Autor: Ollero, Carlos. 
   Participación política y democracia     
 
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Participacion Politica y Democracia

Intimamente relacionada con la supuesta despolitización del mundo actual—tema al que dedicamos ya un

comentario desde estas columnas—se encuentra la pretendida aceleración de un proceso de

abstencionismo o falta de participación.

La participación suele entenderse genéricamente referida al complejo asociativo e institucional de un país,

es decir, a una acción ciudadana normal y permanente. En un sentido más estricto, al hablarse de

participación se alude a la participación política en las elecciones y consultas electorales con ámbito

nacional. Pero esta distinción es abstracta y teórica, ya que en verdad sólo puede valorarse la

participación si se unen las dos acepciones, concibiéndola al mismo tiempo que como práctica cotidiana

de la vida pública como principio inspirador y base estructural de un sistema político.

1. PARTICIPACIÓN Y OPINIÓN PUBLICA

La participación es un fenómeno de opinión pública, 7 para que pueda hablarse de ella eon autenticidad 7

rigor se precisa la existencia de tres supuestos: completa libertad de expresión, ausencia de trabas

Insuperables para un agrupamlento humano que refleje el efectivo pluralismo político de una colectividad

y acomodación de la política nacional a las tendencias del grupo o grupos que la voluntad popular señale

periódica 7 regularmente como más representativos; en resumen,´, la existencia de un régimen

democrático. Sin perjuicio de mis personales y evidentes preferencias, no planteo aquí la cuestión desde

un punto de vista valorativo, y menos aún proselitista. Me limito a constatar un hecho objetivo y a

formular una lógica que creo irrebatible: hablar de fenómenos de opinión pública 7 de participación en

situaciones distintas a las plenamente democráticas se me antoja empeño análogo al propósito de

emprender un estudio de "marketing" para el eventual consumo de caloríferos en el Sahara.

Dentro del campo democrático no es unánime la interpretación sobre el significado de la participación o

el abstencionismo electoral. Para algunos—tal vez con esquemas en exceso doctrínales 7 formalistas—»

mientras más se vote, más puede hablarse de verdadera democracia. Según otros, un cierto grado de

abstencionismo puede ser indicio de la estabilidad de un sistema político y socio-económico, de la

ausencia de graves situaciones conflictivas y de una mayor homogeneidad política en la convivencia

nacional. Ello no obsta para que en situaciones especiales se produzca una excepcional afluencia de

votantes en Id totalidad del electorado, o en diversos estratos del mismo. Así ocurrió en los Estados

Unidos con el voto judío ante el peligro que representaba el drástico antisemitismo nazi, y en Alemania,

donde la masa obrera votó en más de su 90 por 100 en la última ocasión en que iba a poder hacerlo

libremente antes de la Implantación del III Belch.

La cuestión es muv compleja y, como dice Lipset, indiscutible autoridad en el tema, son dudosamente

válidas las conclusiones generales. Yo mismo aludí en un antiguo trabajo al problema del abstencionismo,

cuando el proyecto de Constitución francesa de 1946 no obtuvo en referéndum el número necesario de

votos para su aprobación. Dije entonces, y sigo creyendo ahora, que el significado y valor de la

abstención es distinto según la forma, ocasión y contenido de la consulta popular, y, desde Inego, del

régimen político que la utilice.

En todo caso es Inexacto que en los países democráticos desarrollados de Occidente vaya disminuyendo

regular y progresivamente la participación política electoral, como aseguran los que hablan de´un

fenómeno despolitlzador y desideologizador en el mundo contemporáneo. Por el contrario, los síntomas

son distintos, y ahí está el porcentaje de sufragios en las recientes elecciones germanas, singularmente

expresivo, pues se presentaba a Alemania como país prototíplco de la crisis de las ideologías.

2. PARTICIPACIÓN Y RÉGIMEN POLÍTICO

Más que continuar hablando de un problema para cuya clara compresión se necesita de un contorno no

siempre vigente, quizá sea preferible aludir al enfoque dispar que ofrece la participación en elecciones y

consultas populares, según se trate o no, de países con regímenes democráticos occidentales. Aquellos

que no siéndolo utilizan esas elecciones 7 consultas se encuentran presos de su propia dialéctica y cargan

con una servidumbre a veces dramática. En los regímenes democráticos occidentales las elecciones 7

consultas populares se utilizan como medio de saber qué partido o alianza de partidos cuenta con mayor

asistencia de la opinión para formar Gobierno y asumir la responsabilidad de dirigir la vida pública. No se

pone en juego—salvo en casos límite de singular tensión—la permanencia del sistema, aunque no fuere

alta la participación electoral, lo que a veces ocurre en pueblos como el de los Estados Unidos o el de

Suecia, en los que existe un profundo y extenso consenso democrático.

Otro es el caso de situaciones no democráticas montadas sobre grandes principios trascendentalistas y

cuasl-metafísicos, que enfatizan—-a veces con dudosa consecuencia—una política de prestigio y de

eficacia. En una operación electoral o consulta plebiscitaria, esas situaciones pueden jugárselo todo, no ya

con un resultado discretamente Citivo, sino con un posible fade adhesiones clamorosas, pues se ven

forzados a requerir entusiasmos emocionales más que a solicitar racionales asistencias. Por eso, tales

operaciones ofrecen a la observación sociológico - política objetiva Interesantes características.

Una es que no obstante la explícita o implícita aversión de fondo al sufragio universal inorgánico, se

acentúa al máximo la exigencia de acudir a las urnas como inexcusable deber cívico, porque el signo

externo decisivo e incierto es la afluencia de votantes, más que el contenido del voto, para cuya

manipulación siempre están previstos los resortes necesarios. Otra es que, pese a que en los aludidos

países suele estar vigente la creencia estimulante en la despolltización y en la crisis de las ideologías, las

convocatorias se realizan esgrimiendo argumentos snperideológicos y sumamente politizados, y

ofreciendo una opción radical entre el paraíso y la apocalipsis. Por último—sin citar muchas imposible de

relacionar aquí—, otra común característica es la imposibilidad de que se manifiesten tendencias opuestas

y, en consecuencia, se tomen las garantías necesarias para el éxito de la operación.

Es posible—en el terreno de las hipótesis, lo honesto y obligado es admitir todas—que algunos o muchos

de esos sistemas no democráticos occidentales cuenten con más adhesiones de las que ellos mismos

suponen. En algunos, como producto del efecto narcotizante de una prolongada inexperiencia

democrática y del uso desmedido y monopolizado de los medios de información de masas. En otros, a

consecuencia de haber acertado en la instauración de un sistema nuevo, decidido y revolucionario que

satisface sinceramente el anhelo colectivo de una profunda transformación política, económica y social.

Pero como sus propios supuestos exigen, el monopolio político refrendado por apoyos casi unánimes se

ven imposibilitados de afrontar a tumba abierta la operación electoral o plebiscitaria.

3. EL VALOR DE LOS DATOS

En muchos casos, y uno es éste, las cifras son más elocuentes que las palabras. Ni en los momentos más

triunfalistas de líderes o partidos democráticos occidentales el porcentaje de sufragios por ellos obtenido

se asemeja a los que con sospechosa regularidad ofrecen las operaciones electorales o plebiscitarlas en los

países de distinta fisonomía política. Roosevelt, Eisenhower y Johnson llegaron a alcanzar en sus épocas

estelares el 69,68, el 57,35 7 el 61 por 100, respectivamente. Adenauer, De Gasperl 7 De Gaulle, el 48,5,

el 50,2 7 el 66,4. Los fuertes partidos socialistas escandinavos obtuvieron en las últimas elecciones el 34

por 100 en Dinamarca; el 45 por 100, en Noruega, 7 el 50,1 por 100, en Suecia. El laborismo Inglés, el

47,9. Los gaullistas, nnldos a los republicanos independientes, el 47,79, en la primera vuelta, 7 el 48,8, en

la segunda, en las elecciones parlamentarías últimas. Los demócratas cristianos, en Italia, el 39,1, 7 sus

análogos en Bélgica, Austria 7 Holanda, el 31,73, el 48 7 el 26,51.

Del otro lado—para ser mas exactos, de alguno* de los otros lados—los datos son diversos. La elección

posterior a la proclamación de la Constitución de Stalln arrojó a su favor el 98,6 por 100, 7 diez años más

tarde votó por la lista única el 92,3 por 100. En las elecciones que se efectuaron tras las Constituciones de

Rumania, Checoslovaquia, Hungría 7 Bulgaria, los resultados fueron el 98,8, el 89,2, el 95,6 7 el 97,66.

Nasser consiguió poco después de su espectacular derrota en la "guerra de los siete días" el 91 por 100 de

votos favorables. Hitler, que en 1932 perdió dos millones de votos 7 34 escaños en el Reichstag —

sumando 196 diputados de los 583 de la Cámara—, obtuvo un año después, 73 sin embarazos

democráticos, el 92 por 100. Y fue expresivo—expresivo y patético—que en el campo de concentración

de Dachau, aun escasamente poblado, de 2.292 recluidos votaron a su favor 2.154.

Parece claro que algo distingue el valor de la participación política, según se trate de países donde se dan

los supuestos para que pueda hablarse de opinión pública o de aquellos otros en que esos supuestos no se

producen.

Por Carlos Ollero

 

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