Autor: Sotelo, Ignacio. 
   Escándalo y Constitución     
 
 Diario 16.    02/12/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 9. 

Escándalo y Constitución

El que el Parlamento prepare un borrador de la futura Constitución a puerta

cerrada, Impidiendo así el que desde un principio el país siga de cerca, y

críticamente, los avalares de su elaboración, lo hemos dicho repetidas veces,

constituye un atentado a un principio democrático elemental, el de la

transparencia de la acción política, base imprescindible para una información

cabal, que permita al ciudadano hacerse una opinión libre y fundamentada del

comportamiento de cada partido, más allá de sus promesas electorales y de sus

discursos para la galería. El que un semanario madrileño haya conseguido hacerse

con el borrador y se haya atrevido a publicarlo, si que representa un servicio

de primer orden al país y muestra la importancia decisiva que, en el desarrollo

de la democracia, tiene una prensa libre.

El sigilo del poder

No cabe, por tanto, confundir el inlerés común de los partidos con el interés

general de la comunidad. A los partidos les conviene el máximo sigilo, y es lo

primero que suelen acordar al empezar una negociación; a la comunidad, en

cambio, la mayor publicidad, para poder criticar con conocimiento la conducta de

los partidos. Sabido es que el poder rehuye la luz del día; diplomacia y secreto

han marchado siempre unidos. ¿Quién puede poner en duda que se avanza mejor y

más de prisa a puerta cerrada que teniendo que dar razón en publico de los

compromisos aceptados y de la táctica empleada? Lo más cómodo —y visto desde el

ángulo del poder también lo más efectivo— es ponerse de acuerdo en secreto,

presentando luego los resultados como el único consenso posible en las

circunstancias dadas, de modo que cualquier disentimiento queda relegado a la

categoría de utopia o de quimera imposible. En público, cada partido puede

distanciarse del acuerdo común, asegurando que otro cariz presentarla si se

hubiera tenido la mayoría, pero en todo caso, "se ha salvado todo lo salvable y

se ha llegado tan lejos como se podía llegar". Como las negociaciones se han

llevado en secreto, no cabe más que creerlo o mostrar una suspicacia poco

convincente, faltos de conocimientos concretos.

Admitir el secreto en el trabajo parlamentario —mejor se guarda si, como el

pacto de la Moncloa, se hace incluso fuera del Parlamento— es dar por sentado la

necesidad de dos lenguajes en la acción política, uno eficaz y realista, de

puertas .adentro, y otro meramente propaganditico e ideológico para el exterior.

El observador que no quiera comulgar con ruedas de molino tendrá que distinguir

siempre entre lo que se hace y lo que se dice, pero . no es menos cierto que una

democracia únicamente avanza aproximando paulatinamente estos dos planos. Cuando

divergen en grado sumo y por largo tiempo, el prestigio de los partidos y de las

instituciones políticas se reduce a un mínimo y una cantidad cada vez mayor de

ciudadanos no se consideran representados por las instituciones establecidas. La

democracia representativa pierde entonces su legitimidad propia y se revela como

puro instrumento de dominación de las clases dirigentes.

No ya el especialista en sociología política, sino cualquier ciudadano

mediamente informado sabe que la política se hace en los pasillos, en la

Administración, en los cónclaves minoritarios de las direcciones de los

partidos, siempre con exclusión del público, y que sólo a medias se conoce lo

que pasa cuando ya ha ocurrido y no cabe más que aceptarlo o criticarlo, en

ambos casos sin verdadero conocimiento de causa. Hace mucho tiempo que el

sociólogo ha hablado de "la ley de hierro de las oligarquías" en el interior de

los partidos y del desplazamiento del poder del Parlamento al Ejecutivo, como

rasgos generales de las democracias capitalistas contemporáneas. Todo esto no lo

ignora el demócrata, pero tampoco se resigna, dispuesto a tomar en serio la

democracia y a luchar por su realización paulatina. La publicidad del trabajo

parlamentario es un instrumento importante para combatir las tendencias

oligárquicas que conlleva el poder. La fuerza revolucionaria de la democracia

radica justamente en que cuestiona y relativiza un poder que, en su dinámica

concentracionista, aspira siempre a convertirse en absoluto e incontrolable.

Con la publicación de parte del borrador constitucional, ha prevalecido por

encima de los intereses particulares de los órganos de poder el derecho y el

deber de informar a la comunidad. En el futuro puede ser que el trabajo de los

periodistas se haga más difícil, pero frente al sigilo y la ocultación del poder

no hay arma más eficaz que una prensa realmente libre y dispuesta a cumplir con

su deber. Por lo demás, confiemos en que este incidente origine en el interior

de los partidos de izquierda un amplio debate sobre la estrecha relación entre

publicidad y transparencia política, por una parte, y desarrollo y

profundización de la democracia, por otra, hasta el punto que los partidos

tengan que reconsiderar su falsa y antidemocrática dicisión de elaborar el

proyecto constitucional de espaldas al país.

Un texto escandaloso

Para las élites dirigentes, la publicación del borrador podrá constituir un

escándalo. Para millones de ciudadanos, en particular para los que se consideran

socialistas, es el texto mismo del borrador lo que constituye un escándalo.

Resulta sencillamente inadmisible. No nos referimos a su pobreza estilística o

ideológica. Su inadmisibilidad radica en que una Constitución de este tenor no

es compatible más que con un sistema capitalista de producción. A finales del

siglo XX, no podemos aceptar una Constitución decimonónica que supone el

capitalismo como la única forma de organización económica y social.

Desde luego que sería tan imposible como inoportuno, en la situación actual del

país y en la correlación de fuerzas existentes, tanto en el interior como en el

exterior, promulgar una Constitución socialista; el Derecho, también el

constitucional, ha de partir de realidades y nadie piensa que se puede llegar al

socialismo dictando simplemente una Constitución socialista. El Derecho ordena

las relaciones sociales existentes y no las crea ex nihilo. Pero tan real como

que hoy vivimos en un régimen capitalista es que millones de ciudadanos repudian

este sistema y aspiran a sustituirlo por otro más justo y libre. También de esta

realidad ha de dar cuenta la Constitución, si no quiere degradarse a simple

expresión de los intereses particulares de la clase dominante. Para los que

consideramos la propiedad privada de los bienes de producción el obstáculo

principal a la "efectiva participación de todos los ciudadanos en la

organización política, económica, cultural y social del país" (artículo 10), el

artículo 33 en su actual redacción resulta totalmente inadmisible.

Ignacio Sotelo

 

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