Autor: Romero, Emilio (FOUCHÉ). 
   Dos libros     
 
 Pueblo.     Páginas: 1. Párrafos: 6. 

DOS LIBROS

CUANDO uno era más joven, no se tragaba fácilmente aquella Unificación de 1937 ordenada desde el

cuartel general de Salamanca. Eran tiempos emocionales, en los que todos creíamos que la salvación

estaba en los ideales de cada uno. Sin embargo, doblaban las campanas por la España Intolerante, que en

el terreno político no quería más que vencedores absolutos. A lo largo del tiempo, los falangistas se

ponían la gorra colorada porque ésa era la obligación oficial. Y los tradicionalistas o carlistas llevarían la

camisa azul con el mismo compromiso ceremonial. A simple vista se reconocía que la unión fue

necesario hacerla en el propósito capital de ganar la guerra. La fusión, por otro lado, de aquellos dos

grandes movimientos, encabezando una fundación de unidad política, parecía que los desnaturalizaba,

porque la verdad es que seguían viviendo por separado en áreas políticas o sentimentales de autonomía.

Mentalmente, solamente se unificaba el que tenia un cargo.

El tiempo aclara muchas cosas. Cuando una situación privilegiada de información, como la mia, se

asoma, sin anatemas y sin nostalgias, al pasado, y tiene la ventaja de conocer de cerca a los personajes de

entonces, ya sin mitificación delante de mis ideologías reposadas, se obtiene un clisé mas seguro de

aquellos años. He tenido siempre una viva curiosidad política por los acontecimientos de 1937. Y

barruntaba lo sucedido. Me faltaban, sin embargo, testimonios con fuerza propia y rigor histórico

indudables. Empiezan a llegar. Hay un libro sobre Manuel Hedilla, jefe de la Falange en la «zona

nacional» hasta la Unificación de 1937, del que es autor Maximiano García Venero, y que se ha editado

en castellano y en París. Y acaba de aparecer en España un libro de pequeñas memorias de Sancho Dávila

contando algunas cosas de la familia de los Primo de Rivera y metiéndose luego en el suceso de

Salamanca. Hedilla y Sancho Dávila: he ahí dos personajes históricos de la Falange, seriamente

colisionados en aquel tiempo que ahora emerge a la superficie. A Hedilla parece que se le habla tragado la

tierra, y ahora reaparece. Sancho Dávila ha vivido plenamente los avatares políticos de este cuarto de

siglo. El problema de la Falange en la Salamanca de 1937, fusilado ya José Antonio en Alicante, era

meramente sucesorio y de acceso a las responsabilidades políticas del Estado nuevo. Uno tenia la

impresión desde hace varios años que la actitud del Generalísimo Franco fue muy razonable y oportuna

haciendo lo que hizo. Ahora esta impresión, tras la lectura de esos libros, se consolida rotundamente.

La Falange fundacional tenia una poderosa personalidad política a su frente. Sin perjuicio del relieve de

algunos de sus colaboradores, la figura de José Antonio Primo de Rivera, como Jefe de aquel

movimiento, los obscurecía. Además de esto, los colaboradores mas distinguidos de José Antonio o

murieron inmediatamente, al empezar la guerra, como One-simo Redondo, Julio Ruiz de Alda y Fernando

Primo de Rivera, o permanecían en la otra zona, como Rafael Sánchez Mazas y Raimundo Fernández-

Cuesta. La Falange aparecía por ello decapitada hasta sus terceros cuadros y embarcada en una acción

política que no tenía más de tres años de existencia. ¿Se advierte el problema en toda su hondura cuando

la Falange estaba obligada a adoptar con la guerra civil una toma de posición política y a incardinarse con

el Ejército en aquella empresa? A su vez, los carlistas tenían la enorme gravitación de la Historia. Nada

menos que un siglo de actividad política marginada, que aspiraba a obtener de la guerra civil del 36 el

momento excepcional para la circulación de sus dogmas y de sus pretensiones.

En la realidad combatiente había entusiasmo y sacrificios comunes, pero detrás de los campamentos, o

bajo los soportales de las ciudades, donde simultáneamente a la dirección de la guerra se habría de dar

respuesta a las exigencias políticas y se levantaban los primeros esquemas de un nuevo Estado, alentaban

los fermentos de la discordia. La Falange tenía ya su crisis de autoridad: la lucha por el poder, la

discusión del mando. El Tradicionalismo tenía en Fal Conde y otras personalidades factores de rigidez,

que en política tiene una denominación más noble y teórica, que se llama integridad o Integrismo. El libro

de Manuel Hedilla es estremecedor. Es como la historia de un hombre que, en momentos de bonanza

nacional, cuando ya las pasiones están encalmadas, pretende un sitio de comprensión donde acomodarse

por encima de la leyenda o la deformación. Un sitio al sol para que nadie le siga mirando como a un bicho

raro. Lógicamente, no resulta benévolo para algunos personajes. El libro de Sancho es más comedido.

Aspira a perpetuar su devoción a los Primo de Rivera y a quitarse, de encima el episodio de las violencias

de Salamanca como un hecho fatal y no provocado. Naturalmente es más rico para la Historia el primero

que el segundo. Ambos libros se leen bien y van a ser un éxito editorial.

La linea de consecuencia del Generalísimo Franco con sus convicciones no solamente no resulta

deteriorada por el tiempo, sino que, resulta asombrosa en estos instantes Frente al peligro de discordia del

año 37, apareció el decreto de Unificación Treinta años después, también en otra primavera, cuando las

formas políticas se hacen más elásticas en el objetivo de un verdadero Estado representativo, que dan

lugar a que las diferencias políticas cobren algún acento, aparece la Ley Orgánica del Movimiento y de su

Consejo Nacional, que es otra unificación, pero levantada sobre otras bases. En el fondo es otra invitación

a moverse dentro del terreno de juego, aunque con ]a garantía de los criterios o de los pareceres diferentes

en concurrencia. Es ya otro tiempo, y el pueblo español aparece, a través de sus variadas organizaciones,

más responsabilizado con el destino común La política es en este siglo muy reservada. Hay demasiados

secretos oficiales, también porque hay un espionaje fabuloso. Pero un día la Historia deja en las orillas del

tiempo sus cargas insospechadas: como el mar. Y entonces nos enteramos de no pocos misterios y

justificamos las conductas. No siempre se cumple aquello de Rostand de que sobre un acontecimiento

histórico se sabrá la verdad cuando ya no interese a nadie A veces se sabe cuando todavía interesa. Estos

libros podrán ser insuficientes como testimonio, porque habría que oir a más gente. Pero afirman lo

inmodificable, como es que para la creación de un moderno Estado valían ciertos valores y dogmas de

aquellas fuerzas políticas y eran realmente la ideología d el instante, el estímulo civil de los combatientes;

pero sus esquemas de partido o de grupo no podían salvarse. Abríamos nosotros en aquel tiempo no

solamente los escenarios bélicos del mundo de nuestros días sino la reforma profunda del mundo político

moderno. Ahora estamos en las etapas decisivas.

 

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