Autor: Ollero, Carlos. 
   "Accidentalismo", desarrollo político y Monarquía     
 
 Madrid.    26/05/1969.  Páginas: 1. Párrafos: 10. 

«Accidenlalismo», desarrollo político y Monarquía

I

Se asegura con frecuencia—y a •veces con evidente prejuicio ideológico—que las formas institucionales

tienen importancia secundaria en comparación con la de los contenido.? políticos. En principio, y a nivel

abstracto, la primacía valorativa de los contenidos puede ser aceptada; pero como la convivencia social

requiere: configuraciones y ordenamientos concretos, el problema de las formas institucionales, en la- que

y con las cuales las contenidos han de realizarse es insoslayable. No hay formas institucionales sin

contenidas políticos, pero tampoco existen éstos con independencia de aquellas. Análogos contenidos

pneden inspirar Diversas Formas de organización política, y por lo mismo distintas formas de

organización pueden ser aptas para realizar contenidos políticos semejantes. La democracia, por ejemplo

—me refiero a lo que se entiende como tal en Occidente—puede inspirar un régimen republicano

presidencialista con dos partidos o una Monarquía parlamentaria con partidos múltiples. No obstante, el

juego combinatorio de contenidos y formas de organización´ no es ilimitado, puesto que todo contenido

político tiende a configurarse, a buscar una forma, y toda forma provoca, o facilita al menos, la

realización de determinados contenidos. Esa profunda y última interdependencia teórica entre los

contenidos y las formas de organización institucional puede acentuarse ante situaciones políticas

históricas y existencialmente singuiares.

Mientras mas equilibrada y estable sea una sociedad, porque sus estructuras de todo orden se encuentran

consolidadas por la tradición o el renovado consenso nacional, la interdependencia entre contenido y

forma será menos exigente. Por el contrarío, mientras más elementos arcaicos aprisionen el dinamismo

interno de una comunidad política y más quepa prever la aceleración de ese dinamismo—en crisis, sin

plazo fijo pero de advenimiento cierto—, más se agudiza la relación! entre el contenido político y la

forma institucional. En este supuesto parece aconsejable ´ aquella que por su propia naturaleza y

contrastada experiencia histórica, sea de por sí capaz de hacer compatible la prevista -aceleración

dinámica del contenido con la continuidad del marco institucional que la caracteriza.

II

El "accidentalismo" po1itico —indiferencia ante las llamadas formas de Gobierno—está tradicionalmente

asociado a la doctrina social de la Iglesia, y ha constituido principio básico de laa tendencias democratico-

cristianas. Quizá no resolte inoportuno aludir sumariamente al sentido histórico y verdadero alcance con

que el "accidentalismo" fue formulado, y a la evolución operada en la doctrina pontificia desde entonces a

nuestros días. Como es sabido, la primera declaración expresa y solemne del "accidentalismo" la hizo

León XIII en su encíclica "Aumilieu" ,el más importante de los documentos encaminados a obtener el

"ralliment" del catolicismo francés a la tercera República del país vecino. El "accidentalismo" se formuló

entonces como posición histórico-concreta, ante situaciones políticas concretas e históricas, y el valor

significativo de su proclamación no fue tanto el de establecer un principio teórico, intemporal y abstracto,

cuan, to el de orientar una conducía de los católicos franceses ante un regímen establecido y una política

imperante. Situación análoga podría descubrirse en la aparición de los movimientos demócrata-cristianos,

sobre todo en el "Zentrntn" alemán respecto a Bismarck y su "Kulturkampf", y en los cristianos-sociales

italianos cara a la Monarquía de Saboya, realizadora de la unidad nacional a costa del poder temporal del

Papado.

En la citada encíclica "Au milieu", León XIII distingue explícitamente tres aspectos distintos: el teórico o

especulativo; el que podríamos llamar positivo desde el punto de vista de la Iglesia, V el histéricorelativo.

En el primero, el católico es libre de estimar una forma política mejor que las demás, consideradas en si

mismas. En el segundo, para la Iglesia como tal—es decir, para una institución cuya misión esencial es

que los hombres alcancen su fin sobrenatural—, todas las formas de gobierno son aceptables siempre que

respeten el orden divino y no se opongan a aquella misión esencial. En el tercero, advierte agudamente

León XIII, puede ocurrir que determinadas circunstancias y característcias de un pueblo, hagan que una

forma política resulte, en un momento dado, la más conveniente para la realización del bien común d« la

colectividad. Creo que en consecuencia hay que matizar entre la lógica actitud de la Iglesia como

institución divina y universal, y la del católico, ciudadano de .ma concreta comunidad política en

concretos momentos de su existencia colectiva.

III

Desde Leon XIII, el magisterio pontificio ha reiterado la posición de te Iglesia ante el problema de las

formas de Gobierno. Mas el atento «atedia de los textos en que ese magisterio se ha ido ejerciendo puede

mostrar una sutil pero perceptible evolución. No es tema, pan ser abordado aquí, porque requeriría una

extensión y tratamiento inapropiados. El que escribe estas líneas ha tenido ocasión de estudiarlo y

exponerlo prodijamente como profesor que fue dorante mochos año* de "Doctrina política pontificia" en

el Instituía Social León XIII a honroso requerimiento del llorado cardenal Herrera.

Basta tan solo recordar cómo desde Juan XXIII y el II Concilio Vaticano, documentos relevante de

suprema autoridad, formulan coa suficiente precisión las bases que se consideran necesaria» para toda

ordenación cristiana y justa de la vida comunitaria. Quiere ello decir que hoy la doctrina de la Iglesia, aun

sin pronunciarse positivamente en favor de ninguna form* determinada de Gobierno, ha fijado al menos

cuáles son las que por no responder a aquellas bases *e consideran inadecuadas a la» exigencias

contemporáneaa de una sociedad potítíca, cristianamente entendida. Así, por ejemplo, ha estimado

indispensable la existencia de una Constitución como "Jus cerium" de la organización política. Pero no se

ha limitado a preconizar la existencia de una Constitución sea cual fuere su contenido, sino que ha

precisa´ do que ella ha de permitir el efectivo ejercicio de una serie de derechos y libertades, y debe

establecer una separación de los poderes del Estado que evite su concentración.

Ya no se trata sólo de que circunstancias históricas o caracteres específicos angulares hagan que una

determinada forma política sea la más apropiada para la realización del bien común., sino de que la forma

política que resulte aconsejable ha de inspirarse en unos contenidos esenciales y en uaas líneas maestras

de estructura constitucional. El "accidentalismo" político absoluto {indiferencia real ante cualquier forma

de Gobierno) ha sido superado en la propia doctrina pontificia por un accidentalismo relativo (exigencia

de unos principios y de unas bases de la organización* política).

IV

No se descubre nada nuevo al afirmar que el contenido político generalizado y legitimado en «1 mondo

occidental es la democracia pluralista, y que ese contenido se configura constitucionalmente, Wen coma

República, bien como Monarquía, según que la titularidad de la Jefatura de) Estado sea temporal y

electiva, o, por el contrario, vitalicia y hereditaria. La coexistencia de ambas formas políticas realizando

el mismo contenido puede hacer pensar que son absolutamente accidentales y que por lo mismo podrían

ser en teoría incluso intercambiables. Yo, naturalmente, na lo creo así, parque entiendo que la mentada

diferencia no es resoltado de on arbitrio técnico-jurídico, sino producto histórico condicionado y

condicionante de una evolución politico y social, enraizado en la vida nacional de los respectivos pueblos,

y difícilmente separable de la fisonomía actual e inmediato porvenir de los mismos.

Por lo que se refiere a las Monarquías constituye un grave error confundir la reducida gravidez de loa

poderes formales constítucionalmente expresos que se atribuyen a los titulares de la corona, con una

significación irrelevante, y poco menos que suntuaria, de ésta y del Rey. Como también es inexacto

atribuir la existencia de tas Monarquías europeas a la madurez política, desarrollo económico y pacifica

convivencia ciudadana que caracterizan las sociedades en que existe la Corona, como si ésta no hubiera

sido un factor importante para que esas características se produjeran. Cabría decir que las actuales

Monarquías europeas se han ganado su supervivencia por haber sabido no sólo adaptarse, sino conducir y

acelerar el proceso democrático y socíalizador contemporáneo. Esa fue y seguirá siendo para todas las

Monarquías, habidas por haber, !a piedra de toque o prueba de fuego, yo no sé si de su instauración, pero,

desde luego, de su legitimidad histórica objetiva y, sobre todo, de sus razonables posibilidades de futuro.

Las Monarquías a que aludimos fueron capaces de superar dramáticos antagontsmos, de convertirse en

centro integrador de convivencia ordenada, de encauzar y hacer eficaz un pluralismo social y político a

veces excesivamente prolífico, de presidir una transformación económica y social incorporando a la

común* empresa a todas las clases sociales, y de garantizar sin inmovilismo la continuidad nacional.

Aunque la referencia a las Monarquías europeas es snficientemente explícita, bay que evitar las

transposiciones que por inercia histórica pueden deslizarse al hablar de un régimen que como la

Monarquía supone una encarnación personal de la instancia superior de autoridad.

Concebirla como forma política autoritaria y personalista contradice su más viva y congruente

significación actual. Existen, para semejante intento, otras formas políticas en países no europeos que

camtenzati ahora su experiencia nacional y, muchos de ellos, su vida civilizada

La contemplación de las Monarquías actuales en Europa no tiene en mí intención metafórica, sino may

concreta y defmitoria. Una Monarquía «analizadora de la dinámica social y conductora del desarrollo

económico y político nacional, adquiere su más profunda significación contemporánea si lleva en sí la

posibilidad de cuajar como Monarquía democrática del siglo XX. Ello no implica mimetismo alguno, ni

desconocimiento de las singularidades o matices histérico-sociológicos que pueden e incluso deben

matizar las formas políticas de cada país. Y menos aún supone la utopía o el ríes. go re preterider que una

operación prestidigitadora depare en cualquier fecha y en cualquier parte, de na solo golpe, un régimen

acabado y concluso igual a los que venimos aludiendo. Pero sí implica que la plenitud de la forma política

que propugnamos—plenitud a cuya consecución ha de ir resueltamente enderezada—, es la que poseen

las vigentes Monarquías europeas, únicas de que se siente capaz el siglo en que vivimos.

Por

Corles Ollero

 

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