Autor: Romero, Emilio (FOUCHÉ). 
   El "Manifiesto de Fuengirola"     
 
 Pueblo.    01/05/1974.  Páginas: 1. Párrafos: 10. 

El "Manifiesto de Fuengirola"

EL suceso político de ahora mismo es la fustigante proclama de Girón, una especie de «Manifiesto de

Fuengirola». El estilo literario del texto tiene un recio aroma del siglo XIX, de las postrimerías del

reinado de doña Isabel II; pero el contenido es de nuestro siglo. Nadie hasta la fecha ha sido más atrevido,

desde dentro del Régimen, para dirigirse a una situación. Su prosa no es de ateneo, sino de campaña. El

maestro Víctor de la Serna, la pluma más convincente, y la personalidad más avasalladora, del periodismo

contemporáneo, se levantaría de su tumba, si es que pudiera, para saludar a su capitán. Aquéllas eran

emociones y fidelidades. Ahora todo es más convenido. Hablé con José Antonio Girón desde Madrid, a

las pocas horas de haberse producido la detonación del Manifiesto, y no le advertí énfasis, ni

preocupación, ni 4a ira del heroísmo» que decían los panfletos de la revolución francesa. Parecía un

aldeano que viniera de cometer una tarea rutinaria y laboriosa en su heredad. Cuando me permití

apuntarle los riesgos, por eso de que yo vivo en las cállelas políticas de la Corte, los dio,

despreocupadamente, por asumidos. Cuando lo de Valladolid tuvo la amabilidad de enseñarme antes lo

que iba a decir —a título de efectuosa cortesía— y me miraba la cara, a ver si la contraía o la distendía. A

los escritores políticos nos ocurre que, o advertimos todas las significaciones y grados de los vocablos, o

podernos ser hombres muertos. Mi aprendizaje fue brutal porque tuvo lugar en los tiempos de censura

previa de los periódicos, y entonces era apasionante la lucha entre los vocablos y los censores. De ahí la

leyenda de que Pemán jr yo teníamos bula; y no era cierto; los censores despedazaban algunos de nuestros

artículos. El método era elegir el vocablo filtra ble, sin que padeciera la transparencia y la intención del

texto. Eramos como galopantes y distraídos Cruyff frente a las metas de Aparicio, de Cerro, de Muñoz

Alonso o de Beneyto —Directores Generales de Prensa—. Escribir *n clave —y algunos lo hacían con

primor— estaba al alcance de cualquiera, pero eso ara un simple correo entre enterados. Por aso >-jando

leí lo de Valladolid me permití aconsejarle que suprimiera una cosa; se sonrió, y luego oí decir esa cosa

en Valladolid con decisión y rotundidad. La verdad es que sonaba bien; sonaba bien allí; pero mi oído

estaba en otra parte.

José Antonio Girón, tras el asesinato de Carrero, tomó parte activa en la utilización de aquella ocasión

política. Los libros que se han publicado estos días con datos de aquellos sucesos no han arañado la tierra.

El libro de esos días todavía no se ha escrito. Es la historia de una gran contienda La actividad de Girón

estuvo orientada a reconducir políticamente el Régimen a sus bases originarias del Movimiento, en

alianza con personalidades del «fraguismo» y lanzando por la borda a la tecnodemocracia. La atmósfera

moral de Girón —en sus devociones— es la Falange y el Ejército Ocurrió después que su influencia en

las designaciones, en la estructura del nuevo Gobierno y de los altos cargos, fue mínima. Tampoco esto

hubiera sido su mortificación. Pero a raíz de la nueva Biblia del 12 de febrero —el resonante discurso del

Presidente Arias—. que abría la época del neofranquismo en vida de Franco, surgieron los intérpretes

sacralizados, los teólogos de la nueva situación Apuntaba en el país algo así como una Reforma y se oían,

y se oyen a diario, luteranismos y calvinismos del sistema Entonces Girón lanza su Manifiesto, con sabor

a Contrarreforma.

El valor de este Manifiesto —independientemente de lo que dice— es su pulcritud dialéctica. Cuando

verdaderamente existe confusión, y la doctrina del Régimen del 18 de Julio aparece batida en una turmix.

en la que se combinan Alcubierre y Marsillach, -Tácitos- e «Hilariones», «Triunfo» y «Fuerza Nueva»,

verdores de asociacionismo político y axiomas de Montesquieu, donde las viejas esencias se mezclan con

los nuevos licores, y el brebaje o el cóctel empieza a no saber a nada, «El Manifiesto de Fuengirola»,

cualquiera que sea su valor político, y la argumentación de las discrepancias, es una seria invitación a la

claridad. Aquí ya hay que saber a qué atenerse, y con quiénes se viaja. Después la concurrencia estará

más a la mano.

La reacción ha sido la esperada: júbilo, e irritación, de acuerdo con los encuadramientos .políticos

actuales. El periódico «Ya», elevado a órgano oficioso de los núcleos influyentes, como lo fuera en 1946

tras la ascensión de los Artajo, Ortiz Muñoz, Cerro, etcétera, utiliza dos vías para la réplica a Girón. La

«vía Apostua», que es directa, anecdótica, popular; y la vía episcopal, que es insinuante, reticente,

penitencial, oportunista, trascendental, y con las espaldas guardadas en las Tablas de la Ley.

Merece la pena hacer una síntesis de esto último. Escoge el colega, intencionadamente, el tema de

Portugal Es un viejo, y nada arrogante, método periodístico para referirse a nuestro país sin riesgo. Pero

infiere un daño mortal, porque esa es la dialéctica en poder de aquellos que gritan en las calles de

Portugal contra nuestro Régimen, y naturalmente —¡pues no faltaba más!— embarcan a «Ya» en el

Régimen, y no le tienen reservadas plazas de favor en una nueva Arca de la Alianza. Seriamente, ni en

espíritu, tiene nada que ver lo de Portugal con nuestra situación política encarada al futuro. Pero, además,

la tesis de «Ya» es inexacta en su propia formulación dialéctica. ¿Qué es lo que está en quiebra en Francia

y en Portugal? No se nos puede decir con seriedad que están en quiebra el gaulllsmo o el salazarismo. La

crisis será, exclusivamente, la crisis de los herederos. Si Francia se orientara en las elecciones próximas

hacia Mitterrand, la derrota pertenecería únicamente a los herederos de De Gaulle, que habrían perdido el

pueblo francés. La revolución de Portugal es también imputable, con exclusividad, a los herederos de

Salazar. Las responsabilidades de los herederos de aquella gran figura histórica del país vecino, por su

falta de imaginación y de recursos, han producido en Portugal la revolución antisalazarista cuatro años

después de la muerte de Salazar, y dos más de su incapacidad. ¿Se puede decir seis años después de

Salazar que se ha derrocado el salazarismo? ¿Es acaso excesivo que en España, poblada ya de herederos

revisionistas, asome la preocupación crítica, y hasta la denuncia —con más o menos rigor— para procurar

que no se repitan los ejemplos recientes de otras par tes? ¿Puede extrañar que figuras o sectores unidos

políticamente, e históricamente, a la figura de Franco teman que defectuosas interpretaciones del

memorable discurso del 12 de febrero pudieran conducir un día a la propia revisión política del

franquismo y a su arrasamiento? Los herederos arguyen también, esta vez con oportunidad y justicia, que

los inmovilismos pueden ser causa del agarrotamiento del orden politico Pues esa es la polémica que nos

vemos obligados a tratar en exclusividad en los periódicos, cuando su sitio verdadero sería el Consejo

Nacional ¿Por qué no se reúne? Este es el tiempo más necesitado, por gracia del discurso de febrero, de

Cámaras con el país dentro, afrontando la realidad, y no de camarillas de ingenios iluminados.

«Arriba», que ha sido la tribuna elegida para este Manifiesto, ha tenido después su concilio reparador,

como hacen las autoridades y los vecinos después de los terremotos. La finura, y la elasticidad, y la

concordia, del Ministro Utrera, pronunció este párrafo en su discurso de Alcubierre: «El Gobierno se

ajusta con honrada sinceridad a lo que fue. es, y queremos que sea. el sistema político del 18 de julio: el

Régimen del Movimiento Nacional » Entonces esta perla dialéctica del Ministro del Movimiento salvaba

al periódico, en su articulo editorial y reparador, de sus perplejidades posteriores. El «girona/.o» y el

Gobierno —ha venido a decir— son acontecerás de mi mismo hemisferio.

A Luis María Ansón

NO soy dinámico de trote, sino de espíritu. No soy estruendoso; la verdad, desde la Patrística, es

estruendosa. No adoctrino, porque no tengo la Ciencia en un título pegado a la pared; poseo la memoria

necesaria, cierto valor de comandante; algún desdén por los temas de los patios de vecindad, y algún

olfato que, para este país y este oficio, no sobra. A veces detecto por dónde van los vientos del Poder, y,

sin embargo, no me he aprovechado de ello, y no he gozado de ese éxtasis con el buen incensario que

tengo en la mano. Y se tiene autoridad —compañero ilustre— cuando después de veinticinco años

escribiendo en el mismo sitio, se conserva i, y se acrecientan, los lectores; y todo ello, después de lo que

ha pasado.

El otro manifiesto

CUANDO el país empe/aba a digerir el estruendoso «Manifiesto de Fuengirola», otro vecino de la Costa

del Sol —esta vez en Estepona, aunque de vecindad circunstancial— decía en la más alta tribuna de la

Corie, que es el Club Siglo XXI, su manifiesto de la Monarquía social. Se trata de Francisco Giménez

Torres, que en los comienzos de la evolución sindical fue Secretario General de los Sindicatos. Más

adelante la agudeza y penetración política y personal de este granadino se perdió para la popularidad en

las brumas del Banco de España y de las finanzas privadas. Su Manifiesto no sigue la corriente del

aperturismo político de moda, pero ha expresado el más serio y profundo aperturismo, que es el social. Su

invitación es a mirar la realidad española, que compone una sociedad nueva, y que es distinta a la España

de la anteguerra y a la España de la posguerra. Giménez Torres viene a señalar que solamente un

reconocimiento de esa realidad nos impediría la polémica absurda de los dogmatismos.

Pero la gran novedad, o el atrevimiento de este político resucitado, radica en señalar que la Monarquía

española ha de ser beligerante en lo social mediante el instrumento poderoso de un Sindicalismo obrero.

Como se sabe, nuestro Sindicalismo es de integración de obreros, técnicos y empresarios, que se obligan,

con moderación de sus actitudes, a establecer climas de armonía y de concordia. Esta estructura no es

politicamente válida, ni socialmente sincera, ni económicamente eficaz, para Giménez Torres.

Limpiamente se ha saltado la Declaración XIII del Fuero del Ira bajo, y la intemerata. Le oían banqueros,

financieros, generales, oligarcas, profesores, escritores políticos, damas y caballeros Y le aplaudieron con

calor. Esto es civilización política. Ya me suena esto, ya. Estaba en mis «Cartas al Príncipe», pero más

amortiguado. Esta sociedad económica capitalista necesita un tratamiento de percusión. Lo que ocurre es

que en España ha corrido más el futuro institucional que la realidad política y económica. Los

imaginativos han hecho un Estado para otra sociedad, ¿Qué hacer? Lo más romántico es cambiar poco a

poco la sociedad. Pero esto empieza a estar lleno de gentes nada románticas. Un día se impacientan de

lujuria pragmática y de exaltación liberal y les da por decir: vamos a desarmonizarnos para ver si

podemos armonizarnos Entonces ya no será un tiempo de estadistas sino solamente de revolucionarios.

Empezaríamos otra vez.

Emilio ROMERO

 

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