Autor: Romero, Emilio (FOUCHÉ). 
   Rigo     
 
 Pueblo.    09/07/1968.  Páginas: 1. Párrafos: 9. 

HOY la curiosidad y la expectación se centran sobre un arbitro de fútbol; se llama Rigo. Es una de esas

famas o popularidades súbitas, que aparecen en el fenómeno de masas de nuestro tiempo, y las mueve el

molinillo de papel de los medios de información. La pequeña historia de este hombre es reciente, simple y

sugestiva. Parece ser que hizo un arbitraje desfavorable para el Atlético de Madrid en su partido de

semifinales con el Barcelona, al lado mismo del Manzanares. Lejos de ser un «arbitraje casero», que es

una usual benevolencia de cortesía con los propietarios del terreno, resultó ser un arbitraje

desconsiderado, Al mallorquín Rigo se le empezó a suponer, a partir de ese .día, cierta molestia contra el

«centralismo» de Madrid, que su paisano don Antonio Maura no había visto nunca. Porque la verdad es

que Madrid se desazona siempre cuando no se cubre el cupo de los catalanes; y es que éstos a veces no se

enteran. El asunto Rigo era entonces todavía discutible. Aquel mal arbitraje podía imputarse tanto al

error, como a la intención de favorecer al equipo forastero. Pero aquella supuesta parcialidad se puso de

manifiesto de manera rotunda para mucha gente en el segundo partido, está vez en Barcelona. Los

partidarios del Atlético de Madrid, y otras muchas personas no asimilables en el trayecto sur del

Manzanares, dijeron que Rigo había robado el partido al Atlético de Madrid. Rigo se convirtió de la

noche a la mañana en un arbitro acusado de venalidad. El propio Atlético de Madrid tomó el acuerdo

solemne y firme de recusarle a perpetuidad. Parecía que lo más prudente, por parte de las autoridades del

fútbol, era excluir a Rigo del oartido de la máxima responsabilidad, el de la más vibrante expectación, y el

de la más ardorosa calentura deportiva, como es el partido final entre el Real Madrid y el Barcelona.

LOS políticos son más prudentes que los dirigentes riel fútbol nacional. Los primeros se dejan mecer por

la corriente, como Moisés, el de los grandes destinos, en aquella barquilla del Nilo; son los que mudan de

opinión, y ello es, no porque sean volubles, sino oorque la «opinión» lo es, y ellos son desleales con ellos

y fieles con la «opinión»; mientras que los segundos, los dirigentes del fútbol, manejando sentimientos de

aficionados, son rigurosos con la «afición». Resulta que, a pesar del clima peligroso, fue designado Rigo.

Era todo un desafío al apasionamiento deportivo. Parece oué las autoridades del fútbol excluyen otros

razonamientos que no sean tos de sus propias convicciones en la honradez de los arbitros Tampoco en la

política ocurre esto: a veces se sacrifica a personas admirables por la electricidad que llevan encima en

circunstancias concretas. Lo de Rigo se habría olvidado si no se hubiera producido su designación para

arbitrar el partido de pasado mañana. Ahora Rigo tiene más voltaje que el partido; ha resultado lo

sorprendente- hay más interéspúblico por ver el arbitraje de Rigo que por el partido mismo.

ESPÍRITUS superficiales —sin perjuicio de otras respetabilidades en sus personas— han denostado la

pasión española del último medio siglo por el fútbol, sin pararse a meditar sobre su valor como una

realidad transíerible, en cuanto a sistema, a otras áreas más trascendentales de la convivencia. Poco

menos que se ha llegado a decir que el Régimen había estimulado el fútbol para que la gente se

desahogara en los terrenos de juego y se olvidara de otras cesas. Si no hubieran existido Amberes,

Zamora o Samitier, alguien habría dicho que el fútbol se inventó en Burgos, y figuraba en los Principios

del Movimiento Nacional.

EL fútbol, sin embargo, ha tenido una expectación no circunscrita a capas sociales de formación débil,

sino que moviliza toda la diversidad de categorías personales. El fútbol lleva malhablados solitarios, y

matrimonios maduros y cristianos con su mantita para las piernas; académicos de la Lengua, generales,

magistrados, señoras muy guapas (aunque un poco menos guapas que en los toros), curas seguramente

con permiso, y exilados del interior. El fútbol respeta la igualdad de oportunidades; tiene unas reglas o un

código; un terreno de juego; y un arbitro o un juez.

AL aire del interés público hoy trae Rigo el tema del juez o del arbitro. Un deporte con tanta severidad de

normas, y con un sistema de orden tan irreprochable, no parece que pueda permitir que los clubs recusen

a los arbitros. Esto constituye una denuncia de parcialidad o de venalidad del juez. Los clubs, como los

Partidos en^a vida política, son los interesados, los apasionados. Pero el arbitro debe ser un hombre

respaldado de confianza. En la vida normal, los jueces se equivocan alguna vez, y no por interés de

ninguna clase; pero no por eso dejan de seguir siendo jueces. Se dirá que, la comparación entre un arbitro

de fútbol y un juez es excesiva. Pero será excesiva únicamente en función de que el juego no es la vida;

de una diferente jerarquía social en funciones; pero serán iguales respecto a su deber principal. En este

punto la autoridad deportiva ha hecho bien en designar a Rigo: ¿pero esta autoridad deportiva puede

responder a su vez de la honradez y de la competencia de los arbitros, como responde el Estado y la

sociedad de la independencia de los jueces?

RIGO alcanza el entorchado de arbitrar esta original final, tras un largo recorrido de abajo a arriba como

se ha hecho la gente más dura. Arbitrar en Tercera División, con el patriotismo local en las gradas, y la

virilidad de los jugadores como supremo recurso en el terreno de juego, tiene una colosal abnegación.

Una vez, cierto Gobernador civil, finalizado él primer tiempo en el que perdía el equipo de casa, visitó al

arbitro en su caseta y le dijo, con la firmeza de la autoridad y la convicción en que uno de sus deberes

como gobernante de una provincia era mantener el orden público: «Es costumbre de este vecindario que

no gane nunca el equipo forastero.» El arbitro se vio libre de sus deberes en función del interés general o

del bien común —que es doctrina y moral del siglo XX -y concedió dos penalties al equipo de casa en el

segundo tiempo. Parece ser que Rigo, que es un arbitro sin amor a las costumbres locales de otros, no fue

aquél. A medida que un equipo asciende a categoría superior, el arbitro está mas respaldado contra la

costumbre de querer ganar que tienen todos los vecindarios.

LA ciudad más moderada con los arbitros es Madrid, porque es donde menos se cristaliza el patriotismo

de una provincia, y el Gobernador, cuando desea descubrir o gozar su autoridad, tiene que viajar a

Torrelaguna o a San Martín de Valdeiglesias, porque incluso es dudoso que Aranjuez o El Escorial sean

ciudades acogidas a su tutela o gobierno. Madrid apenas si sabe que tiene provincia; pero es que tampoco

es una ciudad; aquí todos los equipos forasteros tienen un núcleo a favor, bien por la minoría regional

instalada en Madrid, o porque un equipo tiene siempre su «oposición». Zaragoza, Barcelona o Valencia,

cuentan con un apoyo más general del vecindario. Pero en este caso Rigo va a tener la hostilidad de los

atléticos y el recelo o la suspicacia de los partidarios del Real Madrid. Nunca había sucedido algo

semejante. -Rigo va a estar solo ante el peligro, con todo el país encima, mirándole a ver si repite la

flamenquería de los partidos recientes. Rigo ha dicho a uno de nuestros redactores que en ese partido se

juega su porvenir. Pero hay algo más importante que el porvenir profesional de Rigo como arbitro. Lo que

se va a ver como nunca se ha visto es el oficio de arbitro; esa institución entre dos contendientes, que

tiene el encargo de hacer cumplir la ley.

LOS presidentes de los dos clubs, Bernabéu y Narciso de Carreras, son dos viejos zorros que tienen más

sabiduría que creencias, en su original dignidad social de líderes de la pasión públira. El jefe político de

Bernabéu no sé quién ha sido; el de Narciso de Carreras ha sido Cambó. Las fronteras del fútbol y la

política son borrosas. Mientras el público se coma los labios y taladre a Rigo, ellos van a ser felices.

Saporta, la mente más clasificadora y menos clasificable, el espíritu más alerta del Real Madrid,

brujuleará príncipes, ministros y lo que decía aquel chotis de Lara «la crema de la intelectualidad»; y

otras cremas; acomodará al «establishment».

SI uno pudiera estar seguro —que quiero estarlo— de la honradez inatacable de los arbitros, estaría

conmovido ante el espectáculo de Rigo. No hay que seguir la filosofía del oportunismo en nada; la

oportunidad es otra cosa. Un hombre con su conciencia, dictándole sus actos, y ejerciéndolos, es un ser

libre; mientras que el triunfo, apoyado en razones ajenas a sí mismo, es un alquiler, o una abdicación, o

una venta. Dicen mis viejos idealismos que un hombre en sí mismo es más importante que su proyecto de

vida. Voy a ir al partido únicamente para ver a Rigo, sin importarme nada el resultado; conozco las reglas

de juego, aunque con menos autoridad, pormenor y brillantez que Pedro Escartín; sé lo que pasa en el

área, aunque no lo vea; y voy a relacionar público y arbitro, pueblo y juez. Un partido de fútbol planteado

en estas condiciones, es una buena enseñanza para otros campos donde se juegan partidos más

importantes.

Emilio ROMERO

 

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