Autor: Romero, Emilio (FOUCHÉ). 
   El gallo en mi corral     
 
 Pueblo.    16/12/1969.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 8. 

POR primera vez, desde su revitalización, el Consejo Nacional ha tenido un debate de vieja temperatura

parlamentaria; pero, paradójicamente, ha sido antiparlamentario. El Parlamento consiste en una

posibilidad de voces o de opiniones diferentes, en torno a un tema. Corrientemente, el parlamentario es un

orador que, equipado previamente, puede ser capaz de ofrecer sus ideas, y de replicar los argumentos de

su contradictor. Es un arte y un espectáculo. Nada de esto ocurrió ayer, y lo que sucedió, nada tiene que

ver con aquella realidad, ni siquiera con la lógica de las cosas. Verán: El ministro del Movimiento,

Fernandez-Miranda, había repartido con anterioridad el texto de la reforma de la Secretaria General.

Entonces se inscribieron cuatro oradores para tomar parte en la reunión plenaria. Estos fueron los señores

Labadíe, Fraga, Bailarín y Hertogs. Todos ellos habían escrito sus discursos. Iban con papeles. Eran

objeciones meditadas a la reforma. Al comenzar el acto, el ministro del Movimiento explicó la reforma a

los consejeros, y no eludió —lógicamente— el problema básico de este asunto, que era el asociacionismo

político, la gran cuestión. La opinión de Fernandez-Miranda es que el tipo de asociaciones políticas o de

opinión pública no deben ser involucradas con asociaciones de otro carácter, y merecen una consideración

aparte; para este fin se creaba la nueva Delegación Nacional de Acción Política y Participación, en lugar

de meter a todas las asociaciones en el saco común de la vieja Delegación Nacional de Asociaciones. La

sospecha de que esta reforma encubriera la supresión del asociacionismo político quedaba disipada; había

estado parado desde julio; el ministro pedía solamente un plazo. Entonces los oradores fueron subiendo a

la tribuna con sus cuartillas, pero como éstas habían sido escritas con anterioridad a escuchar el discurso

de Fernández - Miranda, resultaba que, pintorescamente, no contestaban o replicaban al ministro —que se

les había anticipado—, sino que toda su argumentación se armaba sobre aquella sospecha anterior a la

reunión. El espectáculo era falso, inactual, delirante; una pésima expresión parlamentaria.

EL VERDADERO PROBLEMA

OTRA cosa hubiera sido si se hubiera planteado en el salón, exclusivamente, el aspecto jurídico de que

unos Estatutos aprobados por unanimidad en julio de este año podrían resultar afectados por una reforma,

planteada por ese procedimiento. La cosa no tenía otro tratamiento. En este caso sobraban todos los

fervores asociacionistas que se manifestaban en la sala, algunos de ellos de sospechosa sinceridad, y no

pocos destinados a trasponer los muros del Palacio en busca de auditorios más crédulos. Se me viene a la

mente Madariaga en su reciente entrevista con Jacques Legris en «Le Figaro Litteraire». «Un francés —

dice—, cuyo nombre siento haber olvidado, ha escrito una cosa muy aguda, muy justa, de mi país: ¿Cómo

gobernar a un pueblo de treinta millones de reyes? Yo añado que esos treinta millones de reyes tienen

tanto de monarcas absolutos romo de Papas infalibles.»

LA INTERVENCIÓN DE FRAGA

LA nota la dio el ex ministro Fraga.

Su tono fue destemplado; sus afirmaciones, irritadas; ni una sola ironía, tan característica del intelectual, y

tan eficaz; y una fogosidad por ideas de apertura que hubieran sido tan útiles "en su larga y fructífera

etapa ministerial. Temo que cuando sus palabras lleguen a conocimiento de aquellos ciudadanos que han

seguido la peripecia de la Prensa desde la ley de 1966 —la ley Fraga-—, lógicamente tendrán que

relacionar esas palabras con los 339 expedientes con 180 sanciones hasta 1968: y con los 201 expedientes

con 118 sanciones hasta la primavera de este año exclusivamente, imputables a la potestad sancionadora

de la Administración; y todo ello sin perjuicio de otras rigideces en el comportamiento político. Fraga es

una noble e impetuosa vocación política no liberal. No enjuicio el hecho de las sanciones porque no tengo

delante de mí un expediente tan voluminoso; únicamente me refiero al desconcierto que ha de suponer ese

giro copernicano del ex ministro en el ciudadano medio que consume pacientemente información y

discursos. Madariaga se me pone otra vez delante. Lo cuento en uno de mis libros: «El italiano

Mantinelli, que había acudido en Roma, en Campidoglio, a oír a Madariaga, «ese misionero dominico al

servicio de Europa», descubre en la crónica dedicada a esta representación máxima de lo liberal, lo

siguiente: "De repente se eleva el tono de su discurso, y la challa se convierte en monólogo, en

requisitoria, en clarín de guerra, y el liberal europeo viene a convertirse en el liberal español; es decir, un

sectario, que ha renunciado al derecho de suprimir físicamente a todo aquel que piensa de forma distinta

que él, pero no al de aniquilarlo moralmente con un despreciativo calificativo de imbécil."»

COSAS DE NUESTRO PAÍS

EN nuestro país se da con frecuencía esta mudanza violenta de las mentes políticas, que son de una

manera o de otra, si están en el poder o fuera de él. Me decía un consejero nacional al salir del salón de

sesiones, que tras la intervención de Fraga había nacido otro Ruiz-Giménez. Exageraba. No es el mismo

caso; pero, por lo de ayer, podría especularse con cierto parentesco. El periodo político en el que fue

ministro Joaquín Ruiz-Giménez fue más rígido, dogmático e impermeable que el actual. Empezaba a

entrar en juego la nueva generación, y la musculatura del pluralismo comenzaba a moverse, todavía, con

torpeza. Es verdad que Joaquín Ruiz-Giménez era más sensible y poroso a las nuevas tensiones, pero

convivía sin dificultades en aquella situación. De ministro se sufre la adversidad con buen ánimo.

Solamente cuando abandona el Ministerio empieza a configurarse un nuevo Ruiz - Giménez, que hoy está

en el cénit de una posición difícilmente encuadrable en la legalidad. Y es que el poder distancia a los

políticos españoles, generalmente, de la opinión pública, y a algunos los convierte en dómines; mientras

que el alejamiento del Gobierno les hiere, y entran en un estado de metamorfosis política, donde nunca se

sabe las cosas que van a decir en medio de una melancolía a veces irresistible y atroz.

LOS OTROS ORADORES

ALBERTO Bailarín irritó otra vez a los más temerosos con un horizonte más amplio del asociacionismo

político. En pleno verano había anunciado la fundación de su asociación, y tenía la esperanza de empezar

por abajo su escalada al poder. Como disposición política, es irreprochable. El político verdadero no se

propone otra cosa que alcanzar el poder, y si no se lo propone se ha equivocado de oficio. Algunos no lo

dicen, y ahora tienen fortuna. Bailarín lo proclamó. Es sincero. Ocurre, sin embargo, que sigue en el aire

la gran cuestión de diferenciar la asociación política del partido político. Por eso el carro no anda, o tiene

dificultades para hacerlo. No se trata de hacer una convocatoria a la inteligencia para que resuelva esta

cuestión teóricamente. Fernandez-Miranda estaría en posesión dp todos los recursos. Incluso está

suficientemente definido qué es un partido y qué una asociación. La reflexión general es ésta: ¿Pero

alguien puede creerse, de verdad, que una asociación política de más de dos individuos no es un partido?

Francisco Labadíe estuvo más entonado, más dentro de la situación, y únicamente reiteró sus conocidas

opiniones sobre el pluralismo para la base del Movimiento. Teme por los Estatutos de julio.

Hertogs habló, pero no estaba en la corriente de las opiniones anteriores. Tenía únicamente los escrúpulos

jurídicos que se dicen más arriba, y notaba la ausencia de la Vieja Guardia entre las nuevas Delegaciones

Nacionales.

FLECOS

EL Gobierno estaba en pleno, excepto Federico Silva, que se encuen tra en París. El ministro Torcuato

Fernández - Miranda presidía sin contemplaciones, a veces airado. No hubo disputa en las vacantes a

cubrir; no había más que un candidato. Los aplausos a los oposicionistas fueron corteses y tibios. Este es

un auditorio que se las sabe todas. Por eso son senadores. La adhesión que recibieron de votos fue exigua,

y nutrida principalmente por personalidades de la antigua situación. Nada anormal. Únicamente parece

deseable que cuando tenga lugar el parlamento, las posiciones previas, las cuartillas escritas antes, y los

objetivos fuera de la sala, no desfiguren uno de los "ogros más positivos del Consejo Nacional, como es

una deliberación en las reuniones plenarias; lujo que no se permiten las Cortes.

 

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