Autor: Romero, Emilio (FOUCHÉ). 
   Una carta     
 
 Pueblo.    10/11/1970.  Páginas: 1. Párrafos: 9. 

CRUZ Martínez Esteruelas: El Parlamento es uno de los espectáculos más atractivos de un país y el

tablero de juego más atrayente para los políticos. Durante mucho tiempo en el Parlamento español se

hicieron las grandes personalidades políticas, hasta tal punto que sin la reválida del Parlamento era difícil

acceder a los apetecidos estrados del Poder. La evolución del arquetipo político, en función de las nuevas

exigencias de la época, no hace necesario el Parlamento para alcanzar un cargo en el Gobierno. Sin

embargo, no ha muerto el Parlamento ante la necesidad de que la nación, representada en sus miembros,

participe en la elaboración de las leyes y en el control del poder ejecutivo. Por esta razón sigue siendo el

Parlamento un factor —no el único o exclusivo— para el descubrimiento y lanzamiento de relevantes

personalidades políticas.

HASTA la fecha has ocupado dos funciones públicas, en Hacienda y en el Movimiento, funciones sin

excesiva relevancia, y por ello no has podido lucir con esplendidez. Pero todos sabemos que eres un

político con velocidad. Tu notoriedad justa y actual en los medios políticos —todavía no tienes opinión

pública— se debe, principalmente, a tus técnicas condiciones parlamentarlas, que cabalgan briosamente

sobre la ciencia jurídico-politica. Y como eres joven, tienes el mundo por delante, siempre que te

defiendas del riesgo de la fosilización, del temperamento, de las convicciones inmodificables y de las

admiraciones de tu alrededor.

PERO hay un rasgo en tus brillantes condiciones parlamentarias que resulta eficaz para alguna gente y,

sin embargo, no es convincente para otros, entre los que me cuento. Se trata de tu pasión por utilizar tu

prodigiosa memoria de los hechos jurídicos como una catarata, ante la cual nadie, corrientemente, sigue el

hilo de tus ideas —por exceso de técnica—, sino que se asombra de la velocidad con que construyes las

tesis. La gente comenta para sí cuando te oye: «Todo eso debe ser verdad por la seguridad, la

documentación, la firmeza, como lo dice». Se admira el aparato de relojería de tu cabeza, gusta la música

y no se aprecia la letra despeñada en cascada. Cuando hablas, aquello parece un examen, donde la

ponencia hace las veces de Tribunal asustado, y los Procuradores somos el público. Hay dos personas en

el Parlamento actual, el profesor Muñoz Alonso y tú, que podéis decir lo que os dé la gana, y todos los

que estemos escuchando estaremos sorprendidos, aunque no siempre arrebatados, porque la elocuencia

que arrebata es la otra, aquella que tiene una construcción más literaria, más «dramática», más

interpretada. Recuerdo, en elogio de Muñoz Alonso, que siendo Director General de Prensa nos habló en

Barcelona magistralmente a un grupo numeroso de periodistas. Le aplaudimos pasmados, sustraídos, y

resultaba que la tesis de su discurso fue la justificación y las ventajas de la censura de Prensa, que era,

lógicamente, lo que de ningún modo apetecíamos los profesionales del periodismo. Hay que reconocer

que el profesor Muñoz Alonso te aventaja en dramaticidad porque la Filosofía es más agradecida para la

elocuencia que la técnica jurídica, sin contar la malicia retórica eclesiástica que tiene nuestro profesor.

EL viernes planteé en las Cortes el tema capital —a mi juicio— de nuestro mundo político actual, como

es la «participación». Recordé quo en las postrimerías del «reinado» del general De Gaulle en Francia,

acuciada !a V República por una dialéctica procedente cíe la izquierda y representada más clara y

positivamente por Mendes-France y por el manifiesto de Doferré —entre otros textos—, el general lanzó

la II Revolución francesa o la «participación». La «participación» es un proceso político largo, una

revolución institucional, sin ninguna Bastilla como símbolo, mientras que los hombres y los equipos de

gobierno se agotan en periodos cortos. No es una idea para una invitación a la violencia, sino una

disposición por parte de los equipos de poder y de la clase dirigente de un país para una reforma de todo

sin que nada se derrumbe. Se marchó el general De Gaulle, pero la «participación» está ahí, como

principio y como objetivo. La sienten ya los sectores obreros, ciertos jóvenes y modernos empresarios,

muchos políticos, y ya es un tema de trabajo en las Universidades.

HA ocurrido que el verbo «participar» ha sido sustituido por el sustantivo «participación». Participar ya

no es solamente el fin de un programa politico, sino una ideología, y por ello un principio. La ideología es

bien clara: ha sido forzada la muralla de la democracia clásica, penetrando en la fortaleza del poder y de

la representación los obreros, los técnicos, los empresarios y otros modernos protagonistas de la Historia;

y ya no es una estructura permanente la revolución industrial ocurrida en las postrimerías del siglo XIX,

que pusiera los medios de producción en las manos exclusivas de sus dueños, y con ello se creara el

proletariado. La nueva figura del Estado es una democracia social, y ello quiere decir que todo el país,

orgánicamente, la constituye y está en ella, y no solamente por razón de las opiniones, que motiva un

pluralismo político; sino por el hecho de los agrupamientos diversos de la sociedad, el trabajo, la

economía, el territorio. Ja Universidad, etc. La nueva figura de empresa es una comunidad de interesados,

una asociación do la mano de obra, de la técnica y del capital: la nueva empresa ya no son los dueños,

porque los dueños se han evaporado, y el progreso tecnológico ha creado una dirección y una

responsabilidad diferentes. Cuando la participación sea una realidad, el Sindicato básico será la empresa.

Todo esto tiene un aire socialista, pero no es así enteramente, porque a poca lectura que se tenga de

ciertos pensadores liberales —últimamente nuestro Madariaga — se encuentran atisbos, razonamientos,

hallazgos, criticas, a las raices del viejo liberalismo, aproximaciones a Hegel. en esta dirección. Y no

liberales de ahora, sino Thomas Hill Green, o Royce, por ejemplo, desde el santuario de Oxford el

primero y de la nueva filosofía americana el otro. Ocurre que la época está utilizando materiales válidos

de esas dos obras monumentales — socialismo y liberalismo— deterioradas o arrasadas por el tiempo.

TU, admirado Esteruelas, pones el Derecho delante de la revolución, y \ siempre hay que poner la

revolución delante del Derecho. Así aparece nuestra diferencia, y probablemente no es así. Yo quiero que

salte el Derecho —naturalmente por la vía pacífica— si éste resultara anticuado, o injusto, de cara al

mundo actual y a la mentalización presente. Entonces tú lanzas la catapulta del Derecho sobre la

revolución, no con ánimo do apagar su fuego, puesto que no eres un conservador, o ur. arcaico, o un

cavernícola, pero puedes conducirla por unas rutas imposibles.

ERO lo más peregrino de todo es que aquí no se trata de cambiar las L e yes Fundaméntalos, porque,

milagrosamente, el concepto político sustantivo de la participación está claramente establecido en la Ley

de Principios del Movimiento y en el Fuero de los Españoles, y débilmente en el Fuero del Trabajo. No

podemos, ni debemos, discrepar. Podría ser un diálogo de sordos, habitual manera de hablar de los

españoles. Probablemente en tu «meccano» jurídico no encaja una participación globalizadora que

entrelace instituciones políticas e instituciones sociales en el mismo principio de una Ley Sindical. Pero el

caso es que yo no tengo nigún «meccano-»; me propongo, como legislador de número, contribuir a. hacer

algo que no rechace la realidad sociológica. En este país somos dados a llenar de resonancia las normas y

después no aplicarlas. He oído durante muchos años a políticos que tenía muy cerca, cuando se trataba de

manejar peticiones reformadoras o revolucionarias, el deseo de que fueran muy generales, muy amplios,

poco comprometedores los principios; se batía el tambor. De esta manera presumíamos de

revolucionarios en las formulaciones, y renunciábamos a la implantación física y real en oí pais, de

nuestros fervores, por las resistencias que encontraban.

LA participación incluye en los órganos tic decisión del Estado a los representantes sindicales, y asocia en

la empresa capitalista de producción a obreros, a técnicos y a empresarios, que cuando están asociados

son el Sindicato. Y todo eso es conjunto, aunque su implantación necesite un período de la Historia, un

proceso gradual, una mentalización, una oportunidad económica. Pero lo importante es decir que el

rumbo de la política española va por ese camino. En España se ha hecho la participación política, aunque

todavía a rendimiento de experiencia, gradual, y por ello insuficiente. Queda por hacer la participación

social. Y todo junto, y no por separado, es la «participación». Por eso la Ley Sindical debo tener este

principio, y esa declaración. El Sindicato está ya en el Estado; no está todavía en la empresa.

PARA mí, este rumbo es definitorio. En estos momentos, personas respetables para mí, y muchas de ellas

admirables, o han votado en contra, o se han abstenido. Para mí ha sido una sorpresa mayúscula. Casi un

escándalo. Quede claro, por lo pronto, que ha llegado el momento de decir, en lenguaje político, que o se

está con la participación, o se está tocando el tambor. ¿Qué otro lenguaje político queda, para un

progresismo no irracional? Entre el señor Esperabé, que es puro espiritismo político, y un estatismo de

élites con pueblos pastoreados, la participación es la confluencia popular.

La participación es, por otra parte, convocatoria para todos, con todo el pasado asumido. En momentos

históricos como los presentes, en los que no conviene disminuir, reducir, agotar, la base dialéctica de

convocatoria del Régimen, sino ampliarla, extenderla, sumar viejos amigos y viejos adversarios, y reunir

nuevas adhesiones y nuevas discrepancias, la participación es el nuevo horizonte, o la nueva frontera.

Afectuosamente,

Emilio ROMERO

 

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