácil reconocer cada una de ellas. Están demasiado .próximas. Para San Agustín, las

férreas costumbres estoicas sobre las que se levantó el Imperio Romano, no eran más que

sus grandes pecados, su ruina moral. Y para la mentalidad protestante, las fabulosas hazañas de los

conquistado-Tes «spañoles, que no tienen parangón en la historia, solamente fueron el signo de la

barbarie hispano-católica. Y así tantas veces y en tantas ocasiones.

Las grandes «nutaciones históricas no son. en. general, vistas y previstas por los políticos. Su horizonte es

más limitado. La política es un juego y la mesa de juego de la política, tan azarosa, les tiene cogidos,

sobrecogidos. César .no sabía que ponía término a la compleja, maravillosa mezcla de oligarquía y

democracia que fuera la República romana y que abría la vía al imperio. Y en los tiempos recientes, ni

Hitler, ni Mussolini, ni Churchill comprendieron que los imperios coloniales nacionalistas europeos

habían hecho su tiempo y que la insensata guerra emprendida significaba su liquidación y el tránsito a

otros imperialismos extra-europeos. Y en la «política» religiosa, Juan XXIII no pudo concebir que al abrir

el Concilio Vaticano II abría la Iglesia Católica a grandes y nuevas esperanzas y a grandes y nuevos,

dolores.

Es verdad que en el juego de lo viejo y de lo nuevo los regímenes totalitarios tienen y mantienen la

voluntad de desarraigar no sólo su propio pasado, sino las formas políticas contrarias vigentes fuera de

sus fronteras, y que emplean para ello todos los recursos políticos, morales, materiales y físicos.. Peco en

Rusta la fe religiosa ortodoxa, aunque amortiguada, permanece, y el indoctrinamiento marxista pierde

fuerza con las nuevas generaciones, abiertas a una mayor libertad, a-otros horizontes culturales y a una

renovación del sistema que no será desde luego procapitalista, pero que será una profunda renovación. Y

ésta es la gran esperanza de esta terrible gran experiencia del gran pueblo ruso.

Se dice, para justificar la política del «borrón y cuenta nueva», que los testamentos o nombramientos

sucesorios políticos no se cumplen nunca. Según lo que se entienda por ello. La unificación de los

Estados medievales se vio retrasada, tanto en España como en toda Europa, por la frecuente repartición´

de los reinos entre los hijos a la muerte del monarca. Siempre´hay en el que manda, como lo hay en el

padre de familia, un deseo profundo de ser, cuando falte, no suplantado, sino sucedido, continuado.

Todavía Napoleón I repartió las coronas de los reinos o principados conquistados entre sus familiares, y

aunque su caída arrastró la de toda su familia, ha quedado vigente hasta el presente la monarquía sueca,

instaurada por Napoleón en la persona de su mariscal Jean Baptiste Bernadotte. Y en la Francia de

nuestros días Pompidou ha sido un heredero del general De Gaulle, y Giscard, aunque con algo de hijo

pródigo, de Pompidou. Como Ford lo ha sido de Nixon,por designación directa y lo seguirá siendo si es

elegido presidente, porque fue Nixon quien le sacó del anonimato y le situó en la línea sucesoria. Las

democracias muy a menudo respetan y respaldan esos testamentos o voluntades sucesorias. Y en el

régimen mejicano, y en general en los totalitarios, la figura del «delfín» es una figura clave.

Luego no se puede decir eso que se dice sobre este tema. Lo que sí hay que entender es en lo que hay que

cumplir y en lo que no hay que cumplir la voluntad del causante. El sucesor, sin renegar de la sucesión,

.no tiene que mimetizan su figura y su política. Al contrario, tiene que desarrollar hasta el límite mismo

de sus capacidades su propia, autónoma personalidad humana y política. Tiene que recibir una herencia

incondicionada, libre. En cierto modo a beneficio de inventario. El no tiene que pagar los errores de su

predecesor, aunque tenga que enmendarlos, así como otros tendrán que enmendar los suyos.

Decir que en España, después del hecho sucesorio, lo que Don Juan Carlos y sus Gobiernos tienen que

hacer es «franquismo» («después de Franco, el franquismo»), como pretender que producido ese hecho en

la sucesión de un Régimen con consistencia de cuarenta años, tanto las instituciones como los hombres

que han participado en ellas deben ser erradicados; lo uno y lo otro es contrario a las mejores lecciones de

la historia. Lo uno y lo otro es lo que debiera haberse evitado en Portugal.

El juego de las dos monarquías, una del Régimen y otra anti o extra-Régimen. es un juego moralmente

recusable. La Monarquía no puede ser de derechas ni de izquierdas, ni Régimen.. ni anti-Régimen, sino la

Monarquía de todos los españoles. Una Monarquía sectorial es la anti-Monarquía. Mejor una república.

Si el Régimen desoye las voces leales y absolutamente desinteresadas sobre la necesidad de su prudente,

inteligente^ y profunda transformación —real y no fingida, no un simulacro— recaería de nuevo España

en el eterno retorno del «volver a empezar», de las constituciones temporales, de la constante

deseducación del respeto a la ley establecida.

El poder desgasta, pero la ausencia del poder no sólo desgasta, sino que desvirtúa al que la padece. No

deben sumarse ambas cosas. El momento del tránsito está en manos prudentes, patrióticas. No hay duda

de que sabrán elegir el momento más favorable, que no puede ser utópico, sino teniendo en cuenta los

tiempos agitados, tormentosos, en que ha entrado el mundo.

Antonio GARRIGUES

 

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