Autor: Calvo Sotelo, Luis Emilio. 
   "Es preferible morir con gloria"     
 
 ABC.    24/05/1975.  Páginas: 1. Párrafos: 5. 

«ES PREFERIBLE MORIR CON GLORIA»

Señor director: En el diario «Pueblo» del día 35 se publica un comentario en el que, bajo el título «Una frase en el recuerdo», y con la firma de Jorge C. Tru-lock, se glosa, en términos altamente reticentes, la frase pronunciada por José Calvo Sotelo el 16 de junio de 1936. El articulista cita con error: «Más vale morir con honra que vivir con vilipendio», ya que las palabras exactas fueron otras: «Es preferible morir cor gloria a vivir con vilipendio.» La inexactitud, probablemente debida a un guiño en la memoria Imputable a´ otra frase marinera, en la que sí figura la palabra «honra», es Irreleyante, si bien cabría esperar mayor precisión de quien dedica todo un texto a desvirtuar su simbolismo.

La dimensión histórica alcanzada por la víctima, que la pone a cubierto de alfilerazos de menor cuantía, ahorraría cualquier aclaración si no fuese porque de las palabras del infortunado comentario pudiera deducirse que el jefe del bloque nacional era propenso a la verborrea escenográfica. «No está bien, no —escribe el señor C. Trulock—, aconsejar sin más, como si fuese un deporte.» Y añade que constituye un error «practicar el lanzamiento de la primera piedra»; que «después de la muerte, ¿qué hay?», y que «para vivir vilipendiado es necesario que alguien pueda levantarse con el gallardete de la verdad»; que «obras son amores y no buenas razones»; que en política «el que cae ya no es nada»; que la memoria de esta frase traumatizaba a los tiernos «tallos Infantiles, fáciles a la cuadratura del círculo»; pero que la juventud «de hoy, siempre mejor que la anterior, no está dispuesta a escuchar estas cosas». Todo el comentario tiene parecido talante.

Yo imagino, director, que muchos españoles se sentirán solidariamente sorprendidos e Irritados ante este gratuito desplante, al que cabría oponer los argumentos de una inacabable réplica, que pugna por saltar a las teclas. Pero no quisiera dar al episodio —si bien se mira, minúsculo, en razón de la distancia de sus protagonistas—otro alcance que el que tiene: el de un gesto Inelegante. Cualquiera puede coincidir o no con la línea ideológica de un hombre, disentir de su concepción espiritualista de la vida y el tránsito, suponer que no hay más gloria que la de aquí abajo, lo que hará —esto parece claro— que hablen distinto Idioma; pero si ese hombre ha pronunciado unas palabras que, por oscuras motivaciones, resultaron proféticas, rubricándolas con su propia vida, el hombre y sus HalftüVas merecen, por lo menos, respeto. El que le otorgaron hasta sus enemigos. Le-rroux, en su carta de pésame, escribiría: «Un gran rival y un grande hombre.» Eran, no cabe duda, gente de otra talla.

Por lo demás, hay que remontarse a las circunstancias que circundaron la histórica frase, con la guerra civil metida en el Parlamento: a las amenazas de que era objeto el diputado de Renovación: a su convencimiento del fin que le esperaba, sin querer huir t Estoril, como le aconsejaban sus amigos; a lo que, de alto ofrecimiento —cumplido en la madrugada del 13 de julio— tuvieron aquellas palabras, para deducir lo que de injusto tiene el torpe comentarlo. En cuanto a lo de «tirar la primera piedra», José Calvo Sotelo, un hombre que murió pobre después de haber manejado el erario público y el mundo del • petróleo, de vida esforzada y purísima, cortada en la estallante madurez de los cuarenta y tres años, nunca tiró esa piedra, antes al contrario, fue víctima consciente y propiciatoria, aunque tengo por cierto que pocos hombres en el país hubiesen podido hacerlo con mejores títulos. Dejémosle, pues, en paz con su gloria, máxime si no sabemos comprenderla. Dejemos en paz a todos los muertos a todos, de nuestra gran tragedia.

Porque ése es, director, el regusto amargo que me deja esta réplica: algo falla en el país cuando empieza a hacerse, leña de la madera noble. Parece que no sólo la memoria, sino hasta la sensibilidad y el buen gusto, empiezan a faltar, y eso puede ser muy malo. — Luis Emilio CALVO-SOTELO.

 

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