Autor: Ollero, Carlos. 
   Limitaciones a la reforma constitucional     
 
 Madrid.    25/08/1969.  Páginas: 1. Párrafos: 15. 

LIMITACIONES A LA REFORMA

Por Carlos Ollero

No hace mucho abordé el tema de la reforma constitucional y aludí en términos conocidos y elementales a

la rigidez o flexibilidad de los textos según las mayores o menores dificultades que preveyeran para su

revisión. Hoy me referiré a las salvedades que algunas Constituciones formulan, estableciendo la

imposibilidad de utilizar el procedimiento de reforma en determinados principios básicos o estructuras

esenciales. Recientemente se ha escrito sobre el particular con intenciones políticas concretas de las que

vamos a hacer caso omiso, pues el propósito de estas lineas es examinar la cuestión a nivel técnico y sin

propósitos comparativos, que por cierto suelen resultar forzados e incongruentes si falta un mínimo de

homogeneidad real entre los términos o entidades que se confrontan. Ya me había ocupado hace muchos

años del problema, cuando en 1948 publiqué un libro, "El constitucionalismo de la posguerra"; a falta de

otros méritos, fue el primero que apareció en Europa—y tal vez en zonas geográficas más extensas—

sobre la inflexión político-constitucional de la conflagración universal que azotó al mundo desde 1939 a

1945.

I

Las razones doctrinales o teóricas para limitar el poder de reforma constitucional—cayo examen

pormenorizado no es esta ocasión de hacer—, je basan en la creeada de qne ciertos principios •

estructuras de mía Constitución ion tan consustanciales con la misma, que su reforma Implicaría, lío ana

revisión correctora M orden político, sino m propia destrocdón; una especie d« •ntoantropofagia

constitucional. Antes d« seguir adelante quizá convenga mías breves consideraciones previas sobre él

alcance con que esta limitación se establece. No se trata de ninguna dase de declaración metafísica con

Tocación de eternidad, tino sencillamente de mía regulación del procedimiento de reforma constitucional

que impida la revision de preceptos muy concretos. Las limitadas zonas irreformables, en los textos que la

prevén, tienen precisamente como propósito el defender principes o estructuras de carácter democrático.

Lo que a veces se Impide, revisar sori sucintas expresiones referidas al carácter Ideológico global de un

orden politico o denominaciones especifica»—y a veces multívocas—de formas políticas institucionales.

El que en toda Constitución existen principios y estructuras que por afectar al mondo de creencias

legitimadoras de una libre y democrática convivencia política, son más sustanciales que el resto del

articulado rformatívo constitucional, es algo que no escapó desapercibido a ninguna Asamblea

constituyente, comenzando por la que en Flladelfia redactó la primera Constitución del mondo en sentido

moderno, y por la fren, cesa de 1789, que al formular la ^Declaración de los derechos del nombre y del

ciudadano" se cuidó de establecer, en el artículo 16, que toda sociedad política en donde no estuvieran

divididos los poderes y garantizados los derechos carecía de constitución.

II

Desde luego, es cierto que algunas Constituciones democráticas del mundo actual establecen límites para

la reforma, pero ello no autoriza a considerar que se trata de on uso generalizado. Realmente son tan

pocas que bien puede hacerse a ellas una referencia y añadir, a título person´s!, daro está, ciertas

reflexiones significativas. Se trata, por lo pronto, de las de Noruega, Alemania occidental e Italia.

En Noruega se prescribe que hs reformas no deben ser incompatibles con los "principios" (en minúscula y

sin más precisiones) de la Constitución, ni transformar su "espíritu" (dejatído en su natural vaguedad tan

deletéreo sustantivo). La Ley Fundamental de Bonn dice algo más: según ella no podrá reformarse el

carácter democrático, social y federal de la República, la dignidad de la persona humana, ni el

reconocimiento de que posee derechos inviolables e Inalienables. Tanto en Frarida como en Italia la

limitación se circunscribe a la forma re. pnblicana de Gobierno.

No he mencionado las de Brasil y Grecia. Esta última, era más ambiciosa, pues prohibía revisar •demás

de la forma monárquica y de la totalidad de la Constitución, todas sos disposiciones fundamentales. Lo

que ha sucedido con estas Constituciones es más expresivo de lo que aqui pueda decir yo. Añadiré la del

Japón, que sin establecer formalmente limitación alguna, contiene en parte de su articulado y en su

preámbulo un implícito pero claro propósito de evitar innovaciones que puedan contradecir las lineal

ideológicas democráticas, el juego de equUibrioss institucionales, y una posible reactualización del poder

personal y arbttrairo del Emperador, tan típico en el viejo imperio del Sol Nádente.

III

Pasando de la exposición a la exegesis notes d« entrar en la interpretación y el comentario, pueden

agruparse así los textos aludios el de Noruega, el de Frauda y los de las llamadas por algún escritor

dentffko-politico muy conocido y traducido en España, "Las nuevas democracias"; es decir, Alemania,

Italia y Japón.

En lo que respecta a Noruega creo qn* no bay que esforzarse demasiado en señalar la relatividad de la

«mttadón, dados los términos en que ésta se expresa. Prueba esa relatividad que el texto constitodonal

noruego es de los más venerables de Occidente y si tanto a los "principios" como al "espíritu" del mismo

se fe hubiera dado el énfasis trascendentalista y apocalíptico propio de canias mas cálidos, Noruega no

seria como lo es hoy gradas a su Monarquía arbitral, progresista y democrática, uno de los paires más

desarrollados política, eco. nómica, social y cattaraffiíente del mundo.

El caso de Frauda es singular. Como es sabido, h Constitución de 1875 no fue, estrictamente hablando,

nna Constitución formulada en texto único totalizador y si temático, sino .nn conjunto de Leyes

Orgánicas. Ocurrió así, entre otras razones, porque convenía soslayar definiciones políticas concretas,

entre días la de la ´forma de Gobierno, ya que la Asamblea que las redactó estaba integrada

mayoritariamente por monárquicos de diferentes tendencias, algunas enfrentadas con excesivo

encarnizamiento. Pocos años más tarde se presentó la famosa "enmienda Wallon", declarando a Francia

como República; la enmienda triunfó por nn solo voto de mayoría (exactamente, 353 contra 352), y para

compensar tan precaria e inestable victoria se declaró irrevisable la forma republicana de Gobierrío. Al

correr de los años, enraizada ya la República en la realidad política francesa—a lo que contribuyó más la

política del "ralliement" de León xm—, que el precepto irreformable, este resultaba innecesario, y sin él

tampoco habría existido Monarquía en Francia. Pero en el vedno país se ha reiterado la costumbre de

considerar vigente expresa, tácita o alusivamente, preceptos devenidos clásicos en su historia política. Así

ha ocurrido nada menos que con la "Declaración de derechos del hombre y del ciudadano" en 1789, que

sin haberse incluido en muchas Constituciones, entre ellas la actual de 1958, se estimó siempre que regía

en todas. La declaración de que la forma republicana es irreformable se consagró precisamente cuando

existía un serio peligro de que se reformara, y ha continuado consignándose, aun no existiendo ya ese

peligro, por pura tradición o mimetismo jurídico-político.

IV

En Alemania, Italia, y—con la .salvedad apuntada—en el Japón; es decir, en las llamadas "nuevas

democracias", la verdadera significación política de los principios y estructuras irreformables rio es otra

que la de robustecer la significación democrática de los regímenes establecidos en los antiguos

componentes del Eje vencido en 1945. En Alemania la Ley Fundamental de Bonn fue aprobada durante la

ocupación militar aliada, y en pleno proceso de desnazificadon del país. Los rescoldos de la devastación

bélica aún no se habían enfriado, y la instauradón de nn régimen democrático basado en el

reconocimiento de la dignidad y la libertad humanas ofrecía para muchos, no sin razón, dificultades y

excepticismos tras los años frenéticos triunfalistas de una de las más espantosas tiranías gerioddas que

registra te Historia, sostenida y estimulada, más que soportada, por nna gran masa del país. Era la época

en que la mermada Juventud alemana exhibía nn emblema inquietante de desesperanza y hastío ("ohne

micfa", sin mí). ¿Sería posible un régimen democrático con sólidas garantías para la dignidad y libertad

del alemán? Fue precisamente por problemático por lo que se estableció eottstitucionalmente que tal

régimen sería irreformable.

Italia, salvaguarda de la reforma tan sólo la República. ¿Es predso recordar cómo y por qué acabó la

Monarquía de Saboya, a la qne Italia debió su unidad nadonal? La Monarquía no supo o no tpdso evitar el

advenimiento del fasdemo; ni sopo o quiso impedir su supervivencia, y lo que fot peor, se asodó a la

aventura béHca en momentos engañosamente fáciles y esperanzadores. La Monarquía italiana cayó con el

fasdsmo como han caído las Monarquías qne en vez de cúpula del edifico total y completo, no resistieron

la tentadón de convertirse, más fácilmente, en capitel de columna o en mero frontispicio de fachada. Pero

aun así, la Monarquía Italiana prestó a Italia el gran servido de servir de interlocutor respetable y válido

con las potencias aliadas. Fue necesario un plebiscito ganado por la República con votos sufidentes para

legitimarla (12,6 millones por la República, 10,6 millones por la Monarquía y dos millones de papeletas

anuladas).*El mismo número de votos tal vez no hubiera sido bastante para legitimar la Monarquía, que

por su naturaleza Intrínseca hila más delgado en asuntos de legitimidad, y por su irremraciable

signíficaión histórica nadonal, no puede instalarse sin más con una enmienda Wallon como la francesa, o

con votaciones oportunistas y equívocas como la italiana. La República se Instaló en Italia—descontando

manipulaciones e irregularidades— gradas a los "accidentalistas" demócratas-cristianos, tras no escasas

perplejidades y tensiones, y no pocas ni fáciles negociaciones en la laboriosa asamblea del partido

celebrada eri vísperas del plebiscito para fijar actitudes en el mismo. Una República triunfante gra. das al

apoyo de quienes por definición no eran republicanos—algo parecido a lo que ocurrió «n Francia-requería

poner a buen recaudo de posibles veleidades futuras la nueva forma política con una declaración de

irrefonnabilidad.

El Japón, con siglos de culto divirio al Emperador, y nna bien ganada reputación militarista y belicosa,

también conoció la derro. ta. Motivos de fina estrategia política aconsejaron al cuartel general de Mac

Arthur—en donde se preparó la Constitución—mantener como institución, aunque fuera suntuaria y

simbólica, la figura del Emperador. Pero nn país que no conoció minea la democracia, y al qne el

concepto cristiano de la libertad humana le era casi totalmente extraño, tenía que regirse por nna

Constitución que además de reiterar la permanencia e insustituibilidad de los principios y las estructuras

de la democracia occidental, le hacía renunciar permanentemente a la guerra.

V

Respecto a Grecia, ya dijimos que la Constitudóri de 1952 declaraba inexpugnable a la Monarquía,

prohibía una atteradón total de la Constitución y declaraba irreformable todo ri articulado fundamental Al

parecer, las garantías de Irrefonnabilidad no han servido de mocho En las demás constítudones citadas, 1a

formóla de limitar la reforma, o es tan vaga que a nada comprometió, como en Sue-da, o obedece a nna

especie de tradidón semántica políticamente innecesaria, como en Frauda, o descobre una Inseguridad en

la vigenda efectiva y duradera de aquello qne se declaraba Irreformable como en Alemania, Italia y

Japón, o sencillamente no ha servido para nada, como en Greda.

El caso d« Greda parece no pequeña demostradón de que a veces los hechos pueden más que los dichos.

Para algunos hari sido los segundos los qne se equivocaron, mientras qne para otros . —entre ellos, por

ahora al menos, para el propio Rey Constantino—los equivocados han sido los hechos. Porque tos

hechos, queridos lectores, *e producen, pero a veces yerran.

Hay otras muchas Constitudo-nes ejemplares, longevas y estables como los de Estados Unidos, Inglaterra,

Suiza, Bélgica, Holanda, Suecla, Dinamarca... En ninguno de ellos se consideran irreformables ni la

democrada, ni las libertades, ni las formas políticas con que nacieron y continúan existiendo a la cabeza

de la civilización. ¿Cree sinceramente alguien que el no tomar precaución semejante pone en peligro sus

creencias legitimadoras y sus cuadros institucionales?

 

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