Autor: Pérez Escolar, Rafael. 
   La Iglesia ante la Constitución     
 
 Informaciones.    06/12/1977.  Páginas: 2. Párrafos: 11. 

LA IGLESIA ANTE LA CONSTITUCIÓN

Por Rafael PÉREZ ESCOLAR

ES más que probable que la Iglesia católica, con ocasión de sus pronunciamientos

sobre la nueva Constitución española, ha previsto con la debida cautela las

reacciones, necesariamente contradictorias, que sus criterios habían de suscitar

en los ámbitos políticos. Lo que me permito poner en tela de Juicio es que el

Episcopado, conocedor penetrante por razón de su oficio hasta del último

recoveco del corazón humano, no acoja con paternal estupor el desenfadado

resumen con que el secretario del P.S.O.E. ha despachado las cuestiones

subyacentes en el espinoso capítulo de las relaciones entre la Iglesia y el

Estado. Como su partido -según la conocida declaración de don Felipe González-

«no pretende participar en el Sínodo de obispos, no entiende por qué ellos (los

prelados) quieren entrar en materias parlamentarias». Fácilmente se colige de

argumento tan ingenioso que la Real Academia de la Lengua, en la que, al menos

de momento, no esta integrado el P.S.O.E. como entidad política, difícilmente

podrá pronunciarse con libertad sobre los aspectos constitucionales del idioma,

ni tampoco, obviamente, el Consejo General de la Abogacía tiene voz sobre la

estructura jurídica del Estado o los derechos de la persona. La Iglesia, vienen

a los socialistas, a cantar misa o a dar la extremaunción, que es lo suyo; todo

lo demás, aunque se trate de las bases en que se cimente la comunidad nacional,

no le incumbe para nada.

Nunca he sido hombre de Iglesia ni mis inclinaciones políticas se definen en

función de partidos o movimientos vinculados de alguna manera a la decisión o al

patrocinio de la jerarquía eclesiástica. Desde esta posición de independencia

crítica me permití decir públicamente lo que sigue poco antes de las pasadas

elecciones generales: «La Iglesia no puede ser en España un poder erigido frente

al Estado. No es cosa de que se interfiera en el ámbito político, lejos, como

estamos, de los supuestos que hicieron posible tantos errores históricos,

algunos de ellos particularmente dramáticos. Tampoco puede pasar desapercibido a

nadie que nuestro pueblo, creyente a su manera, milagrero, dado a lo

sobrenatural, lleva el germen de un anticlericalismo soterrado que propende a

hacerle pagar a la Iglesia culpas que muchas veces no le son del todo

imputables.

Cuando los frailes de Zaragoza se ofrecieron en una ocasión de grave peligro a

luchar contra los musulmanes, Martín Lanuza no dudó en decir: "Soy de parecer

que salgan y aventuremos a ganar de cualquier manera que suceda, porque los

frailes nos librarán de los moros o los moros nos librarán de los frailes."

Reprímanse, pues, tanto las viejas tendencias eclesiásticas a trasponer con

talante político los umbrales de lo temporal como 1as ganas desmedidas de

nuestro pueblo de echar frailes a los moros. Pero de esto a negar a la Iglesia

su deber de manifestarse sobre algunas grandes cuestiones constitucionales media

un abismo. Recuerda un proverbio chino que cuando alguien nos muestra la luna

con el dedo, el imbécil mira el dedo». Apresurémonos a elevar la mirada algo más

por encima del índice excomulga-dor del líder socialista; el cual, por cierto,

parece como si se olvidara en este trance de las auténticas raíces democráticas,

porque a un sincero demócrata habría de parecerle la cosa más natural del mundo

que la Iglesia católica, profundamente inserta en la sociedad española, estime

pertinente formular planteamientos propios en materias políticas conexas con su

magisterio, Sobre todo si reivindica su protagonismo dialogante con el Estado

«no desde el Poder, sino desde el Derecho.» Por ello, los hombres públicos, en

vez de vaciarse en gestos improvisados y jactanciosos brindis al sol, debieran

ahondar un punto sobre las causas últimas de la actitud testimonial de la

Iglesia católica. Si tal hicieran, convendrían de seguro en que la posición

asumida por la Iglesia es indefectible, y lo es, por encima de inercias

históricas o designios de retener un nutrido repertorio de privilegios, en

virtud de su compromiso ecuménico ante el hombre y la sociedad.

SANTIAGO Galilea, el Inquieto -el Inquietante para muchos- director del

Instituto Pastoral Latinoamericano, pregunta con aparente ingenuidad si no es

acaso la esperanza la gran virtud inspiradora del político. Y sin darnos tiempo

a respirar siquiera, hace que se deslice por sendas vertientes lo que él

denomina «el compromiso del contemplativo con los pobres y los pequeños». La

primera, una opción directamente política, impulsa al cristiano a canalizar su

caridad a través de la mediación de proyectos. De ahí su necesidad de participar

en el Poder. Nos hallamos, pues, ante un planteamiento claramente partidista que

constituye el «cauce liberador más eficaz». La segunda vertiente del compromiso

propende a que el mensaje cristiano se transforme en conciencia crítica capaz de

animar las transformaciones liberadoras más hondas y decisivas. Las

consecuencias sociales y políticas de este enfoque son también evidentes.

* * *

EL hombre, que se hace hoy a si mismo centro del mundo y señor de la historia,

ya no se contenta con mejorar sus condiciones materiales de vida, sino que busca

la liberación total que le abra la posibilidad de una existencia plena. Así lo

señala agudamente el profesor Heuner, quien se pregunta si al vivir en medio de

una sinfonía de la libertad, interpretada con todos los instrumentos del mundo

moderno, es to-davía posible oír el mensaje evangélico. La categórica res-puesta

impone a la Iglesia, como su más entrañable aspiración, el servicio a la

libertad. Consecuentemente, no puede desempeñar la Iglesia en el mundo actual

otro papel que el de pionera y pregonera de la libertad de todos los hombres. Es

obligación suya proteger el respeto de la libertad, a fin de que no degenere ni

se abuse de ella convirtiéndola en propaganda comercial para la venta de la

dignidad humana.

* * *

DEL gran jurista Zanchini di Casitiglionchio parten las más aceradas críticas a

los diversos sistemas políticos y a la posición de la Iglesia ante la sociedad

moderna. Dirige implacablemente sus ataques a derecha e izquierda y ni siquiera

baja su brazo ante las dignidades eclesiásticas de mayor rango.

Para el profesor de Teramo nos hallamos frente al intento de instaurar un tipo

de sociedad sólo formalmente democrática, arrastrada en realidad por los medios

de comunicación social en el sentido de un tecnicismo destructor de toda

dialéctica entre legalidad e injusticia. Se trata de una despolitización sin

contornos, que recibe de los partidos cristianodemócratas la etiqueta de una

buena conciencia, etiqueta cada vez menos necesaria conforme ma-dura el proceso

de desacralización y se disuelve en el fondo del panorama la imagen de aquel

que, en un momento análogo de tránsito milenario, dijo a sus discípulos: «No he

venido a traer la paz, sino la espada.» Por otra parte, la misma Curia Romana -

dado el preponderante peso de los datos técnicos en las modernas decisiones

políticas- se presenta como un instrumento atrasado y caducado, en su condición

de burocracia preferentemente ideológica, frente a la inmensa y sofisticada

eficacia de las modernas tecnoestructuras.

No paran aquí los trallazos del maestro italiano. En un espléndido párrafo

resume a la vez la falacia del marxismo y la función clarificadora de la

Iglesia: «Mientras los partidos comunistas de Europa (lacerados por las

contradicciones de su mismo materialismo económico y de su sometimiento a la

política de estabilización del socialimperialísmo soviético) ceden ante la

tolerancia represiva del nuevo autoritarismo totalitario, que se presenta con

apariencia de hedonismo socialdemócrata, la Iglesia -siempre que supere las

resistencias de los «prelados imperiales»- se hallará en condiciones de mostrar

con claridad a las masas el objetivo de su auténtica liberación: «La verdad os

hará libres.»

* * *

EN un breve muestrario de urgencia, comprensivo del pensamiento moderno sobre el

papel social de la Iglesia, la cita de Hans Küng resulta inevitable. El profesor

de teología dogmática y ecuménica de Tubinga apunta las bases para una

comprensión cristiana del sentido de la vida basada en el mensaje evangélico.

Cristo posibilita y comunica nuevas motivaciones, acciones, disposiciones:

disposiciones concretas de compromiso en favor de los demás, de solidaridad con

los marginados, de lucha contra las estructuras injustas; disposiciones de

gratitud, libertad, generosidad, desprendimiento y nar por dónde van los tiros.

También ha habido reacciones, aunque la situación italia-alegria, pero también

de respeto, perdón y servicio; disposiciones que se mantienen incluso en

situaciones límite, en la presteza a sufrir desde la plenitud de la

autodonación, en la

{Pasa a la pág. siguiente.)

LA IGLESIA ANTE LA CONSTITUCIÓN

(Viene de la pág. anterior.)

renuncia incluso cuando no seria preciso, en el arrojo del compromiso por la

causa suprema. Se ofrece así un sentido último no sólo para la vida y la acción,

sino también para el sufrimiento y la muerte; no sólo para la historia de los

éxitos, sino también para la historia de los padecimientos de la Humanidad.

* * *

CON lo expuesto creo que basta para reconocer a la Iglesia títulos más que

suficientes que legitiman sus aportaciones a nuestro proceso constitucional.

Otra cosa muy distinta es admitir de entrada las tesis concretas en que parezcan

encerrarse tan altos y nobilísimos principios. En su dialogo con el Estado no

hay que echar en saco roto las enseñanzas de nuestro viejo refranero, nutrido de

infinidad de advertencias sobre las desmesuras eclesiásticas de antaño. En mas

de un punto convendrá escuchar a los prelados con el mayor respeto, para

inmediatamente después declinar sus proposiciones con tanta cortesía como

firmeza.

Esperemos que todo resulte menos difícil si la jerarquía eclesiástica actúa con

la delicadeza y el equilibrio mostrados ejemplarmente durante el tránsito a la

democracia. Y ruego que no se tome a irreverencia mía una recomendación última:

tampoco estaría de más que las actitudes de los prelados aflojen en alguna

medida la excesiva solemnidad de su talante. El padre Bressière habla muy

recientemente del humor como actitud teológica. «El humor -dice- es signo de la

presencia de Dios en la Humanidad... Jesús llega hasta la ironía, hasta la

insolencia, con una libertad y un humor soberanos.» Cabe incluso que si la

jerarquía católica, en vez de aparecer envarada en las rigideces de su lenguaje

tradicional, trata de los temas constitucionales con un semblante abierto y

hasta sonriente, habrá hecho mucho en pro de esta España nuestra, que parece

haber perdido, entre otras cosas, el sentido del humor. Empezaremos así a mirar

la historia con el optimismo de quien -como Rosmini- descubre en ella «una

necesidad religiosa donde parece triunfar más la irreligión, la necesidad de una

religión libre para comunicarse al corazón de los pueblos sin tener por

intermediarios a los principes y los Gobiernos».

6 de dicierrbre de 1977

 

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