Autor: Ollero, Carlos. 
   El futuro de las estructuras sociales     
 
 ABC.    14/05/1964.  Página: 19. Páginas: 1. Párrafos: 17. 

EL FUTURO DE LAS ESTRUCTURAS SOCIALES

Sugerir un artículo con este título a quien no es especialista en temas sociológicos, permite al que ha sido

honrado con el requerimiento, no malgastar el espacio ni la posible atención del lector con excusas

previas sobre la obligada generalidad de cuanto pueda decirse. Por otra parte, el tema, en lo que tiene_ de

"futurible", posee un sentido científico-político tanto o más que sociológico; al creerlo así, to que pudiera

en nosotros significar atrevimiento no pasa de ser una razonable cortesía.

Nadie discute ya seriamente que el marxismo realizó un análisis profundo, esclarecedor y en grandísima

dosis certero, de la realidad hístórico-social de Europa en determinada fase de su evolución. Pero

igualmente es hoy innecesario poner más énfasis en el fracaso, casi absoluto también, de las predicciones

rnarxistas sobre fases posteriores. Los datos que ofrecen muchas de las estructuras sociales

contemporáneas no dejan, en líneas generales, lugar para la duda. Ahora bien: el que así suceda, ¿es tan

sólo consecuencia de un proceso estructural, operado en forma ineluctable e independiente de la acción

racional del hombre moderno? Una contestación rotundamente afirmativa aminoraría el fracaso marxista,

pues lo dejaría reducido a la contradicción de los resultados, sin que en el fracaso quedara gravemente

implicado, lo que, en definitiva, constituye la base del materialismo histórico, es decir, la legalidad propia

de las formas de producción económica. La superación actual del marxismo estriba sobre todo en la

victoriosa oposición a lo que éste tiene de cerrada concepción sobre los determinantes de) acontecer

histórico.

Decimos esto porque ciertas actitudes economicistas y tecnocráticas respecto a la interpretación de la

realidad social y la transformación de sus estructuras, pueden parecer—trasvasando la frase conocida

sobre la Revolución—un marxismo contrario más que lo contrario del marxismo. Un futuro de las

estructuras sociales no puede estar determinado exclusivamente—me atrevería a decir, ni

fundamentalmente—por estrictos planeamientos económicos cuantitativos, superpuestos a estructuras

inadecuadas. Es cierto que esos planeamientos pueden transformar las estructuras, pero no lo es menos

que, sin una previsión consciente y deliberada del sentido en que se apetezca esa transfomiación, ésta

ocurrirá intermitente^ parcial y, desde el punto de vista político, acaso sorprendentemente.

E! fracaso de las -predicciones marxistas_se ofrece evidente al examinar la evolución reciente y la

situación actual de las típicas sociedades industriales, cultural y politicamente desarrolladas. En la medida

en que creamos que las que no han alcanzado aún esos rasgos puedan obtenerlos mediante una ordenada

acción económica y político-social, podemos ser optimistas sobre la extensión de! fallo pronosticador del

marxismo. Hoy todavía txisten en el mundo muchos países a -cuyas estructuras sociales es preciso y

urgente´ aplicar esa acción ordenada, si efectivamente deseamos que su transformación conduzca a

resultados más próximo a las sociedades maduras, de Occidente que a los obtenidos por vías muy

distintas en totalitarismos más o menos sovietizados.

Las estructuras sociales, de las "´sociedades opulentas" han sido descritas múltiples veces. No meditar

sobre sus puntos de partida, sobre determinados condicionamientos de su evolución, sobre el contexto

cultural, histórico, político e incluso psicológico, en que esta evolución se ha producido, conduciría al

espejismo de suponer que se trata de una simple operación silogística que no requiere más esfuerzo que el

del planeamiento técnico.

Es cierto que hoy está en gran medida superada una visión esquemática y uníversalizadora de las fases

que conducen del infradesarrollo al superdesarrollo, a la manera de Rostow, y suele admitirse que la

evolución puede retrasarse, acelerarse e incluso transcurrir por otros cauces. Pero parece deseable que el

proceso de transformación sea efectivo sin necesidad de recurrir al radicalismo de muchos países en que

ha coincidido el "despegue" socio-económico con la liberación del colonialismo. La situación española

afortunadamente no es ésa, pues ya está instalada en el nivel de un semidesarrollo occidental dinámico y

acelerado. Es más, a ese nivel ya no existe posibilidad de opción entre las pautas occidentales y las

totalitarias. Para que éstas fueren aplicables habría de retrocederse en «1 proceso, y el retroceso no daría

margen para la recuperación por vías nacionales independientes.

Suele afirmarse que los cambios en las estructuras sociales españolas son patentes, y esa afirmación es a

la vez cierta y problemática. ¿Puede hablarse en verdad de cambio en la estructura social española? ¿No

será más cierto que lo que hasta ahora se ha producido son fenómenos generales de mutación indicativa e

índice» o elementos previos y significativos de un cambio estructural? Un balance en este orden de los

fenómenos reales y fácilmente detectable^ de signo indiscutiblemente positivo, seria desde luego nutrido

y esperanzador. Quede esto claro para que no pueda tergiversarse cuanto aquí se diga convirtiendo lo

que.es honesta perplejidad o lead advertencia en cerrada incomprensión o injusta critica. Pero existen

datos que aconsejan la meditación.

Uno de ellos es la desproporción entre la contundencia de ciertos supuestos previos que podríamos llamar

institucionales (burocratización, racionalización, tecnificación, dirigismo), y la lenta modificación de

estructuras sociales arcaicas (cerca del Cfi por 100 de proletarios o asalariados, relativo estancamiento o

engañoso crecimiento del sector "servicios", inamovilidad de la clase media, porcentaje minúsculo de

clase alta como clase "empleadora", etc.).

Otro dato se relaciona con la necesidad de cobrar conciencia de que la afluencia turística—que no sólo

tiene efectos económicos, sino también sociales—y la emigración laboral al extranjero, son hechor

actuales sobre los que no puede operarse en forma segura, por lo que respecta al primero, ni deseable en

cuanto al segundo Este último sobre todo es solución penosa en una fase transito´ria y coyuntural, pero no

debe ser ignorado al estudiar el proceso de transformación de las estructuras sociales; no olvidemos que

supone el cumplimiento de la profecía de Joaquín Costa de que, al no hacerse una verdadera y profunda

reforma agraria, gran parte del proletariado español se convertiría en "ejército de reserva" del proletariado

europeo.

La puesta en marcha de un plan de desarrollo económico cuantitativo puede ejercer una influencia parcial

y desequilibradora en las estructuras sociales, y dar lugar a localizaciones en el proceso de transformación

social que acentúen los desniveles nacionales y creen una regionalización del desarrollo económico-social

de consecuencias políticas tanto más graves cuanto que la experiencia española nos debe aleccionar a este

respecto.

Enunciar proyectívamente la deseable transformación de las estructuras sociales es difícil empresa para

quien carece, al mismo tiempo, de la cobertura instrumental del especialista y de los datos precisos para

un cultivo afortunado del género literario "ciencia ficción". Pero asumimos el riesgo de aventurar una

línea congruente.

Las advertencias expuestas confluyen en proclamar que el equilibrio ha de ser principio inexcusable de

toda posible transformación de las estructuras sociales de España. Transformación "regionalmente

equilibrada a la que debe contribuir la desaparición de la discontinuidad entre los medios "urbano" y

"rural´* a través de una urbanización sectorial de las áreas rurales, la creación de un "habitat"

proporcionado de núcleos urbanos entre 50.000 a 100.000 habitantes, la pérdida de velocidad en el

crecimiento demográfico de las grandes urbes y el establecimiento de corrientes, de intercambio entre

todas las regiones que tienen, por emplear el término consagrado; de Durkheim, una "densidad social"

equivalente.

Transformación "económicamente1´ equilibrada por la transferencia del excedente de mano de obra

agraria a los sectores de industria y servicios, porja elevación de la productividad a_graria y el

establecimiento de una relación real de intercambio agrario-industrial equitativa. También equilibrada

económicamente por la superación de tendencias monopolísticas que evite estrangulamientos

económicos, y por la consecución de un pleno empleo—real y no ficticio—con salarios medios europeos

y el fin de la emigración laboral.

Transformación "culturalmente" equilibrada por la funcionalización dinámica del sistema educativo que

universalice la enseñanza en todos los grados con un criterio de eficiencia social y satisfacción individual.

Transformación, por último,^ "socialmente" equilibrada por la creación de una dase media agraria y una

creciente y justa participación en el producto nacional ; equilibrio cuyos medios más directos parecen ser

la reforma agraria y la redistribución de la renta provocada por un? decidida reforma del sistema fiscal.

No podernos detenernos aquí en estndiar el grado en que aquellos factores de desequilibrio cuya

meditación suscitábamos, estén siendo compensados ya por una política social y económica inspirada en

ios principio* recién expuestos. Ciertamente, algunos de los principios equilibradores propugnados se

están efectuando : unos, por la acción imperativa del sector público y, otros, a pesar de él. Pero una cosa

sí resulta preciso señalar: Ja implantación normativa—formal—de situaciones que sólo pueden darse

como consecuencia lógica de un efectivo progreso político-social y económico, no impresionan más que a

los no versados y sólo convencen a aquienes están previamente dispuestos a ello. Además, puede

conducir a la extraña paradoja de _que suframos las consecuencias de un hipotético exceso de madurez,

junto a las penosas limitaciones de un despliegue incipíente,

Desde Aristóteles se ha venido insistiendo en la relación directa entre la estabilidad política y una

estructura social constituida nuclear y extensivamente por la clase media. Estaba reservado al tenso y

dramático siglo XX cristalizar paradigmáticamente esa relación haciendo sinónimos los conceptos de

"sociedad estable", "sociedad superdesarrollada" y "sociedad nivelada de clase media".

Las fases que hayamos de recorrer en España para que la sinonimia nos sea aplicable, constituyen las

verdaderas unidades métricas para calcular la longitud del camino. La tarea es difícil y compleja y ni que

decir tiene que exige operaciones no sólo técnicas y económicas. Todo proceso de desarrollo económico

es también social y politico. Aplicando el esquema esclareced or de Aron, diremos qu el "crecimiento"

(aumento del producto nacional global o "per capita") es la operación económica; que el "desarrollo" (en

decir, el crecimiento en cuanto resulte de cambios que afecten a la estructura socioeconómica) es la

operación social, y que el "progreso" (que equivale al desarrollo en la medida que realice los fines de la

economía) es parte, al menos, de la operación política.

Toda transformación de las estructuras sociales acentúa el proceso de democratización y socialización

contemporáneas. Incrementar e¡ "crecimiento", acelerar el "desarrollo" y perseguir el "progreso" no es

posible sin enfrentarse con ese proceso. Y para ese enfrentamiento todo perfeccionamiento institucional

es necesario. O se regula, controla y encuadra la aceleración social, o ella misma irá creando

drásticamente su propio cuadro institucional. En determinados países y circunstancias, la forma política

monárquica no sólo ha encajado el proceso, sino que ha colaborado en su equilibrada realización. En

España—y ya esto es otro tema con cuyo enunciado cerramos éste—esa misma forma poíitica puede

presidir importantes etapas. Posee características especialmente adecuadas para ello: una estructura

fortalecida por la continuidad constitucional de la suprema magistratura; una concepción ampliamente

integradora y arbitral de la Corona; una seguridad institucional que hace innecesario aceleraciones a

plazos excesivamente cortos,^ incluso representa la interferencia sutil, pero operante, de elementos

históricos, emocionales, psico-sociológicos, institucionales y hasta simbólicos, que podrán actuar como

ingredientes pluralizadores f valorarivos compensadores de la inevitable rnasifícacicn. He aquí un

sugestivo programa para una nueva Monarquía europea a nivel de los tiempos.

Carlos OLLERO

 

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